Apoyo social les da respiro; Diconsa recorre brechas en tierra del narco

En La Guajolota, una de las comunidades más pobres del país, la economía recae en las mujeres, ya que su principal ingreso proviene de programas sociales, pues no hay trabajo para los hombres

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TRABAJO. El señor Marcos, de 70 años, atiende una tienda Diconsa, ubicada cerca del almacén La Guajolota.
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DURANGO, Dgo.

La nueva carretera, que tiene poco más de un año de construida y que ya registra seve­ros deslaves en esta temporada de lluvias, lleva a la comunidad de La Guajolota, en El Mezquital, clasifica­do como uno de los 150 municipios más pobres del país.

A diferencia de este sitio, llegar a Los Altares es menos complicado gracias a una carretera más rápida, desde Santiago Papasquiaro.

Lo difícil es trasladarse de Los Al­tares a comunidades como Los He­rrera, San Diego o Topia, enclavadas en zonas barrancosas de la Sierra Madre Occidental, y en donde los caminos son veredas o brechas.

La diferencia en el desarrollo de ambas comunidades duranguenses es abismal.

En La Guajolota se restringió la explotación de la madera, lo que lle­vó más pobreza a la comunidad y a sus alrededores; mientras que Los Altares sobrevive con el trabajo de cuatro aserraderos, pero en donde se pagan salarios de hasta seis mil pesos mensuales, en el mejor de los casos.

En ambas comunidades, el sis­tema de abasto Diconsa lleva ali­mentos de la canasta básica a sus almacenes rurales para la atención de tiendas, en donde, en algunos ca­sos, se convierten en la única opción de suministro para la población.

En esta región, enclavada cerca del llamado Triángulo Dorado del narcotráfico —Sinaloa, Durango y Chihuahua— opera el Cártel del Pa­cífico y, hasta el inicio de la presente administración, un enfrentamiento con el grupo de Los Zetas convir­tió la zona en uno de los puntos con más riesgo para cubrir las diferentes rutas de abasto de la paraestatal.

LA GUAJOLOTA, LOS POBRES DE LOS POBRES

El Mezquital es uno de los 39 mu­nicipios de Durango. Su principal frontera es con Jalisco, tiene una po­blación de poco más de 30 mil ha­bitantes, de los cuales casi 17 mil son indígenas tepehuanos.

Este municipio está incluido en­tre los 150 más pobres del país y, por lo tanto, en la lista en donde Li­consa vende el litro de leche a un peso, en apoyo a su comunidad. De acuerdo con los censos del Inegi, El Mezquital está integrado por 838 localidades.

Una de estas comunidades es La Guajolota, en donde sus casi 700 habitantes padecen desempleo, pobreza y escasas posibilidades de desarrollo, pese a contar con un ba­chillerato y una universidad tecno­lógica; pero su principal tienda de Diconsa vende en promedio más de 350 mil pesos al mes.

A través de la Tarjeta Sin Hambre, cada mes se reparten 620 mil 426 pesos a 551 beneficiarios de esta co­munidad de los diferentes progra­mas de la Sedesol, con lo que logran superar su condición de pobreza.

De acuerdo con cifras de la de­pendencia, en La Guajolota, el Programa Pensión para Adultos Ma­yores tiene registrados en el presen­te año a 27 beneficiarios: 12 hombres y 15 mujeres, cada uno de ellos reci­be de manera bimestral 587.16 pe­sos. Así, este programa de asistencia tiene una inversión para este año de 95 mil 120 pesos para personas de 65 años o más para sus gastos.

El Programa de Atención a Jorna­leros Agrícolas invirtió 236 mil 715 pesos para dos proyectos en bene­ficio de 200 personas en 2014; para los años siguientes este programa no repartió recursos.

Además, un programa coordina­do entre la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) y la Sedatu realiza la construc­ción de vivienda digna para los ha­bitantes de la comunidad tepehuana.

