Dos discursos, dos tiempos y dos visiones: Cordero y Carstens
- La intervención del primero, debe decirse, fue en una franca decepción; los que lo escucharon resultaron defraudados.
La Convención Bancaria fue, hasta hace poco, una reunión —no evento; consulten el diccionario— a la que se debía prestar atención porque era, junto con el informe presidencial, las únicas ocasiones en el año que teníamos para conocer el monto de las reservas de Banco de México.
Una vez recuperada la banca por sus dueños originales y aparecido en calidad de “banquero” uno que otro arribista que debió huir de la justicia para evitar la cárcel por los delitos cometidos, aquélla empezó a presentar la imagen que más o menos hoy tiene: presencia importante de capital extranjero y participación de inversionistas mexicanos que decidieron entrarle al negocio con diferente suerte y presencia pequeña, muy pequeña o a lo más, mediana.
En las nuevas condiciones, la Convención Bancaria se convirtió en foro donde algún conferenciante de fama internacional —fuera un banquero central retirado o político famoso fuera ya del gobierno— venía a repetir viejos lugares comunes cobrando exagerados honorarios. Incluso, se convirtió en foro propicio para que los candidatos a la Presidencia de la República dijeran una que otra mentira.
Los banqueros, ya en una economía abierta, quizás querían dar la impresión de ser personajes abiertos a otras opiniones y dejar la imagen de comparsas o cómplices del gobierno en turno como lo fue en los años del dorado autoritarismo y “partido casi único”.
Este año, quizás sin proponérselo los anfitriones, la Convención se convirtió en foro apropiado para que los asistentes escucharan —o sólo oyeran— al que según sus propios dichos aspira a ser Presidente de la República: el secretario de Hacienda.
La intervención de éste, debe decirse, fue una franca decepción; los que lo escucharon, resultaron defraudados; el fuerte olor a naftalina que despidió su intervención, los transportó al antepasado cuando lo que esperaban los más, era futuro. Como dijo uno: “Fue un discurso con el que quiso ajusticiar al pasado, cuando nuestros problemas están en el futuro”. Otro, más molesto por la oportunidad desperdiciada por “su gallo”, señaló: “Vino al foro equivocado; quiso ajustar cuentas con el PRI como si esta reunión fuere un acto de campaña”.
En resumen, al secretario de Hacienda parecen obsesionarlo más el PRI y su desempeño de los años 1970 a 2000 que el futuro de México; habría sido más útil para sus seguidores —que no son pocos—, y para los que no lo son, saber qué piensa del futuro y cómo lo vamos a construir ante el tiradero que tenemos hoy. Remató uno, “De los priistas, se encarga Moreira; él solito acabará con ellos”.
Para la mala fortuna del precandidato, los asistentes escucharon la que quizás sea —a la fecha— la mejor intervención pública del gobernador de Banco de México. La suya, sólida y de una claridad que se agradece y reconoce, le permitió dictar cátedra de lo que debe ser un discurso en un foro como aquél en las actuales condiciones del país y del mundo. Como alguien acertadamente la calificó: “Fue un discurso de futuro, sin dejar de lado el presente”.
Con su discurso, salvó la Convención; hizo que ésta valiese la pena. Lo que dijeron los demás, fue pura paja sin valor alguno. (Secretario, ¿no ha pensado cambiar a su asesor en comunicación? Le urge).
