Buscando la democracia y la gobernabilidad

En el caso mexicano, la crisis está dada por dos fuentes primordiales: una estructural y la otra coyuntural.

Entre los casos más interesantes en la política comparada están los Estado-nación que sufrieron una profunda transformación en su arreglo institucional. Dichos cambios fueron motivados por una severa crisis, de diversa índole, al interior de su sociedad.

Entre las transformaciones, relativamente recientes, destaca el nuevo pacto social francés que hereda al mundo, con su Quinta República en 1958, un nuevo modelo de gobierno: el régimen semipresidencial. Una figura presidencial fuerte, pero cuyo gabinete depende en su aprobación y permanencia del Legislativo, pudiendo ser disuelto en cualquier momento sin tocar al Presidente mismo; quien, a su vez, puede disolver al Legislativo mismo.

Este juego y rejuego de dependencias circulares, con el Presidente proveyendo coherencia institucional, han hecho de Francia un sistema político estable en la gobernabilidad y dinámico en lo administrativo.

En el caso mexicano, la crisis está dada por dos fuentes primordiales: una estructural y la otra coyuntural. Atendamos en esta ocasión solamente a la primera. La razón estructural es el desmantelamiento de un Ejecutivo excesivamente fuerte y que propasaba con mucho sus funciones constitucionales pero, sobre todo, que no respetaba el federalismo ni el equilibrio de poderes.

El desmantelamiento constó en: la alternancia en el poder presidencial y la extinción del aparato político de partido predominante; el achicamiento del aparato estatal (desaparición y privatización de empresas estatales) así como la independencia de instituciones de gran peso político y hasta económico como el IFE, la CNDH o el Banco de México; el fortalecimiento e independencia de los poderes Ejecutivo y Legislativo; el fortalecimiento de la autonomía de los gobiernos locales y de sus liderazgos; la autonomía de gestión en las organizaciones obreras/campesinas, así como en las centrales patronales; un carácter más liberal y autónomo en los medios de comunicación, particularmente internet; un fortalecimiento y maduración de la opinión pública; la extinción de la figura presidencial como líder mítico; y un largo, larguísimo etcétera.

Pero, sobre todo, la crisis está presente por la enorme dificultad que presenta el actual sistema político para construir mayorías que le permitan al Ejecutivo hacer las reformas necesarias para emprender el proyecto de gobierno que se ha planteado y que le ha planteado a los electores. Los estímulos políticos están dados para provocar inmovilidad, estancamiento económico y enfrentamiento político. Desde el calendario electoral hasta el diseño institucional han provocado que no exista cooperación alguna entre los poderes de la Federación, particularmente entre el Ejecutivo y el Legislativo; así como entre los gobiernos federal, estatales y municipales en un país donde la coyuntura exige medidas drásticas y poderosas.

Todo ello es parte del proceso institucional y democrático, pero en este momento nos encontramos en el extremo de lo que los teóricos políticos del siglo XIX caracterizaban como “el engorroso y complicado sistema federal y presidencial norteamericano”.

Una parte importante del debate es decidir si el presente arreglo institucional nos es útil como nación; es si se debe mantener el sistema presidencial que provee de estabilidad y certidumbre a la sociedad, pero que puede causar parálisis y estancamiento. O bien, optamos por un sistema parlamentario o semipresidencial, donde la toma de decisiones es más dinámica, gracias a la construcción automática de mayorías, pero la estabilidad, la certidumbre y permanencia gubernamentales son menores.

*Profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Anáhuac

México Norte.

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