Se trata de unas pintorescas ca­bañas con piso de cemento, techos de lámina con doble caída de agua, paredes de ladrillo o madera, chime­nea para el uso de leña en el área de la cocina, un breve espacio para estan­cia u otra recámara, y dos habitacio­nes de 2.5 metros cuadrados, algunas de ellas pintadas de rosa para ser ocu­padas únicamente por mujeres.

En este caso, el Programa para el Desarrollo de Zonas Prioritarias dispuso, entre 2013 y 2015, de un presupuesto de 765 mil pesos para la construcción de baños, 103 mil 400 pesos para fogones ecológicos, 70 mil 473 para pisos y 130 mil para techos.

Además, en el mismo periodo, este plan entregó en La Guajolota 140 mil 986 pesos para centros co­munitarios de aprendizaje, de acuer­do con los reportes de la Sedesol.

Para los hombres no hay empleo, por lo que la manutención de las fa­milias recae en las mujeres, quienes son las que se inscriben, o a sus hijos, en los diferentes programas de asis­tencia, y entre más familia más ayuda.

SIN EMPLEOS

“Aquí no hay trabajo, cuando uno va a Durango se ganan 200 pesos, pero aquí es más difícil, no hay trabajo. Cuando se necesita se vende un bo­rreguito o un marranito para hacer chicharrones, pero no creas que es diario; por ahí de pronto se va uno a cortar leña.

“La señora es la que está inscrita en Prospera, ahí reciben la ayuda, se mantienen tantito con los niños, se tiene lo que necesita para que vayan a la escuela, a otros les falla la econo­mía”, comenta Gorgonio Soto.

Gorgonio es habitante de Santa María Ocotán, una de las comunida­des que se surten de alimento des­de el Almacén Rural La Guajolota, es desempleado y padre de cinco hijos, quienes estudian bachillerato, se­cundaria, primaria, preescolar y otro de brazos.

En una cancha de basquetbol ve a su hijo Agustín, de cinco años, como ensaya los pasos de La Marcha de Aída, que bailará con el resto de sus compañeritos en la ceremonia con la que concluyen el preescolar y pasan a la primaria.

“Unos se van a trabajar a La Li­bertad, emigra la gente. Se van a la costa de Nayarit, otros se dedican a la ganadería, otros que no tienen nada se van a buscar un trabajo para sobrevivir.

“A los muchachos les digo: es­tudien, yo por eso me quedé sin trabajo, busco trabajo por ahí, hay gen­te que cree que el estu­dio no sirve. Acá lo malo es que no hay trabajo”, comenta Gorgonio, cuya esposa recibe aproxi­madamente 900 pesos al mes para la manuten­ción de sus hijos.

Desde el Almacén Rural La Guajolota se surten alimentos de la canasta bá­sica, muchos de la marca Diconsa, a 65 tiendas comunitarias de la región tepehuana de Durango, para benefi­ciar a casi 25 habitantes.

“La mercancía la distribuimos en­tre las comunidades que, por cierto, es uno de los municipios más pobres del país, declarado por el gobier­no, por los recientes estudios que se han hecho, el municipio de El Mez­quital es uno de los más pobres del país y es atendido por el Almacén La Guajolota.

 “En nuestro caso desplazamos 450 toneladas de mercancía al mes, entre esa mercancía el principal pro­ducto es el maíz, que representa 20% del total de las ventas; en esta región es la principal fuente de alimento”, explicó Francisco Ontiveros, jefe del almacén.

El almacén rural vende un prome­dio de cuatro millones 200 mil pesos en las diez comunidades que atien­de, cifras que se alcanzan gracias a los apoyos que la pobla­ción recibe de otros pro­gramas sociales, como Prospera, 65 y más, la Tarjeta Sin Hambre.

“Hubo un proble­ma hace años, se detuvo toda la actividad forestal y la gente prácticamente vive de los apoyos que les hace llegar el gobierno, llámese Prospera, Pro­campo, 65 y más.

