Apoyo social les da respiro; Diconsa recorre brechas en tierra del narco
En La Guajolota, una de las comunidades más pobres del país, la economía recae en las mujeres, ya que su principal ingreso proviene de programas sociales, pues no hay trabajo para los hombres
DURANGO, Dgo.
La nueva carretera, que tiene poco más de un año de construida y que ya registra severos deslaves en esta temporada de lluvias, lleva a la comunidad de La Guajolota, en El Mezquital, clasificado como uno de los 150 municipios más pobres del país.
A diferencia de este sitio, llegar a Los Altares es menos complicado gracias a una carretera más rápida, desde Santiago Papasquiaro.
Lo difícil es trasladarse de Los Altares a comunidades como Los Herrera, San Diego o Topia, enclavadas en zonas barrancosas de la Sierra Madre Occidental, y en donde los caminos son veredas o brechas.
La diferencia en el desarrollo de ambas comunidades duranguenses es abismal.
En La Guajolota se restringió la explotación de la madera, lo que llevó más pobreza a la comunidad y a sus alrededores; mientras que Los Altares sobrevive con el trabajo de cuatro aserraderos, pero en donde se pagan salarios de hasta seis mil pesos mensuales, en el mejor de los casos.
En ambas comunidades, el sistema de abasto Diconsa lleva alimentos de la canasta básica a sus almacenes rurales para la atención de tiendas, en donde, en algunos casos, se convierten en la única opción de suministro para la población.
En esta región, enclavada cerca del llamado Triángulo Dorado del narcotráfico —Sinaloa, Durango y Chihuahua— opera el Cártel del Pacífico y, hasta el inicio de la presente administración, un enfrentamiento con el grupo de Los Zetas convirtió la zona en uno de los puntos con más riesgo para cubrir las diferentes rutas de abasto de la paraestatal.
LA GUAJOLOTA, LOS POBRES DE LOS POBRES
El Mezquital es uno de los 39 municipios de Durango. Su principal frontera es con Jalisco, tiene una población de poco más de 30 mil habitantes, de los cuales casi 17 mil son indígenas tepehuanos.
Este municipio está incluido entre los 150 más pobres del país y, por lo tanto, en la lista en donde Liconsa vende el litro de leche a un peso, en apoyo a su comunidad. De acuerdo con los censos del Inegi, El Mezquital está integrado por 838 localidades.
Una de estas comunidades es La Guajolota, en donde sus casi 700 habitantes padecen desempleo, pobreza y escasas posibilidades de desarrollo, pese a contar con un bachillerato y una universidad tecnológica; pero su principal tienda de Diconsa vende en promedio más de 350 mil pesos al mes.
A través de la Tarjeta Sin Hambre, cada mes se reparten 620 mil 426 pesos a 551 beneficiarios de esta comunidad de los diferentes programas de la Sedesol, con lo que logran superar su condición de pobreza.
De acuerdo con cifras de la dependencia, en La Guajolota, el Programa Pensión para Adultos Mayores tiene registrados en el presente año a 27 beneficiarios: 12 hombres y 15 mujeres, cada uno de ellos recibe de manera bimestral 587.16 pesos. Así, este programa de asistencia tiene una inversión para este año de 95 mil 120 pesos para personas de 65 años o más para sus gastos.
El Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas invirtió 236 mil 715 pesos para dos proyectos en beneficio de 200 personas en 2014; para los años siguientes este programa no repartió recursos.
Además, un programa coordinado entre la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) y la Sedatu realiza la construcción de vivienda digna para los habitantes de la comunidad tepehuana.
Se trata de unas pintorescas cabañas con piso de cemento, techos de lámina con doble caída de agua, paredes de ladrillo o madera, chimenea para el uso de leña en el área de la cocina, un breve espacio para estancia u otra recámara, y dos habitaciones de 2.5 metros cuadrados, algunas de ellas pintadas de rosa para ser ocupadas únicamente por mujeres.
En este caso, el Programa para el Desarrollo de Zonas Prioritarias dispuso, entre 2013 y 2015, de un presupuesto de 765 mil pesos para la construcción de baños, 103 mil 400 pesos para fogones ecológicos, 70 mil 473 para pisos y 130 mil para techos.
Además, en el mismo periodo, este plan entregó en La Guajolota 140 mil 986 pesos para centros comunitarios de aprendizaje, de acuerdo con los reportes de la Sedesol.
Para los hombres no hay empleo, por lo que la manutención de las familias recae en las mujeres, quienes son las que se inscriben, o a sus hijos, en los diferentes programas de asistencia, y entre más familia más ayuda.
