Grita limpio: la otra independencia pendiente
Cada septiembre, el orgullo patrio se mezcla con residuos que dejan las celebraciones en el Zócalo
La noche del 15 de septiembre es una de las más intensas en México. Miles de familias se reúnen en plazas públicas, restaurantes y casas para escuchar el Grito de Independencia, entre música, pozole y fuegos artificiales. El Zócalo capitalino, iluminado de verde, blanco y rojo, se convierte en el epicentro del festejo: en 2024 se congregaron allí más de 280 mil personas, la mayor multitud desde la pandemia. Un día después, el desfile militar reunió a 120.000 asistentes en las calles del Centro Histórico. Sin embargo, la fiesta más patriótica del país tiene una resaca que no aparece en los discursos oficiales: toneladas de basura que se acumulan apenas amanece.

En menos de 24 horas, los servicios de limpieza han llegado a recolectar más de 145 toneladas de residuos en el Centro Histórico. Vasos y platos de unicel, bolsas de plástico y botellas desechables se convierten en la otra postal de la independencia. La paradoja es evidente: se celebra la libertad política conquistada hace más de dos siglos, mientras se perpetúa la dependencia del plástico y la costumbre de tirar lo que se consume.

La conmemoración está también atravesada por mitos y reinterpretaciones. No fue la noche del 15, sino la madrugada del 16 de septiembre de 1810 cuando Miguel Hidalgo llamó a levantarse contra el mal gobierno. Fue Porfirio Díaz, ya en el poder, quien desplazó la ceremonia para que coincidiera con su cumpleaños. Tampoco se sabe con certeza qué gritó el cura de Dolores. Cronistas señalan que mencionó a la Virgen de Guadalupe y condenó al mal gobierno, más que proclamar una independencia que aún no existía como proyecto definido. Y el famoso balcón desde el que hoy se repite el ritual en Palacio Nacional tampoco existió aquella noche: Hidalgo lo hizo desde el atrio de la parroquia.

En los últimos años, organizaciones ambientales han insistido en que la celebración puede ser igual de alegre, pero más limpia. Cambiar el unicel por materiales compostables, separar la basura y sustituir los cohetes por luces LED o drones son medidas sencillas que reducirían la huella ecológica de la fiesta. El desafío es cultural: transformar una costumbre profundamente arraigada sin restarle identidad al festejo.

México grita cada septiembre su orgullo e historia, pero el futuro exige otro grito: el de un país capaz de celebrar sin contaminar. Porque la independencia de hoy no se juega en el campo de batalla, sino en la capacidad de dejar un planeta habitable a quienes heredarán la fiesta mañana.

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