El Estado mexicano, hoy

El debate acerca del carácter del Estado mexicano es de primera importancia. El narcotráfico y la delincuencia organizada representan, hoy por hoy, un proyecto de Estado alternativo al Estado emanado de la compleja e inacabada transición democrática que el país vive ...

El debate acerca del carácter del Estado mexicano es de primera importancia.  El narcotráfico y la delincuencia organizada representan, hoy por hoy, un proyecto de Estado alternativo al Estado emanado de la compleja e inacabada transición democrática que el país vive desde hace una veintena de años. A diferencia del paradigma de la era de la Guerra Fría, cuando el poder era disputado entre el socialismo y el capitalismo, entre ejércitos regulares e irregulares, entre parlamentarismo o la toma armada del poder, todo ello mezclado con la ensoñación de una hipotética “Tercera Vía”, ahora el paradigma es entre el republicanismo o la vida violenta-lúdica de la delincuencia organizada.

Todo Estado, sea el democrático-liberal, el socialista o el del narcotráfico, se rige por las mismas reglas. Ante la sociedad requieren: asegurar la aplicación del Estado de derecho vigente, cobrar impuestos y ejercer el dominio absoluto sobre la fuerza pública. Toda legitimidad social del orden existente en la sociedad parte de esas tres funciones del Estado. Cuando éste deja de ser el brazo ejecutor de cualquiera (una, dos o tres) de esas funciones, el Estado entra en crisis.  Existe un cuestionamiento objetivo a su utilidad como tal. De ahí los planteamientos sobre los estados fallidos.

El debate que surge en torno a si el gobierno debiera proseguir con su combate frontal al narcotráfico o dedicarse a negociar con él, es reflejo de esa crisis en el seno de la sociedad mexicana. Cuando existe un cuestionamiento tan esencial al Estado y su orden existencial es indispensable encarar el debate frontalmente y no soslayarlo.

No es un asunto táctico, en el sentido de ponerse a señalar carencias en la obtención de inteligencia o las fuentes del dinero o la compra de armas. Todo eso puede, y debe,  ser resuelto.  Lo importante es reconocer que el debate es acerca de la sociedad que queremos, hoy y mañana. El Estado liberal representa un sistema con alternancia en el poder, elecciones libres, libertad de expresión, libertades económicas. El Estado narcótico se rige por otros criterios. La subordinación de la sociedad a la producción, distribución y venta de narcóticos implica una estructura de orden y control que no puede ser cuestionado ni, mucho menos, suplantado por otro.  Es, al mismo tiempo, la representación de lo que podría entenderse como un Estado narcótico-lúdico. El ludens ocupa una parte muy importante de la vida contemporánea de los individuos en la sociedad moderna. Es precisamente debido a ello que surge la duda acerca de cuál es el Estado apropiado cuando hay una sociedad en crisis.

En la sociedad mexicana no existe el convencimiento de que la transición democrática trajo consigo mayor bienestar económico y social en el país. Ese es el problema. Ante tal percepción, el reto planteado por el Estado narcótico tiene una receptividad social que resulta sorprendente. El miedo refuerza su eco. Intelectuales, empresarios, profesores, periodistas y gente de los más diversos orígenes debaten el tema. De lo que se habla es de que encaramos una gran encrucijada nacional y no existe un consenso acerca de cómo definir el camino a seguir.

La tentación de volver la mirada hacia un régimen más autoritario está presente de manera notable. Diversas especies de autoritarismos rondan la pradera nacional. El narcotráfico es, sin duda, uno de ellos, y es el más ruidoso y violento, pero de ninguna manera el único. En todo este camino sinuoso, la pregunta es: ¿cómo lograr que la forma republicana y democrática de Estado pueda prevalecer por encima de las amenazas por llevar al país al “paraíso” autoritario?

        *Especialista en análisis político

            ricardopascoe@hotmail.com

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