SIN EMPLEOS
“Aquí no hay trabajo, cuando uno va a Durango se ganan 200 pesos, pero aquí es más difícil, no hay trabajo. Cuando se necesita se vende un borreguito o un marranito para hacer chicharrones, pero no creas que es diario; por ahí de pronto se va uno a cortar leña.
“La señora es la que está inscrita en Prospera, ahí reciben la ayuda, se mantienen tantito con los niños, se tiene lo que necesita para que vayan a la escuela, a otros les falla la economía”, comenta Gorgonio Soto.
Gorgonio es habitante de Santa María Ocotán, una de las comunidades que se surten de alimento desde el Almacén Rural La Guajolota, es desempleado y padre de cinco hijos, quienes estudian bachillerato, secundaria, primaria, preescolar y otro de brazos.
En una cancha de basquetbol ve a su hijo Agustín, de cinco años, como ensaya los pasos de La Marcha de Aída, que bailará con el resto de sus compañeritos en la ceremonia con la que concluyen el preescolar y pasan a la primaria.
“Unos se van a trabajar a La Libertad, emigra la gente. Se van a la costa de Nayarit, otros se dedican a la ganadería, otros que no tienen nada se van a buscar un trabajo para sobrevivir.
“A los muchachos les digo: estudien, yo por eso me quedé sin trabajo, busco trabajo por ahí, hay gente que cree que el estudio no sirve. Acá lo malo es que no hay trabajo”, comenta Gorgonio, cuya esposa recibe aproximadamente 900 pesos al mes para la manutención de sus hijos.
Desde el Almacén Rural La Guajolota se surten alimentos de la canasta básica, muchos de la marca Diconsa, a 65 tiendas comunitarias de la región tepehuana de Durango, para beneficiar a casi 25 habitantes.
“La mercancía la distribuimos entre las comunidades que, por cierto, es uno de los municipios más pobres del país, declarado por el gobierno, por los recientes estudios que se han hecho, el municipio de El Mezquital es uno de los más pobres del país y es atendido por el Almacén La Guajolota.
“En nuestro caso desplazamos 450 toneladas de mercancía al mes, entre esa mercancía el principal producto es el maíz, que representa 20% del total de las ventas; en esta región es la principal fuente de alimento”, explicó Francisco Ontiveros, jefe del almacén.
El almacén rural vende un promedio de cuatro millones 200 mil pesos en las diez comunidades que atiende, cifras que se alcanzan gracias a los apoyos que la población recibe de otros programas sociales, como Prospera, 65 y más, la Tarjeta Sin Hambre.
“Hubo un problema hace años, se detuvo toda la actividad forestal y la gente prácticamente vive de los apoyos que les hace llegar el gobierno, llámese Prospera, Procampo, 65 y más.
“Hay poco trabajo en la zona, la verdad es que hay que reconocerlo así, las oportunidades son pocas, no hay espacio para la agricultura, es una zona serrana, las condiciones climáticas no ayuda a la producción de cultivos, así que se ayudan poco de la ganadería, muy poco, y a los apoyos que les hace llegar el gobierno”, explicó Ontiveros Guerrero.
Rosa Santo lleva 18 años como maestra de la escuela primaria Quetzalcóatl, de esta comunidad, en donde conoció a su ahora esposo y también profesor de la comunidad.
Los mentores también atienden un negocio que es miscelánea y papelería, que inició con una fotocopiadora, que surten todos los domingos luego de hacer el viaje de más de tres horas y media de ida y vuelta a Durango.
A lo largo de los años, la maestra se ha percatado que no hay mucho interés de la comunidad por salir de la situación de rezago que les aqueja.
“Es lo que me he dado cuenta acá de los padres de familia, como que no ponen mucho empeño en la cuestión de sus hijos, les falta más interés, que se preocupen un poco más.
“Nosotros ponemos todo como maestros, pero falta la otra parte, ellos nomás con que vayan a la escuela y si les dan alimentación, mucho mejor, ellos se deslindan. Es escuela de tiempo completo, entonces que vayan a la escuela, al cabo que allá comen”, dijo la profesora.
La maestra de primaria reconoce que hay poco trabajo en la comunidad, pero no por eso se debe bajar la guardia, y un ejemplo es que decidieron abrir un negocio.
“Estamos aquí por nuestro trabajo, ahora ya hay carretera y en tres horas vamos a la ciudad. Acá empezamos con la copiadora, la gente tenía la necesidad, luego seguimos con las libretas y así.
“Hay gente a la que le podemos fiar, los conocemos y sabemos que tienen trabajo, o les llega su ayuda del gobierno y ya vienen y nos pagan, hay de todo aquí”, comentó.
De acuerdo con las reglas de Diconsa, un Comité de Ciudadanos elige a la persona que debe atender la tienda de la comunidad, quien puede ser removida si los resultados no son los esperados.
