Drama, tiempo, vida
A la memoria de Roberto Abarca, decapitado en Acapulco por la impunidad. A Citlalli, a Sofía, a las miles de víctimas de esta “guerra contra el crimen”,que ha vuelto el crimen en México aterradora cotidianeidad. Roma puede ser metáfora de lo desconocido, la ...
A la memoria de Roberto Abarca, decapitado en Acapulco
por la impunidad. A Citlalli, a Sofía,
a las miles de víctimas
de esta “guerra contra el crimen”,
que ha vuelto el crimen en México
aterradora cotidianeidad.
Roma puede ser metáfora de lo desconocido, la tierra de las posibilidades, el sitio al que llevan todos los caminos, símbolo de la ilusión, del sueño, de la eternidad. En este juego, ir a Roma no es lo mismo a los siete, los veinte, los cuarenta o los ochenta años. Nacer es verse arrojado al tiempo. ¿Cómo escapar del implacable trabajo de los días en los huesos, en la piel, en la consciencia? Roma al final de la vía, de Daniel Serrano, dramaturgo, director de escena nacido en Magdalena de Kino, Sonora, y radicado en Tijuana, nos habla del miedo a los propios deseos, del ciclo de la vida humana, de la incertidumbre. ¿Y si hubiéramos ido a Roma? La trama se va tejiendo con los encuentros entre dos niñas que se hacen mujeres y envejecen juntas. El espacio es cierto paraje frente a las vías de un tren. El tiempo abarca ocho décadas, en torno de una misma acción: soñar con ir a Roma en un fugaz ferrocarril que pasa al llegar la tarde.
Bajo la dirección de Alberto Lomnitz y las actuaciones de Julieta Ortiz y Norma Angélica (fundadoras del grupo Escape Girls), Roma al final de la vía corre temporada en La Casa de la Paz. La organización del espacio, iluminado por el propio Lomnitz, ofrece una plataforma en fuga hacia el fondo, que evoca la arena, el desierto. Sobre la desnuda superficie están colocados un par de cubos, separados a poco menos de un metro de distancia uno de otro, que me hicieron pensar en rocas. Cuando los personajes atraviesan ese breve pasillo, entran al terreno de las ilusiones: la cercanía con el tren. A cada lado de la plataforma están sendos percheros con prendas de ropa, que los personajes se quitan y ponen a la vista del público.
En sucesivas visitas a las vías del tren, en la progresión cronológica de estaciones clave en su vida, se encuentran los personajes. Las conversaciones entre las amigas nos llevan de lo anecdótico, lo cotidiano, al reconocimiento del implacable transcurrir de los sueños a la nada. Estas niñas-mujeres-ancianas van del deseo por el jovencito de sus sueños, a la esclavitud de la vida conyugal, de la rebeldía a la responsabilidad, de la amistad a la infidelidad, del nacimiento a la muerte. Los diálogos fluyen cargados de inventiva, de humor y de ternura, de atisbo universal y sabor local, de evidencia y misterio.
Julieta Ortiz y Norma Angélica me parecieron idóneas como Emilia y Evangelina. Asumen el difícil rol de niñas de siete años con una fresca intuición. Pasan por las marcas del tiempo en la expresión del rostro, la voz, el lenguaje del cuerpo, con impecable fluidez. El vestuario de Adriana Olivera nos va narrando el paso de la inocencia provinciana, a la sensualidad de las muchachas en flor, a la madurez cachonda y la cercanía con la muerte.
Evangelina y Emilia, con sus historias, nos acercan a esa forma de vida de los pueblos donde el narcotráfico, los asesinatos impunes se han vuelto cotidianos; donde el crimen organizado y el desorganizado se sostienen, ya por ineficiencia total de autoridad o bien por el imperio criminal de un caótico Estado. Esta lograda puesta en escena dirigida por Alberto Lomnitz, con las brillantes actuaciones de Norma Angélica y Julieta Ortiz, corre breve temporada en La Casa de la Paz, con funciones de jueves a domingo y duración de 90 minutos.
Está en proceso de aprobación la Ley de Seguridad Nacional que entraña graves violaciones contra la integridad, la libertad de los ciudadanos. Representativas organizaciones de diverso tipo piden que a toda costa se detenga este atentado que viola estándares internacionales de derechos humanos, en materia de seguridad interior. Si en una democracia los ciudadanos no estamos informados y nos defendemos del poder ¿cuál es el límite de la degradación de la vida política?
