El sabor de Bucareli por tres generaciones

Adela García lleva 35 años alimentando a repartidores, voceadores y otros trabajadores de Excélsior. Ella mantiene la fórmula, preserva el sazón de la abuela y le añade amor a la comida

thumb
Ver galería
thumb
Ver galería
thumb
Ver galería
thumb
Ver galería

CIUDAD DE MÉXICO.

En la mesa de la señora Santos González nunca faltaron el chicharrón en chile verde, en chile rojo, carne de puerco, bisteces, la sopa, el arroz y los frijoles. Lo platica su nieta Adela García, quien con el paso de los años, heredó el puesto y el sazón de aquella mujer que en los años 30 llegó a la calle de Bucareli para convertirse en un personaje popular entre los voceadores y repartidores de Excélsior.

En la calle, sobre la banqueta y a un lado de Bucareli 18, doña Adela García le rasca a la cazuela para completar un plato de chicharrón en chile verde. También le queda un poco de arroz y frijoles.

—Si quiere que le cuente la historia de mi abuela Santos, tendrá que probar los guisos que heredé de ella.

—Dicen que Sara García hizo el papel de la tía Dominga (El papelerito, 1950) inspirándose en la abuela Santos.

Doña Adela no responde. Frota constantemente las manos sobre el viejo delantal y empieza a juntar cazuelas y platos vacíos. Es tarde y hay que desocupar la banqueta antes de que caiga la noche.

Tiene tiempo para recordar. “Pues mire, ese lugar en donde estoy yo, desde hace muchos años mi abuelita empezó a trabajar. Yo todavía ni nacía. Y después mi mamá Carmelita le ayudaba a mi abuelita. Fueron pasando los años y mi hermana Yolanda y yo nos quedamos a cocinar”.

En realidad, la historia comenzó casi con la llegada de El Periódico de la Vida Nacional a los rumbos de Bucareli.

Todo comenzó con la mudanza de Excélsior, en el umbral de los años 30. El diario tuvo inicio en las viejas calles de Colón y Rosales y después se mudó a la calle de Artículo 123. Era tiempo de crecer y de construir un edificio que se haría clásico en Bucareli 18. Entonces se asomaron vendedores de alimentos para satisfacer la demanda de cientos de voceadores, repartidores y trabajadores de los talleres.

Imagine usted la calle de doble sentido, el paso del tranvía, las vecindades y el murmullo de hombres, mujeres y niños que saturan las banquetas. Las noches eternas de esperar los ejemplares de un diario que se tenía que repartir antes del amanecer.

Como muchos vendedores, la señora Santos tuvo el tino de asegurarse un lugar en la banqueta de Bucareli, junto al edificio de Excélsior. Un día, otro vendedor le avisó que había muchos trabajadores en Excélsior y no tenían dónde comer.

Mi abuelita tenía una cocina en el mercado Juárez y de allá se vino a vivir a Bucareli número 30. Había una vecindad y ella vivió ahí muchos años”.

Doña Santos empezó a vender café en la madrugada, con sus hijos. “Ellos vendían pan y mi abuelita café. Yo todavía ni nacía. Ya después, mi mamá y, a través de los años, mi hermana Yolanda y yo”.

Doña Santos González se convirtió en testigo de muchas transformaciones que sufrió Bucareli, cuyo edificio de la Lotería Nacional se asomaba en 1946 y llevaba más trabajadores a probar sus guisos. Lo mismo pasó con aquellos que visitaron el novedoso Cine Palacio Chino y el Cine Bucareli.

Y siguieron los cambios. El temblor del 57, cuando se cayó el Ángel de la Independencia, llevó a la demolición de algunas vecindades (hoy convertidas en estacionamientos). Más tarde desaparecería también su tranvía y la circulación en doble sentido en la calle de Bucareli. Después, el crecimiento de Excélsior y la construcción de su nueva casa en La Esquina de la Información.

Con el paso del tiempo, la abuela Santos dejó el puesto de comida a su hija Carmelita y siguió la tradición de vender comida mañana, tarde y noche, pues había que atender los turnos de Excélsior, Últimas Noticias y Segunda Edición.

Y aquel chicharrón en chile verde, chile rojo, así como la milanesa con papas que guisaba la abuela Santos siguieron alimentando a jóvenes que repartían periódicos en bicicleta o a los que pasaron sus mejores años en aquellas máquinas que escupían noticias en blanco y negro.

Se dice que no hay trabajador de vigilancia, talleres o archivo gráfico que no haya parado en el puesto ambulante que aún se pone en

Bucareli 18.

En el año 1950 el cine mexicano presumió una película que, aun con el paso de los años, se mantiene como una de las favoritas para repartidores y voceadores de periódicos. Se llama El Papelerito, donde Sara García hace el papel de la tía Dominga y es una “abuelita” cuyos guisos alimentan a los pequeños voceadores y repartidores de El Periódico de la Vida Nacional. La acompaña don Simón (Domingo Soler), así como los niños Pirrín, Toñito, Juancho y Gloria.

—Se dice que el papel de la tía Dominga fue inspirado en la abuela Santos.

—Imagino yo que de ahí se basaron en la historia, porque en aquel tiempo mi abuelita vendía en el mismo lugar y estaba con sus hijos.

—Incluso, que tenían cierto parecido.

—Sí, mi abuelita era así, gordita, de pelo chino.

­—Y malhablada.

—Mi abuelita era grosera, había que serlo en este barrio. Y a la gente le gustaba. Les gustaba el sazón de su comida.

—¿Y en tiempo de crisis?

—Mi abuelita les fiaba, mi mamá y yo también. Muchos trabajadores de Excélsior comieron fiado con nosotras y nos pagaron en su primer sueldo. Hasta la fecha, a los de Excélsior que se quedaron en Bucareli les apuntamos en una lista sus comidas y en la quincena se ponen a mano.

—El verdadero abuelo se llamó Gerardo.

—Mi abuelito daba grasa en la esquina de Artículo 123. Le faltaba una pierna, la tenía de madera, de palo.

—La abuela Santos, mamá Carmelita, su hermana Yolanda y ahora usted. Tres generaciones que han mantenido la tradición de cocinar para los trabajadores de Excélsior y que han vivido para contarlo. ¿La fórmula?

—Mantener el sazón que tuvo la abuela Santos.

—¿Hoy qué guisó?

—Hoy hice albóndigas, chicharrón en chile verde, machaca, milanesa con papas, frijoles con huevo. Diario  cambio de guisado para que no se aburran.

—¿Le afectó la mudanza de Excélsior?

—¡Imagínese! Perdí unos clientes, aunque otros van llegando.

—Toda una vida dándoles de comer a los repartidores, voceadores y otros trabajadores de Excélsior...

—Desde mi abuela Santos, antes de que yo naciera. Yo llevo aquí 35 años.