La fábrica
Camarada Edmundo Jardón, la muerte pretende hacerte callar sellando tus labios e inmovilizando tus dedos. Ilusa, ignora que manos jóvenes y nuevas bocas repetirán ...
Camarada Edmundo Jardón,
la muerte pretende hacerte callar
sellando tus labios
e inmovilizando tus dedos.
Ilusa, ignora
que manos jóvenes y nuevas bocas
repetirán sin cesar
tu mensaje y tus arengas.
Lo breve si breve dos veces breve, reza el antiguo, conocido y acertado apotegma. Y por breve, respetuoso, representativo e ilustrativo, elijo, entre todos, el comentario que me hace llegar el lector Gerardo Valderrama, a propósito de mi columna de hace quince días, “Contubernio”, en torno al proceso, veredicto y sentencia de la ciudadana francesa Florence Cassez.
En un revire elegante, el señor Valderrama retoma en la primera frase de su texto una expresión de la última del mío. Leamos (corrijo única y ligeramente ortografía y sintaxis): “¿Se ha preguntado, temerario escritor, si usted hubiera sido una de las tres víctimas que señalan a la señora Cassez sin equivocación, qué pensaría del montaje? No creo que le gustaría que dejaran libre a sus secuestradores, ¿o sí? Atte. Gerardo Valderrama”.
Entendido. Es mérito de quien lo formula el que este razonamiento a modo de pregunta no recurra a confusiones ni artimañas. Es transparente. Empecemos por el empiezo. Yo nunca he sostenido, entre otras cosas porque no me consta, que la señorita Cassez sea inocente. De ninguna manera. Pero de igual manera y con el mismo énfasis tampoco puedo afirmar que sea culpable. Lo ignoro. ¿Culpable o inocente? Lo más seguro es que quién sabe.
Pero reitero, y eso sí lo sé, que los jueces que la condenaron también lo ignoran. Sencillamente porque Florence Cassez, en términos estrictos y jurídicos, no ha sido juzgada. No como la ley prescribe y estipula, en todo caso. Las sucesivas instancias que vieron del caso pusieron en escena auténticas e intolerables patrañas.
Sinceramente lo envidio, Gerardo Valderrama, sin duda ve usted cosas que a mí se me escapan. Cosas que lo llevan a afirmar con toda certeza que Florence Cassez es una secuestradora. Lo envidio como envidio a los creyentes religiosos a los que su fe les facilita la vida. Están tocados por el soplo divino. Y yo no. Quienes están convencidos a pie juntillas de que Florence es una secuestradora también están, a su manera, “iluminados” por alguna especie de “gracia”.
Gracia que, en este caso, en este único caso, les hace dar crédito a instituciones policiacas y judiciales de las que normalmente dudan, cuando no de plano abominan. No lo entiendo. O sí, pero esa es otra historia.
Dice usted literalmente que “las víctimas señalan a la señora Cassez sin equivocación”, y de nuevo me veo obligado a pedirle que me lo explique. De dónde deduce u obtiene tan tranquilizante conclusión. Porque sin duda limitado por mi torpeza y necedad yo sólo sé ver en todo este asunto la “equivocación”.
Ni Cristina Ríos ni su hijo de once años Christian Hilario, ambos presuntamente secuestrados, mencionaron, en sus declaraciones ministeriales iniciales del 9 de diciembre de 2005, a 28 horas de haber sido presuntamente liberados, la presencia de ninguna mujer entre los secuestradores. Ni la madre ni el hijo. Y ambos se acordaron, súbitamente y al unísono, dos meses después, de que sí había ahí una mujer “con acento raro, como extranjera”. Fueron agraciados, precisamente, con una “iluminación” simultánea y en extremo oportuna.
Esto sucedía el 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad, en la Subagregaduría de la PGR en San Diego, California, donde madre e hijo se hallaban, no sé si refugiados, protegidos o simplemente apartados. Lo realmente interesante es que, tal como ya relaté, el 5 de ese mes el entonces titular de la AFI, Genaro García Luna, tuvo que reconocer públicamente, al aire, en el programa Punto de Partida, que conduce Denisse Maerker, después de un enlace telefónico que ésta realizó con Florence Cassez desde el reclusorio —enlace que sospecho no esperaba el funcionario— que la detención real no había sido filmada y que las escenas que aparecieron en televisión no eran más que una recreación.
Como consecuencia de tan embarazosa confesión, el 10 de febrero los más altos cargos de la PGR se vieron obligados a ofrecer una conferencia de prensa en la que confirmaron que, en efecto, se había llevado a cabo una escenificación. Más penoso, imposible. Pero nadie renunció. Porque el que debía haber renunciado ante tal escándalo no se contaba entre los presentes. Andaba muy por encima.
Siguieron llamando “recreación” a la farsa, sin embargo, y nunca reconocieron que se trató de un montaje. Término que usted, don Gerardo, utiliza en su comentario y cuyo sentido no acabo de entender. De manera que las deposiciones —nunca mejor dicho— de las víctimas, en las que reconocen a la señorita Cassez, son fabricadas a toda prisa y hechas públicas apenas cuatro días después. Celofán para la mierda.
El que contradijeran flagrantemente sus testimonios iniciales no fue considerado significativo por los jueces. La enormidad llega a este punto, señor Valderrama: El pequeño Christian Hilario, que afirma no haber visto a sus secuestradores, identifica siete voces, todas masculinas, e incluso les asigna un nombre: Ángel, Margarito, “Mi primo”, “Mi rey”, “El de la rosa” y Miguel. Ninguna voz femenina. Lo que no le impide, en San Diego y en febrero, afirmar con toda la frescura de sus 11 años, que reconoce perfectamente la voz de Cassez. Yo, insisto, don Gerardo, ¿dónde vio usted ese “sin equivocación” del que habla? Por favor, dígamelo. Me quitará usted un peso de encima.
Mientras, lo que yo veo es una empresa, una industria mancomunada, de jueces y policías, dedicada a la fabricación de culpables. La PGR no es sino eso: una fábrica.
*Matemático
