Exreclusa hace teatro en penales
Rosa Julia dirige un proyecto cuyo fin es evitar que los presos que salen vuelvan a entrar a la cárcel por no saber rehacer su vida
CIUDAD DE MÉXICO, 5 de octubre.- Rosa Julia Leyva pasó 12 años tres meses en la cárcel por tráfico de drogas. Hoy, ya libre, regresa cada día a los penales del país, pero como servidora pública impartiendo talleres de teatro a los reclusos.
La historia de esta mexicana, que pasó de convicta a servidora pública, comenzó en 1993, cuando fue detenida en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en posesión de heroína, bajo los engaños, según cuenta, de unos compadres que le pidieron que les ayudara a pasar un poco de dinero.
“Yo sentía que era una pesadilla: cómo me iba a imaginar que iba a estar presa por narcotráfico tantos años, pero me engañaron y yo traía la droga”, relata.
Tras la detención le dictaron una condena de 25 años en prisión, hasta que un joven abogado logró regresar su proceso y en una nueva sentencia le dieron una pena de 13 años. Ella sólo tenía 29 y entonces no sabía leer ni escribir.
Salió en 2005, a los 41, llevando a cuestas los antecedentes penales que no le permitieron encontrar un trabajo por años. Ya desesperada por la sombra que persigue a una expresidiaria, decidió que lo que tenía que hacer era contar su historia para que nadie más tuviera que pasar por lo que ella pasó.
“Pensé que si esta sociedad tan descompuesta quería hacer algo por la gente que entra y sale de la cárcel, se tiene que trabajar con los chavos: ahí es donde el tejido social requiere remiendos”, dice.
Y justo con la idea en mente de remendar el tejido social recorrió primarias, secundarias y cárceles por todo el país durante seis años, hasta que en 2011 un encuentro le dio un vuelco a su vida.
Se encontró con el entonces comisionado del Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social, Enrique Gómez, que tras escuchar su historia en el Senado de la República le dijo que como parte de un nuevo modelo de reinserción ella tendría un trabajo.
“Después de todo lo que había vivido yo no podía creer que alguien me regresaba a ver con otros ojos, tenía los antecedentes penales de una delincuente que estaba libre, pero era cierto, me dieron un trabajo”, narra aún con tono incrédulo.
Tres meses más tarde, Rosa Julia entró a trabajar en la Dirección General de Política y Desarrollo Penitenciario, de la Comisión Nacional de Seguridad, como secretaria de Prevención y Readaptación Social.
Hoy imparte talleres de teatro en los penales. Ella misma creó un proyecto que nombró Hilvanando mis sentires, con el que hace que los reos en las cárceles de máxima seguridad le relaten partes de su vida.
“El día que yo firmé un documento donde decía que era un servidor público jamás me imaginé que yo trabajaría dando talleres de teatro, ahí en donde pasé tantos años de mi vida. Mucha gente dice que estoy loca por regresar a la cárcel, pero creo que al hacerlo estoy previniendo el delito, porque si quiero un México mejor tengo que trabajar para ese México mejor, y creo que estoy luchando por cortar el efecto circular del delito con la prevención, porque muchos de los reos al salir buscan a su banda, y yo pretendo que corten con todo eso cuando platico con ellos”, argumenta.
A sus 50 años, robusta, morena, portando siempre vestidos de manta, Rosa Julia, que aprendió a leer y escribir en la cárcel y que terminó la preparatoria, está consciente de que corrió con suerte, pues la sombra de los antecedentes penales persiguen casi siempre a exconvictos, culpables o inocentes.
Ella misma se ha tenido que enfrentar a jefas que cuestionan haber estudiado tantos años para terminar conviviendo con una expresidiaria, pero nadie mejor que esta mujer conoce las vivencias de las personas que están en prisión, lo que le da la maestría y hasta el doctorado para el puesto.
“En mi caso no ha sido fácil, porque todo mundo tiene la idea preconcebida y nos encasillan a todos los que estuvimos en la cárcel como delincuentes. Me he encontrado con superiores que me malmiran cuando saben que estuve presa”, confiesa.
Ahora mismo Rosa Julia está en vías de convertirse en socióloga, porque sueña con que la llamen licenciada.
“Aprendo a leer y a escribir cuando me hago ese cuestionamiento de qué me llevó a la cárcel, y lo que me llevó a la cárcel fue el no saber leer y escribir, el aislamiento sociocultural, la ignorancia, y que me ocupo, me meto a una campaña del INEA, y en menos de seis meses aprendí a leer y a escribir”, explica.
Desde entonces ha participado en tres seminarios internacionales sobre la política de drogas en América Latina, uno en México, uno en Washington y el último en Costa Rica.
Tiene contacto con la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) y la Organización de los Estados Americanos, que de vez en vez la invitan a contar su caso.
“Si me hubieran dicho que alguna vez iba a viajar en avión y quedarme en un hotel en vez de una celda hace unos años no me lo hubiera creído, y ahora les digo a esos hombres que están en la cárcel que sí se puede, que si al centro de la tierra vas, del centro de la tierra vas y regresas”, presume.
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