Así, Marcos Flores Cervantes, un hombre que cree tener más de 70 años, es el encargado de la tienda de la comunidad desde 1996, y actualmente vende más de 350 mil pesos al mes.
Su edad no fue impedimento para que hace poco más de tres años, cuando la situación de violencia en la zona era alta, un par de hombres armados entraran a robar a su negocio.
El saldo fue el robo de la venta del día y una bala que aún permanece alojada en uno de los pulmones de don Marcos, como se le conoce en la comunidad.
“Eran como las dos de la madrugada, le prendieron fuego a unos cartones, querían quemar y cuando vine me dieron un balazo”, recuerda.
LOS ALTARES, CON UNA MEJOR SITUACIÓN
Al norte de la ciudad de Durango, a las laderas de la Sierra Madre Occidental, se ubica el municipio de Santiago Papasquiaro, con poco más de 43 mil habitantes y una mejor condición socioeconómica.
En la comunidad de Los Altares, con una población de casi 600 personas, hay un almacén rural de Diconsa que atiende a casi 45 mil habitantes de los municipios de Santiago Papasquiaro, Tepehuanes, Topia, Canelas y Otáez.
Es la zona con más presencia del grupo criminal que encabeza Joaquín El Chapo Guzmán Loera, el Cártel del Pacífico; de hecho, de Canelas es originaria su actual esposa, Emma Coronel Aispuro.
Una parte de la población en Altares sobrevive con el trabajo de cuatro aserraderos, en donde se llega a pagar hasta seis mil pesos al mes, en el mejor de los casos, pero también hay una importante actividad ganadera, por lo que destaca la venta de alimentos pecuarios.
Ante una importante producción ganadera y de quesos, el almacén de Diconsa vende hasta 150 toneladas de este tipo de productos para la manutención del ganado bovino.
La mejora en la condición económica en esa región, en comparación con La Guajola, es tan diferente que, por ejemplo, para Los Altares sólo se reparten tres mil 378 pesos al mes de programas de Sedesol a únicamente tres beneficiarios, de acuerdo con cifras de Diconsa.
“Además de los alimentos de la canasta básica también se mueven mucho los alimentos pecuarios, estamos hablando de que al mes se mueve un promedio de 500 toneladas de mercancía... de aquí hacia 84 tiendas en los cinco municipios.
“El 70% de la mercancía desplazada se lleva a comunidades de difícil acceso, que nosotros le decimos la barranca o las quebradas, son caminos muy difíciles donde se gastan llantas en exceso, muelles, refacciones, pero en muchas comunidades es opción única Diconsa”, comentó Gilberto Sarmiento Santoyo, jefe del Almacén Rural Los Altares.
UN ALMACÉN PARA CINCO MUNICIPIOS
Llevar alimento a las comunidades serranas de los cinco municipios que atiende este almacén, no sólo es un reto por la condición de los caminos, sino también por las mismas cuestiones de inseguridad, en donde la producción de amapola también ayuda a algunas de las comunidades, todos lo reconocen en privado.
A mediados de la pasada administración, cuando la actividad y violencia del crimen organizado se intensificó en el país, convirtieron a esta región en una de las más difíciles para la atención de Diconsa.
“Hace cinco años era un desastre, nadie queríamos estar fuera, donde quiera se topaba gente armada, muertos, descabezados, acá en la cabecera municipal de Santiago, y que nosotros teníamos que bajar con el dinero siempre con el temor de nos pudieran detener por ahí.
“Aquí en el almacén nos secuestraron tres veces el combustible, se lo robaron, con ello también a dos choferes también los secuestraron, a uno desafortunadamente lo liquidaron, lo asesinaron, gracias a Dios eso ya pasó, en lo que cabe ahora estamos bien”, comentó el funcionario.
Sarmiento dijo que actualmente se alcanza a sentir una mejora en las condiciones de seguridad, en algo que se alcanza a ver como una “autorización” para que la paraestatal cumpla con su misión en esta región.
“Ellos saben bien que es una empresa que a la mayoría de la gente le lleva su alimento, entonces entre ellos mismos, a la mejor los jefes les dan órdenes de que no molesten a Diconsa. Debido a eso, dicen que Diconsa está cumpliendo con una labor buena”, comentó.
Gerardo Rubén Ontiveros Palacio, subgerente de la Unidad Operativa de la paraestatal en Durango, explicó que con un almacén central y diez regionales, Diconsa opera con 720 tiendas en la entidad.
El funcionario dijo que ante las condiciones de inseguridad que se vivieron se establecieron protocolos para garantizar la integridad de los empleados, y en lo que va del año se ha registrado sólo un caso de robo a uno de sus operadores.
