Del SAT para mí, con cariño
Me molesta que la autoridad sea francamente estúpida para miles de cuestiones pero,eso sí, muy eficiente para amenazara la pequeña minoría que sí cumplecon sus obligaciones fiscales.
Hace unos días recibí una carta de parte del Servicio de Administración Tributaria (SAT). En ella se me dice que no he pagado mis impuestos correspondientes a febrero de 2011. Igualmente, se me exhorta a que “de manera inmediata y espontánea” los pague y me evite “sanciones y molestias innecesarias”.
Efectivamente, no he pagado esos impuestos (ni los de marzo. Señores del SAT: no me envíen otra carta; ya lo sé). Bueno, para ser precisos, ya pagué los que se me cobran vía nómina; los que no he pagado son los que genero cobrando honorarios. No los he pagado porque, desde que se introdujo el IETU, me es imposible hacer los cálculos correspondientes. Así, me veo obligado a acudir a algún módulo del SAT y pedir ayuda para, luego, pagar. Pero esto toma tiempo, por lo que, a propósito, dejo pasar varios meses de manera tal que los declaro juntos y así sólo voy a los módulos en cuestión dos veces por año, nada más. Esto implica que pago recargos sobre mis impuestos, pero, prefiero eso a perder toda una mañana cada mes, o a tener que pagarle a un contador (gano tan poco que no vale la pena) o a acudir a un taller de capacitación por medio del cual, según me lo ha comentado el personal del SAT mismo, aprendería a hacer lo del IETU y no sé qué tanto más.
No me molestó recibir la carta. Lo que sí me molesta es que, por un lado, millones de mexicanos no paguen lo que deberían y, por otro lado, que la autoridad sea completamente inútil, incluso francamente estúpida, para miles de cuestiones pero, eso sí, muy eficiente para exprimir y amenazar a la pequeña minoría que sí cumple con sus obligaciones fiscales así como, en general, con la ley.
Van algunos ejemplos: afuera de todos los módulos del SAT que he visitado, hay venta de piratería. También se ofrece comida en varios changarros y, obvio, hay decenas de franeleros “haciendo su agosto” gracias a, precisamente, quienes van a arreglar algo al SAT. Etcétera.
¿Quién les envía cartas a los torteros, franeleros y demás “exhortándolos” a que paguen sus impuestos? ¿Qué autoridad evita la piratería? ¿Quién le ofrece a la señora de las quecas un taller para que aprenda cómo declarar y pagar sus impuestos? No, no se vale: a una pequeña minoría la traen frita. De hecho, apenas no pagamos algo y ya están encima de nosotros, mientras que a la gran mayoría nadie le dice nada. Aclaro que aquí no se trata de que si un changarro genera mucho o poco dinero: algunos son grandes negocios pero, aunque no lo fueran, tendrían que declarar y pagar lo que les toca. ¿Y qué decir de la evasión fiscal de las grandes empresas? ¿Qué hay de la ilegalidad que, en general, nos permea? ¿Dónde están, pues, las autoridades?
Si nuestros gobernantes y funcionarios, de todo nivel, mostraran para todo la eficacia y contundencia que exhiben a la hora de enviar cartas, poner multas, etcétera, a los pocos millones de mexicanos que sí pagamos nuestros impuestos, nuestro país sería otro: no se desbordaría el drenaje cada vez que llueve, ya se habría concluido la Estela de luz Monumento del Bicentenario, no habría grandes mafias, nadie se pasaría un alto, el Metrobús no andaría accidentándose un día sí y el otro también, no habría tráfico de personas ni “narcofosas”, etcétera.
Pero para eso no importa que la autoridad actúe bien: nada más hace su trabajo adecuadamente cuando, insisto, hay que exprimir a los que sí pagamos. Y claro, si no lo hiciera así, no tendrían con qué construir una sede nueva para el Senado (con curules hechas en Italia) o con qué pagar los seguros médicos de los diputados y los senadores o los sueldos, prestaciones, etcétera, de los consejeros del IFE, de los gobernadores, de los legisladores locales, etcétera.
Querido SAT: he recibido tu “cariñosa” carta y, como siempre, pagaré mis impuestos. Ojalá que tú, y todas las autoridades, cumplan también con lo que les corresponde: ya no más evasión, ya no más informalidad, ya no más ilegalidad. ¡Ya basta!