“Hay poco trabajo en la zona, la verdad es que hay que reconocer­lo así, las oportunidades son pocas, no hay espacio para la agricultura, es una zona serrana, las condiciones climáticas no ayuda a la producción de cultivos, así que se ayudan poco de la ganadería, muy poco, y a los apoyos que les hace llegar el gobier­no”, explicó Ontiveros Guerrero.

Rosa Santo lleva 18 años como maestra de la escuela primaria Quetzalcóatl, de esta comunidad, en donde conoció a su ahora esposo y también profesor de la comunidad.

Los mentores también atien­den un negocio que es miscelánea y papelería, que inició con una fo­tocopiadora, que surten todos los domingos luego de hacer el viaje de más de tres horas y media de ida y vuelta a Durango.

A lo largo de los años, la maestra se ha percatado que no hay mucho interés de la comunidad por salir de la situación de rezago que les aqueja.

“Es lo que me he dado cuenta acá de los padres de familia, como que no ponen mucho empeño en la cuestión de sus hijos, les falta más interés, que se preocupen un poco más.

“Nosotros ponemos todo como maestros, pero falta la otra parte, ellos nomás con que vayan a la es­cuela y si les dan alimentación, mu­cho mejor, ellos se deslindan. Es escuela de tiempo completo, enton­ces que vayan a la escuela, al cabo que allá comen”, dijo la profesora.

La maestra de primaria reconoce que hay poco trabajo en la comuni­dad, pero no por eso se debe bajar la guardia, y un ejemplo es que deci­dieron abrir un negocio.

“Estamos aquí por nuestro traba­jo, ahora ya hay carretera y en tres horas vamos a la ciudad. Acá empe­zamos con la copiadora, la gente te­nía la necesidad, luego seguimos con las libretas y así.

“Hay gente a la que le podemos fiar, los conocemos y sabemos que tienen trabajo, o les llega su ayuda del gobierno y ya vienen y nos pagan, hay de todo aquí”, comentó.

De acuerdo con las reglas de Di­consa, un Comité de Ciudadanos eli­ge a la persona que debe atender la tienda de la comunidad, quien puede ser removida si los resultados no son los esperados.

Así, Marcos Flores Cervantes, un hombre que cree tener más de 70 años, es el encargado de la tienda de la comunidad desde 1996, y actual­mente vende más de 350 mil pesos al mes.

Su edad no fue impedi­mento para que hace poco más de tres años, cuando la situación de violencia en la zona era alta, un par de hombres armados entra­ran a robar a su negocio.

El saldo fue el robo de la venta del día y una bala que aún permanece alojada en uno de los pulmones de don Marcos, como se le conoce en la comunidad.

“Eran como las dos de la madru­gada, le prendieron fuego a unos cartones, querían quemar y cuando vine me dieron un balazo”, recuerda.

LOS ALTARES, CON UNA MEJOR SITUACIÓN

Al norte de la ciudad de Durango, a las laderas de la Sierra Madre Occi­dental, se ubica el municipio de San­tiago Papasquiaro, con poco más de 43 mil habitantes y una mejor condi­ción socioeconómica.

 En la comunidad de Los Alta­res, con una población de casi 600 personas, hay un almacén rural de Diconsa que atiende a casi 45 mil ha­bitantes de los municipios de Santia­go Papasquiaro, Tepehuanes, Topia, Canelas y Otáez.

Es la zona con más presencia del grupo criminal que encabeza Joa­quín El Chapo Guzmán Loera, el Cártel del Pacífico; de hecho, de Ca­nelas es originaria su actual esposa, Emma Coronel Aispuro.

Una parte de la población en Alta­res sobrevive con el trabajo de cua­tro aserraderos, en donde se llega a pagar hasta seis mil pesos al mes, en el mejor de los casos, pero también hay una importante actividad gana­dera, por lo que destaca la venta de alimentos pecuarios.

Ante una importante producción ganadera y de quesos, el almacén de Diconsa vende hasta 150 toneladas de este tipo de productos para la ma­nutención del ganado bovino.

