Del Barça al Real Madrid

Florentino Pérez es un hombre insatisfecho. Añora la época de los Galácticos. Tiene sed de gloria.

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

En la Ciudad Condal y en España hay revuelo por las declaraciones del entrenador Pep Guardiola. “Mi tiempo en el Barcelona se está acabando”.

El divorcio no sólo se produce en tiempo de crisis y derrotas, también aparece en tiempo del éxito. Los ejemplos abundan, en los matrimonios, en los grupos artísticos, en los negocios.

Algunos han tomado las palabras del director técnico del Barcelona como la filtración de una noticia exclusiva o acaso, como lo veo desde mi perspectiva deportiva, de algo más. Guardiola, ¡vestido de blanco!

Hace unos días leí una frase atribuida a la periodista española Soledad Gallegos: hay verdades que sólo se pueden contar a través de la ficción.

Consideró Guardiola, en el programa Sport Sera, de RAI Due, el viernes anterior, que cuando se llega al cuarto año “se está más cerca del final que del principio”, lo que parece involucrar un adiós con separación momentánea o definitiva. Es costumbre, en Europa, brindar con una verdad filosófica, divertida. El tintineo de las copas de cristal se acompaña, sonriendo, con: una copa más y una copa menos. Nada más natural.

Guardiola ingresó al Barcelona en julio de 2008 y es difícil pensar que siente sus reales con el peso de la madurez matusalénica de un Alex Ferguson en el Manchester United. La idea se desprende de sus propias palabras.

Logró los seis títulos más preciados en un año. Título de la Liga Española, Campeón de la UEFA, el Mundial de Clubes, la Copa del Rey...; el aplastante 5-0 sobre el Real Madrid, la distinción de ser nombrado mejor entrenador del 2009. ¡Qué más puede aspirarse cuando se alcanza la cumbre?

Nada más natural que el tiempo de Guardiola llegue a su término con el Barça. Nada más natural que se agudice el olfato del éxito y la comercialización de Florentino Pérez y prepare sus redes, dicho sea con una dosis de cierto candor, para atraparlo dentro de un par de años. Se evitaría que los aficionados del Barça señalaran a Guardiola como un gran traidor como sucedió con el cambio del portugués Luis Figo. El tiempo se convierte en el mejor aliado de una profunda estrategia, que por encima de todo, conserva las formas y los aires de la alta diplomacia, cuyos engranajes funcionan como joya de fina relojería. Darle tiempo al tiempo.

El Barça y el Real sostienen una guerra larga, duradera, apasionante. Florentino Pérez es un hombre insatisfecho. Añora la época de los Galácticos. Tiene sed de gloria.

Todos sus esfuerzos están encaminados hacia el punto cenital. Vive la obsesión de alcanzar y poseer lo más grande. Su cartera, generosa, siempre está abierta y en su corazón de obsidiana no hay resquicio que anide sentimentalismos. Nadie olvida el despido de Vicente Del Bosque, del brasileño Vanderlei Luxemburgo, quien rogó casi hasta la humillación, y del chileno Manuel Pellegrini, con mejores estadísticas en el Real Madrid, que el propio José Mourinho.

Las palabras de Guardiola acaso sean la punta del iceberg de una profunda concertación. Anda muchacho, vete camino de Lodi a Milán, pon tu imaginación en derrocar al Inter; canta “Aveva un bavero color zafferano”...¡ahí tienes otro reto de altura!, “quante storie” y regresa en dos o tres años al Real Madrid. En la guerra, La storia di un amor!, el sueño de Florentino.

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