Lo que no te contaron de la Revolución Mexicana
Construido sobre el Palacio Legislativo porfirista, el Monumento a la Revolución guarda las tumbas de los líderes que derrocaron ese régimen
La Revolución Mexicana suele narrarse como una épica de héroes y victorias, pero debajo late un país roto por ambición, traiciones y paradojas históricas. Nada lo ilustra mejor que el Monumento a la Revolución: levantado sobre los restos del Palacio Legislativo del Porfiriato, la obra que debía glorificar al régimen que la Revolución prometió destruir. La historia, a veces, escribe con ironía.

Antes de convertirse en figura autoritaria, Porfirio Díaz fue el militar que frenó al ejército francés en Puebla. Esa victoria lo llevó al poder, pero la reelección perpetua quebró el pacto social. Mientras México presumía modernidad —ferrocarriles, fábricas, inversión extranjera— el campo vivía endeudado y sometido. Díaz rompió su palabra y se reeligió; Madero encendió la mecha.

A Madero lo asesinó Huerta, el general encargado de protegerlo. Con el golpe de Estado se abrió una etapa oscura y emergieron líderes con proyectos incompatibles: Carranza, Villa, Zapata, Obregón. Entraron juntos a la capital como imagen de unidad, pero gobernar no era su terreno. Las alianzas se rompieron tan rápido como se formaron.

La Revolución terminó devorando a sus propios símbolos. Zapata cayó en Chinameca en 1919; el gobierno exhibió su cuerpo para evitar dudas. Villa fue acribillado en Parral en 1923, mientras conducía su Dodge. Dos muertes distintas, un mismo destino: el Sur perdía a su símbolo y el Norte a su leyenda.

Carranza, arquitecto del nuevo Estado, huyó cuando rompió con Obregón. Lo asesinaron en una cañada de Puebla en 1920. Obregón, el estratega más brillante pese a perder un brazo, terminó abatido en 1928 mientras firmaba autógrafos en una comida política. El poder siempre cobró su precio.

Díaz murió en París en 1915 y está enterrado en el Panteón de Montparnasse. La ironía es contundente: mientras él yace en Francia, los hombres que lo derrocaron descansan bajo el Monumento a la Revolución, construido sobre el proyecto que él dejó inconcluso. La obra porfirista terminó convertida en mausoleo revolucionario.

Las columnas de acero del Monumento iban a sostener el Palacio Legislativo de Díaz. Los revolucionarios nunca construyeron su propio edificio, así que levantaron su relato sobre las ruinas del régimen que combatieron. Destruir para renacer: una constante mexicana.

La Revolución no fue una marcha ascendente hacia la justicia, sino un laberinto. Héroes que fueron villanos, villanos que fundaron instituciones, aliados que se destruyeron entre sí. Y un país que terminó construyendo su mayor símbolo revolucionario sobre un esqueleto porfirista. La historia no sólo se recuerda: también se reutiliza, se derrumba y se vuelve a levantar, como el monumento que aún domina el cielo de la capital.




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