Matrimonio, simulacro y vacío

El pasado jueves inició la temporada de El amante, de Harold Pinter, dirigida por Iona Weissberg. Esta obra, que se produjo para la televisión inglesa en 1963, dirigida por el propio Pinter, ofrece un extraordinario ejercicio de síntesis. Con un mínimo de recursos logra ...

El pasado jueves inició la temporada de El amante, de Harold Pinter, dirigida por Iona Weissberg. Esta obra, que se produjo para la televisión inglesa en 1963, dirigida por el propio Pinter, ofrece un extraordinario ejercicio de síntesis. Con un mínimo de recursos logra provocar inagotables lecturas. Es a partir de aquello que apenas se alude, lo no dicho, que encontramos la mayor potencia significativa, la que no sólo es aplicable al contenido, sino también a las posibilidades formales, las que deja por demás abiertas.

De la extensa producción de Pinter, El amante ha sido una de las más representadas en México. Al volver a leerla en estos días me sorprendió su vigencia. El autor parte de un planteamiento realista del espacio, que en el avance de los diálogos y situaciones se dispara a otros terrenos. En un primer acercamiento vemos a un matrimonio que, para escapar de la rutina de su vida sexual, ella se convierte, ante la imaginación de su marido, en una prostituta, y él juega el rol del amante que visita a la mujer casada con el consentimiento del esposo. ¿Será que quienes juegan a variar su identidad son los amantes que se divierten imaginando que están casados? En el encuentro-desencuentro de los personajes vive una angustiante necesidad de ser querido y querer; ser aceptado y aceptar; desear y ser deseado, en un ámbito de imposibilidades, incertidumbres e identidades fragmentadas. Nada menos seguro y acogedor que ese hogar de apariencia estable y convencional. En la Introducción al tomo II de sus obras completas, editadas por Grove Press (1977), Pinter dice que la zozobra humana no radica en la incomunicación, sino en la aterradora posibilidad de la comunicación, que nos deja expuestos ante los demás, exhibe la propia incongruencia, debilidad y horror. ¿Cuánto puede asustarnos ese abismo interior escondido detrás de nuestras máscaras?

En la versión de El amante para la que se tomó la traducción de Rafael Spregelburg, la ambigüedad que deja Pinter se resuelve en interpretaciones concretas. Los contactos físicos entre los esposos-amantes, que el autor alude, esboza, esa desnudez que por un momento se sugiere en el original, en la propuesta escénica de Weissberg se materializa. La directora muestra los cuerpos sin una prenda de ropa y vemos a Sara y Richard ejecutar un acto sexual deliberadamente mecánico. La pareja al parecer intenta sustituir ese erotismo, por completo ausente de sus vidas, con su acuerdo de adoptar otras identidades, pero el deseo no se enciende ni en la dimensión de lo real y ni en sus escarceos imaginarios. Los personajes aquí, deshabitados de una convincente atracción, hacen como que son otros, como que se son infieles, como que alcanzan orgasmos, como que se celan. ¿Será que Weissberg nos propone un esquema de pareja en el que ya ningún juego es capaz de acercarlos realmente al erotismo, un escenario por completo desolador, en el que no quedan más que simulacro y vacío?

La escenografía de Sergio Villegas es sencilla, realista, funcional y aún más sintética que la planteada por Pinter, ya que la cocina desaparece y la acción se desarrolla sólo en la sala y en la recámara, los que ocupan el mismo espacio gracias a los desplazamientos de mobiliario realizados por los actores. Como Sara, Marina de Tavira, parece dirigida a una deliberada, juguetona artificialidad, que aprovecha su presencia escénica y su gracia personal, mientras Antonio Rojas, como Richard y Max, se desempeña con naturalidad. La “música original” de Mario Santos, unida a las anotaciones de la dirección —sobre todo para el personaje femenino que ofrece citas aquí y allá de los lugares comunes del streep tease y el tubo—, colocan la puesta en escena en los terrenos del vaudeville y ubican el lenguaje teatral décadas atrás.

A lo largo de los 55 minutos que dura la función no hay oportunidad para aburrirse. Esta obra que forma parte de una atendible estrategia impulsada por Enrique Singer, para detonar con la programación de los recintos a su cargo en la UNAM reflexiones sobre el teatro europeo de la segunda mitad del siglo XX, se puede ver de jueves a domingo a las 20:00, 19:00 y 18:00 horas, respectivamente, en el Teatro Santa Catarina.

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