Pan de muerto con alma de calabaza

Un pan de muerto relleno de dulce de calabaza rescata sabores prehispánicos y reconcilia la tradición con la memoria mexicana

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Dos panaderos trabajan en la preparación de dulce de calabaza en una cocina tradicional; en primer plano, calabaza de castilla partida sobre una charola metálica, lista para convertirse en relleno del pan de muerto artesanal en Iztapalapa
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Panaderos de Los Globos en Iztapalapa elaboran a mano pan de muerto tradicional, dando forma a las piezas con el característico diseño de "huesitos" sobre charolas listas para hornear, como parte del proceso artesanal del pan relleno de dulce de calabaza
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Panadero con uniforme y mandil de “Los Globos Tu Pastelería” sostiene una espátula con dulce de calabaza listo para rellenar pan de muerto; en primer plano, una calabaza entera sobre la mesa de trabajo, junto a panecillos ya preparados
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Doña Araceli, panadera de Los Globos en Iztapalapa, junto a otra integrante del equipo mientras preparan pedidos con pan de muerto en mostrador, rodeadas de productos tradicionales y decoraciones de Día de Muertos
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Primer plano de un pan de muerto tradicional espolvoreado con azúcar, relleno con dulce de calabaza cremoso; se aprecia su textura y forma clásica con los “huesitos”, ideal para el Día de Muertos
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Bandeja con panes de muerto tradicionales espolvoreados con azúcar junto a versiones cubiertas con chocolate y decoradas con granillo rosa o chocolatitos, exhibidos en una panadería artesanal
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Panadero de Los Globos rallando cáscara de limón o lima con guantes negros en una cocina tradicional; en la mesa se aprecian ralladura fresca y trozos de calabaza de castilla, ingredientes usados en la preparación del pan de muerto artesanal
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En México, el otoño tiene su propio sonido, color y aroma. Es el crujir de las hojas secas, el naranja de las flores de cempasúchil… y ese inconfundible perfume a piloncillo, canela y clavo que anuncia que el dulce de calabaza está en los fogones.

Un postre humilde, hecho de paciencia y memoria, que por siglos ha endulzado las cocinas mexicanas. Y ahora, en pleno siglo XXI, ese mismo dulce ancestral se ha reinventado para convertirse en el corazón del nuevo pan de muerto de tu pastelería Los Globos, en Iztapalapa, una de las alcaldías con creencias religiosas arraigadas y muy populares entre sus habitantes.

La historia del dulce de calabaza es tan antigua como el propio Día de Muertos. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos mesoamericanos cocían este fruto con miel de maguey y maíz tostado. Más tarde, con la conquista, el piloncillo y las especias llegaron para enriquecerlo.

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Vista interior de la panadería Los Globos en Iztapalapa, con vitrinas llenas de pan de muerto de distintos sabores, incluyendo el nuevo pan relleno de dulce de calabaza; una mujer elige su pieza mientras el panadero organiza el mostrador

Era el sabor del hogar, del campo, de los días lentos y las noches frías. Hoy, ese mismo sabor renace dentro de un pan que no busca competir con las modas, sino reconciliarse con la tradición.

“Queríamos regresar al origen, al sabor de lo nuestro”, explica Deyra Durán, encargada de ventas de Los Globos. “El dulce de calabaza es más que un relleno, es una forma de recordar a quienes ya no están, de volver a sentir el aroma del comal de la abuela”.

El proyecto comenzó hace más de tres años, bajo la dirección de doña Araceli, jefa de producción y guardiana del horno. Junto con su equipo, mezcló recetas antiguas, corrigió medidas y probó decenas de versiones hasta encontrar el equilibrio perfecto entre la suavidad del pan y el dulzor profundo del relleno.

“Si no nos gusta a nosotros, no le gustará al cliente”, comenta Efraín Alfaro, encargado de la sucursal. “Buscamos que cada bocado cuente una historia”.

El resultado es un pan que huele a infancia y sabe a eternidad.

Con su base tradicional de ralladura de naranja y mantequilla, pero con el toque almibarado de la calabaza de castilla cocida en piloncillo, este pan de muerto no pretende ser una extravagancia: es un homenaje.

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Manos de panadero con guantes negros elaborando a mano los “huesitos” que decoran el pan de muerto tradicional, con piezas de masa clara y oscura sobre una mesa de trabajo, listas para colocarse en las charolas

El dulce de calabaza, ese que muchos consideraban un postre de pueblo, regresa con fuerza como símbolo de resistencia cultural frente a las modas importadas y el consumo rápido.

En cada cucharada espesa de su relleno vive una parte del México que se niega a desaparecer: el de los altares encendidos, los rezos, los manteles bordados a mano y las manos que aún saben medir el azúcar “al tanteo”.

“El Día de Muertos no necesita luces extranjeras para brillar”, sentencia Deyra Durán. “Solo hace falta recordar quiénes somos… y a quiénes les cocinamos”.

Con más de 25 años de tradición, el pan de muerto se transforma así en un símbolo de identidad. Han pasado por los sabores de naranja, ajonjolí, chocolate o frutos rojos; pero este año, con el dulce de calabaza, han tocado la fibra más sensible del mexicano: la nostalgia.

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Dos piezas de pan de muerto con forma tradicional, espolvoreadas con azúcar y rellenas de crema rosa, colocadas sobre una repisa de exhibición en una panadería, representando una versión moderna del clásico pan de Día de Muertos

Porque, al final, entre el aroma del piloncillo y el murmullo de las veladoras, el pan de muerto relleno de calabaza no solo alimenta el cuerpo: alimenta la memoria, los recuerdos de esos seres amados ausentes, que en algún momento disfrutaron la compañía y las risas mientras degustaban un poco de ese pan que trae el amor de la ausencia.

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