“En su momento sí afectó, pero estamos a la baja. Había por ahí ese tipo de situaciones (robos), ha habido coordinación con oficinas centrales, con el protocolo de seguridad; en ese sentido, hemos ido a la baja.
“Darle la atención oportuna, presentar las denuncias en PGR y que se le dé el seguimiento oportuno por parte del Ministerio Público”, comentó.
Repartiendo la ayuda en tierra controlada por narcos
A Jesús Alanís Juárez, empleado con casi 36 años de antigüedad en Diconsa, en donde trabaja desde que era Industrializadora Conasupo, se le quiebra la voz y ofrece una disculpa cuando, con lágrimas, recuerda el día que lo asaltaron en caminos de la Sierra Madre Occidental.
Fue hace casi cinco años cuando se dirigía al almacén El Salto, en inmediaciones de Naranjos.
“Salieron cuatro hombres camuflados, me bajaron de la camioneta y me exigieron el dinero, les di lo que traía, pero me exigieron más, me dijeron que me quitara los zapatos y me… perdón, es que es difícil”, dijo con la voz entrecortada.
Los asaltantes le colocaron una funda de almohada en la cabeza, y con amenazas de quitarle la vida le exigieron la entrega de todo el dinero que llevaba para la entrega de programas sociales.
David, otro empleado de las oficinas centrales de Durango, ahora padece diabetes derivado de un asalto, en el que, “por un milagro”, no perdió la vida, junto con uno de sus compañeros.
Explicó que, al momento de estar haciendo el pago de programas sociales llegó un par de hombres armados, quienes los amagaron con cuernos de chivo. “Uno me encañonó, recargándome en una pared, me puso el cañón en el cuello y, de pronto, cuando vi que al amigo se le dilató la pupila, para mí fue la señal de que le iba a jalar.
“Alcancé a empujar el cañón con la mano derecha (hacia la izquierda) y sólo escuché el trancazo, sentí el calor y me quedé sordo. Me dijo, ‘ya te cargó la chingada’, puso en cañón en la frente y volvió a disparar, pero se encasquilló el arma”, recordó David.
Mientras esto ocurría, el otro agresor tiro al piso al otro empleado de Diconsa; en un primer disparo sólo perforó el costado de una chamarra, y en un segundo tiro hizo blanco en el sombrero, pero la víctima sólo perdió el sentido.
“Se acercó una señora y me dijo ‘ya mataron a su compañero’, empezaron a rezar un Padre Nuestro, y cuando decían “el pan nuestro de cada día” mi compañero se levantó, y vimos que nos salvamos de milagro”, recordó David, de esos días violentos en la Sierra de Durango.
Ellas luchan contra usos y costumbres... y machismo
Los varones tepehuanos tienen un ritual de purificación consistente en aislarse de su familia y de su comunidad para pasar algunos días en la montaña haciendo rezos y alimentándose de tortillas secas y agua.
A esto le llaman “estar benditos”, y una vez que se reintegran a su comunidad no pueden ser tocados por nadie, ni por sus mujeres, hijos, familiares y amigos.
En otra costumbre, la mujer casada no puede sonreírle a otro hombre, pues corre el riesgo de ser golpeada por su esposo en reprimenda, y para ellos está mal visto que una mujer trabaje.
Contra todas estas ideas, Blanca Castañón Sánchez, encargada del área de Capacitación de Diconsa en la Unidad Operativa Durango, ha tenido que luchar para hacer su trabajo en la región tepehuana de la entidad.
“En el área donde estoy es muy complicado, porque tienes que lidiar con todos los compañeros; en Durango hay mucho machismo, es una situación que es un reto, el saber llegarle a la gente, saber cuáles son sus necesidades, sus prioridades.
“Llegar a una comunidad y ver el hambre a mí me fortalece para buscar las estrategias para poder llegar, sensibilizar, concientizar, apoyar en cosas que, en muchos casos, no son internas de Diconsa”, comentó la trabajadora de la paraestatal.
Casada y madre de una niña, Blanca es profesionista con una carrera en Trabajo Social con maestría en Orientación Educativa, y entre otros empleos, en su natal Durango, ha sido incluso voluntaria en la Cruz Roja y bombero, en donde alcanzó el grado de comandante.
Para Blanca, uno de sus mayores retos en su actual empleo ha sido vencer poco a poco esa situación cultural de la comunidad tepehuana, en donde ahora es plenamente aceptada como la capacitadora de sus compañeros en almacenes y tiendas.
“La parte indígena es la que es el mayor reto, porque tiene tradiciones, para poder llegar a ellos y darles una plática tengo que saber si están en temporada de bendito o no bendito. “Esa parte la debo de saber para ver si puedo dar un curso o incluso ni siquiera voltear a verlos”, comentó.





