El centenario edificio del Senado

Lo que resulta imperdonable es que su costo ya es más del doble del presupuesto inicial

Desde diciembre de 2009 mencioné en esta columna que la conclusión del conjunto para el Senado sería importante porque se tendría una obra significativa para el país y, después de un año, aún no se inaugura. Además del retraso, lo que resulta imperdonable es que su costo ya es de más de dos mil 300 millones de pesos, el doble del presupuesto inicial (encuesta Excélsior: 134 mil 604 respuestas negativas).

Esa construcción será el final de una historia que ya cumplió 100 años. El proyecto de Porfirio Díaz y del arquitecto francés Émile Bénard para el edificio del Congreso —similar al de Washington— se suspendió con el inicio de la Revolución, y no se pudo finalizar la construcción de las Cámaras de Diputados y Senadores. Después, en 1982, se desaprovechó la posibilidad de integrar las dos Cámaras en un solo edificio. Luego se asignó arbitrariamente un proyecto, que no prosperó, situado atrás del Palacio de Bellas Artes. Tampoco se aprovechó la oportunidad para que esa enorme inversión ayudara a mejorar una zona: por ejemplo, los enormes terrenos de la estación Pantaco. Finalmente, se escogió una magnífica localización: el cruce del Paseo de la Reforma e Insurgentes, y un pésimo lugar, ya que será un punto de conflicto, por las manifestaciones y plantones que afectarán toda esa zona.

El proyecto para la nueva sede del Senado fue asignado por concurso y se eligió uno muy bueno, con errores de base. El programa inicial fue de 70 mil metros cuadrados, para realizar el conjunto en un terreno de casi 10 mil metros cuadrados. Sin embargo, después de cuatro años de construcción, se han denunciado graves errores: en los estacionamientos, la sala de la Cámara y en las oficinas, además de que algunas áreas son insuficientes o están mal diseñadas, lo que es inadmisible e injustificable, después de que se tuvo tanto tiempo para corregirlo y mejorarlo.

Por supuesto, como en todo, hay responsables. El primero es el senador panista José González Morfín, coordinador del comité técnico de la construcción desde 2006, después el comité y, en menor medida, el arquitecto. Como cualquier proyecto tiene que ser desarrollado a detalle, lo que sucedió fue que no se revisó y modificó, con el profesionalismo que se requería, para actualizarlo a las necesidades del funcionamiento del Senado. No se pudo verificar que la nueva sede no era suficiente para albergar a los dos mil 100 empleados ni a todas las comisiones, aunque se tuvo suficiente tiempo para buscar soluciones. La solución más evidente es que se construyeran más espacios dentro del conjunto. Sin embargo, durante dos años se “negoció” la compra de los edificios vecinos (de 400 metros cuadrados) para construir las oficinas que hacían falta. Lo lamentable es que la actuación del coordinador ha dañado la imagen de todos los senadores, porque la gente asume que todos son responsables de esos problemas.

La constructora es también responsable de errores y retrasos, aunque es evidente que las indecisiones facilitaron y explican el incremento en los gastos de construcción. Sin embargo, hay aciertos: la imagen del conjunto es moderna y elegante (como corresponde) y la solución de la cimentación sobre un terreno tan difícil ha recibido reconocimientos. Además, una vez que esta historia termine la gente la olvidará, y la ciudad tendrá un edificio significativo.

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