Turismo religioso-cultural...
Es la vocación natural de un país bello a pesar de su historia y de la discordia que nos carcome como nación.
Misteriosamente, disminuyó por unos días el furor laicista que tanto ha explotado el Gobierno del Distrito Federal como sello de su “prestigio progresista”, ahora se puso el sombrero de creyente de oportunidad para capitalizar las tradiciones religiosas que en la SemanaSanta se convierten en uno de los más evidentes motivos de turismo. El turismo, sin duda, es la única promesa de porvenir para la sobrevivencia económica; es la vocación natural de un país bello a pesar de su historia y de la discordia que nos carcome como nación y en el que la ignorancia ha destruido muchas de sus riquezas y legados.
Resulta simpático imaginar a Marcelo Ebrard cual Barrabás circunstancial, liberado —por un rato— del resentimiento que le profesan aquellos a los que ha ofendido en sus convicciones por el sesgo de su empeño de progresía radical o más aún, sería divertido verlo disfrazado de cirineo contemporáneo, que calculador (como siempre lo ha sido) asume el papel a efecto de aprovechar con habilidad el rédito de la fe de otros, en este caso los cristianos y los católicos. Y francamente qué bueno, porque esa es la síntesis de la clave democrática: el deber del gobernante de impulsar el potencial turístico de ceremonias y verbenas, incluidos los ritos religiosos de la mayoría de la población que desde el remoto ayer, se realizan al aire libre; existe la obligación de favorecer su desarrollo y garantizar la seguridad básica para los participantes que asisten a esas manifestaciones de fervor popular de proporciones masivas y hacerlo con un objetivo adicional al respeto por la tradición ajena, pensando que dichas fiestas y solemnidades religiosas confirman el valor de la identidad ciudadana de los capitalinos.
En Zacatecas se tonifica el paraje de la Árido-América. Allá despierta con brío prometedor una comarca que padeció hasta hace unos meses el declive de una gobernación omisa y permisiva al desorden, una racha cortante caracterizada por la involución de la calidad de vida provinciana que era un privilegio y que ha quedado en el recuerdo. La Semana Mayor de Zacatecas ha regresado al terruño la luz de una antorcha cultural que alumbró durante los siglos anteriores al ignoto norte y que ahora, con un festival cultural extraordinario, vuelve a brillar como una estrella revitalizada y exalta la singular belleza de la ciudad de Zacatecas; un festival que bajo la dirección de don Gustavo Salinas Íñiguez ha concitado en estos días a inmensas personalidades de las artes y la intelectualidad, un festín que viene a proyectar el comienzo de un nuevo ciclo que esperamos atienda el reto de redignificar la plaza y regenerar la lozanía de la urbe capital, ciudad relicario, dotada de particulares atractivos turísticos.
El nuevo gobierno de los zacatecanos debe conseguir muy pronto demostrar que comprende el deber de propiciar que se redescubra la prestancia de un sitio maravilloso, de un legítimo patrimonio universal de la humanidad.
*Especialista en derechos humanos