La mejora en la condición econó­mica en esa región, en comparación con La Guajola, es tan diferente que, por ejemplo, para Los Altares sólo se reparten tres mil 378 pesos al mes de programas de Sedesol a únicamente tres beneficiarios, de acuerdo con ci­fras de Diconsa.

“Además de los alimentos de la canasta básica también se mueven mucho los alimentos pecuarios, es­tamos hablando de que al mes se mueve un promedio de 500 tonela­das de mercancía... de aquí hacia 84 tiendas en los cinco municipios.

“El 70% de la mercancía despla­zada se lleva a comunidades de di­fícil acceso, que nosotros le decimos la barranca o las quebradas, son ca­minos muy difíciles donde se gastan llantas en exceso, muelles, refaccio­nes, pero en muchas comunidades es opción única Diconsa”, comentó Gilberto Sarmiento Santoyo, jefe del Almacén Rural Los Altares.

UN ALMACÉN PARA CINCO MUNICIPIOS

Llevar alimento a las comunidades serranas de los cinco municipios que atiende este almacén, no sólo es un reto por la condición de los caminos, sino también por las mismas cues­tiones de inseguridad, en donde la producción de amapola también ayuda a algunas de las comunida­des, todos lo reconocen en privado.

A mediados de la pasada admi­nistración, cuando la actividad y violencia del crimen organizado se intensificó en el país, convirtieron a esta región en una de las más difíci­les para la atención de Diconsa.

“Hace cinco años era un desastre, nadie queríamos estar fuera, don­de quiera se topaba gente armada, muertos, descabezados, acá en la ca­becera municipal de Santiago, y que nosotros teníamos que bajar con el dinero siempre con el temor de nos pudieran detener por ahí.

“Aquí en el almacén nos secues­traron tres veces el combustible, se lo robaron, con ello también a dos cho­feres también los secuestraron, a uno desafortunadamente lo liquidaron, lo asesinaron, gracias a Dios eso ya pasó, en lo que cabe ahora estamos bien”, comentó el funcionario.

Sarmiento dijo que actualmente se alcanza a sentir una mejora en las condiciones de seguridad, en algo que se alcanza a ver como una “au­torización” para que la paraestatal cumpla con su misión en esta región.

“Ellos saben bien que es una em­presa que a la mayoría de la gente le lleva su alimento, entonces entre ellos mismos, a la mejor los jefes les dan órdenes de que no molesten a Diconsa. Debido a eso, dicen que Di­consa está cumpliendo con una labor buena”, comentó.

Gerardo Rubén Ontiveros Pa­lacio, subgerente de la Unidad Operativa de la paraestatal en Durango, explicó que con un alma­cén central y diez regiona­les, Diconsa opera con 720 tiendas en la entidad.

El funcionario dijo que ante las condiciones de in­seguridad que se vivieron se estable­cieron protocolos para garantizar la integridad de los empleados, y en lo que va del año se ha registrado sólo un caso de robo a uno de sus operadores.

“En su momento sí afectó, pero estamos a la baja. Había por ahí ese tipo de situaciones (robos), ha habido coordinación con oficinas centrales, con el protocolo de seguridad; en ese sentido, hemos ido a la baja.

“Darle la atención oportuna, pre­sentar las denuncias en PGR y que se le dé el seguimiento oportuno por parte del Ministerio Público”, comentó.

 Repartiendo la ayuda en tierra controlada por narcos

 A Jesús Alanís Juárez, empleado con casi 36 años de antigüedad en Diconsa, en don­de trabaja desde que era Industria­lizadora Conasupo, se le quiebra la voz y ofrece una disculpa cuando, con lágrimas, recuerda el día que lo asaltaron en caminos de la Sierra Madre Occidental.

Fue hace casi cinco años cuan­do se dirigía al almacén El Salto, en inmediaciones de Naranjos.

