Los milenaristas
En un juego de palabras fácil, demasiado fácil, los voy a llamar milenaristas. Entre otras cosas porque el adjetivo hace mucho que trascendió los límites estrictos que lo remiten al capítulo 20 del Libro del Apocalipsis Revelación que habría sido escrito por el otro ...
En un juego de palabras fácil, demasiado fácil, los voy a llamar milenaristas. Entre otras cosas porque el adjetivo hace mucho que trascendió los límites estrictos que lo remiten al capítulo 20 del Libro del Apocalipsis —Revelación— que habría sido escrito por el otro San Juan (ni el Bautista ni el Evangelista, pero también apóstol) alrededor del año 100 de nuestra era.
Según ese texto sagrado, el último en el orden canónico del Nuevo Testamento, Cristo habría de volver a la Tierra, sobre la que reinaría durante mil años, mientras el demonio permanecería cautivo, y al cabo de los cuales se producirían el combate decisivo contra el Mal y su derrota eterna, seguida del Juicio Final o Universal.
A quienes dedicaron su vida a predicar este segundo advenimiento del Salvador, se les llamó, pues, desde la más baja de las edades medias, milenaristas. De hecho aún existen, y no son pocos los grupos religiosos cristianos que hoy en día lo auguran. Es más, el Corán profetiza una versión que puede considerarse equivalente. Y si hemos hacer caso a ciertos santones locales, parece ser que los antiguos mayas también contemplaban su propio Juicio Final, que tendrá lugar luego luego, afirman, de aquí a unos meses. Si así fuere, desde ahora me comprometo públicamente a escribir acerca de él, y a tragarme el tono ligeramente burlón que pudiera desprenderse de mis palabras de hoy.
Porque no le descubro nada nuevo, paciente lector, si le confieso que en su acepción rigurosamente religiosa el Juicio Final no me dice gran cosa, excepto, eso sí, en la versión plástica que ocupa el que considero el más hermoso y estrujante de los frescos que ornan el techo de la gloriosa Capilla Sixtina. Ahí sí, lo que sea de cada quien, me rindo, me doy, me callo y retiro cualquier razonamiento.
Pero, como digo al inicio, la idea milenarista ha sido extendida al dominio secular (de siglos y milenios parece ir la cosa) y esa me interesa y concierne mucho más. Pues han sido calificadas de esa manera todas las ideas de transformación social, definitiva e irreversible, que implique la idea, religiosa al fin, de redención. En otras palabras, de advenimiento del Bien.
Principio que, reconocerá usted, no dista demasiado del que preconiza la derrota del mal. No son pocos los hombres y las formaciones revolucionarias, anarquistas o marxistas, si hemos de seguir a pensadores de la talla de Mircea Eliade o John N. Gray, que han incurrido, en ese sentido, en el milenarismo. Los milenaristas, en suma, religiosos o paganos, se consideran a sí mismos materializaciones del Bien y portadores de la Verdad, a la que se diría, tienen agarrada por la cola.
Digamos que la discusión de tal fenómeno posee una envergadura que sobrepasa mis intenciones —y mis posibilidades—. Mis propósitos, hoy, son mucho más modestos. Y llamaré milenaristas a quienes elaboran el diario Milenio. El diario, el semanario y el canal de televisión. Muy en particular a dos de sus principales hacedores: Carlos Marín y Ciro Gómez Leyva.
La ocurrencia cobrará un sentido más ajustado si tomamos en cuenta lo que dijeron, y el tono en que lo dijeron, en el programa de debate entre analistas políticos, Tercer Grado, que transmite todos los miércoles en la noche el Canal 2. Normalmente, si puedo lo sigo con interés. Los participantes, con altas y bajas, suelen ser profesionales informados y agudos. La semana pasada, sin embargo, las cosas fueron distintas.
Distintas y ofensivas. Yo en particular me sentí disgustado e insultado. Me considero buen amigo de ambos, de Carlos y Ciro, y espero seguir siendo considerado como tal. Pero como dijo el clásico, soy más amigo de la verdad. Y hay cosas que no deben, no pueden ser pasadas por alto.
Los panelistas discutían las distintas reacciones sociales desencadenadas por el asesinato de Juan Francisco, hijo del poeta y periodista de Proceso, Javier Sicilia. El debate derivó inevitablemente hacia la valoración de la política gubernamental en su “combate al crimen organizado”.
Y fue llegados a este punto que los dos periodistas perdieron los papeles y la compostura. En un tono irritado e irritante defendieron de manera apasionada —un poco apasionada de más— la política del gobierno de Calderón, y por ende la utilización de las Fuerzas Armadas en ese combate —que no guerra—, actitud de sobra esta decirlo, perfectamente legítima.
Pero la legitimidad se diluyó en la diatriba exaltada que dirigieron contra quienes no están de acuerdo con esa política. “Se están aprovechando —afirmaron— de un problema nacional, para hacer propaganda y proselitismo políticos y para echar tierra al gobierno” (no es una cita textual, pero como si lo fuera).
Con el rostro desencajado, agitando las manos como aspas de molino, Carlos Marín se permitió formular enormidades como que “esos intelectualillos que muy cómodos, desde una terraza en Coyoacán se permiten criticar la actuación del Ejército (...) quisiera verlos en Tamaulipas” o que “de hecho defienden a los narcos, y no me extrañaría que tuvieran intereses delincuenciales” (qvasi sic).
No entiendo ni el furor ni el ardor ni el ofuscamiento en hombres que pueden ser vehementes e incluso exaltados, sí, pero a los que tengo por ecuánimes y penetrantes.
Yo, como intelectualillo al que luego se le ocurre tomar una taza de café en la esquina de Centenario y Xicoténcatl, y que considera catastrófico el modo en que el gobierno federal está enfrentando la cuestión del narcotráfico y los crímenes directa o indirectamente asociados a él, no pude no sentirme aludido. Y difamado.
Y reivindico mi derecho inalienable a sostener una posición crítica y a defender mis puntos de vista, en esta y cualquier otra cuestión, sin tener que ser sometido a argumentos ad hominem calumniosos, por parte de milenaristas despectivos que, por lo visto, se presentarán amparados al Juicio Final.
*Matemático