“Salieron cuatro hombres ca­muflados, me bajaron de la camio­neta y me exigieron el dinero, les di lo que traía, pero me exigieron más, me dijeron que me quitara los zapatos y me… perdón, es que es difícil”, dijo con la voz entrecortada.

Los asaltantes le colocaron una funda de almohada en la cabeza, y con amenazas de quitarle la vida le exigieron la entrega de todo el di­nero que llevaba para la entrega de programas sociales.

David, otro empleado de las ofi­cinas centrales de Durango, ahora padece diabetes derivado de un asalto, en el que, “por un milagro”, no perdió la vida, junto con uno de sus compañeros.

Explicó que, al momento de es­tar haciendo el pago de programas sociales llegó un par de hombres armados, quienes los amagaron con cuernos de chivo. “Uno me en­cañonó, recargándome en una pa­red, me puso el cañón en el cuello y, de pronto, cuando vi que al ami­go se le dilató la pupila, para mí fue la señal de que le iba a jalar.

“Alcancé a empujar el cañón con la mano derecha (hacia la iz­quierda) y sólo escuché el trancazo, sentí el calor y me quedé sordo. Me dijo, ‘ya te cargó la chingada’, puso en cañón en la frente y volvió a dis­parar, pero se encasquilló el arma”, recordó David.

 Mientras esto ocurría, el otro agresor tiro al piso al otro emplea­do de Diconsa; en un primer dispa­ro sólo perforó el costado de una chamarra, y en un segundo tiro hizo blanco en el sombrero, pero la víctima sólo perdió el sentido.

“Se acercó una señora y me dijo ‘ya mataron a su compañero’, em­pezaron a rezar un Padre Nuestro, y cuando decían “el pan nuestro de cada día” mi compañero se le­vantó, y vimos que nos salvamos de milagro”, recordó David, de esos días violentos en la Sierra de Durango.

 Ellas luchan contra usos y costumbres... y machismo

 Los varones te­pehuanos tienen un ritual de puri­ficación consistente en aislarse de su familia y de su comunidad para pasar algunos días en la montaña haciendo rezos y alimentándose de tortillas secas y agua.

A esto le llaman “estar bendi­tos”, y una vez que se reintegran a su comunidad no pueden ser toca­dos por nadie, ni por sus mujeres, hijos, familiares y amigos.

En otra costumbre, la mujer casada no puede sonreírle a otro hombre, pues corre el riesgo de ser golpeada por su esposo en repri­menda, y para ellos está mal visto que una mujer trabaje.

Contra todas estas ideas, Blanca Castañón Sánchez, encargada del área de Capacitación de Diconsa en la Unidad Operativa Durango, ha tenido que luchar para hacer su trabajo en la región tepehuana de la entidad.

“En el área donde estoy es muy complicado, porque tienes que li­diar con todos los compañeros; en Durango hay mucho machismo, es una situación que es un reto, el saber llegarle a la gente, saber cuáles son sus necesidades, sus prioridades.

“Llegar a una comunidad y ver el hambre a mí me fortalece para buscar las estrategias para poder llegar, sensibilizar, concientizar, apoyar en cosas que, en muchos casos, no son internas de Dicon­sa”, comentó la trabajadora de la paraestatal.

Casada y madre de una niña, Blanca es profesionista con una carrera en Trabajo Social con maestría en Orientación Educa­tiva, y entre otros empleos, en su natal Durango, ha sido incluso vo­luntaria en la Cruz Roja y bombe­ro, en donde alcanzó el grado de comandante.

 Para Blanca, uno de sus mayo­res retos en su actual empleo ha sido vencer poco a poco esa si­tuación cultural de la comunidad tepehuana, en donde ahora es ple­namente aceptada como la capa­citadora de sus compañeros en almacenes y tiendas.

“La parte indígena es la que es el mayor reto, porque tiene tradi­ciones, para poder llegar a ellos y darles una plática tengo que saber si están en temporada de bendi­to o no bendito. “Esa parte la debo de saber para ver si puedo dar un curso o incluso ni siquiera voltear a verlos”, comentó.