Se quedan en México para vivir mejor... o sobrevivir

Migrantes optan por establecerse y, en ocasiones, formar una familia, al ver truncado su viaje a EU; “somos más mexicanos que extranjeros”, dicen

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CIUDAD VICTORIA, Tamps. 27 de julio.— Ante lo complicado que resulta cruzar el territorio nacional para llegar a Estados Unidos, migrantes centroamericanos optan por quedarse en México, algunos de ellos gracias a que encontraron una mejor forma de vida, y otros porque la adversidad los abandonó.

Los migrantes centroamericanos que no alcanzan el sueño americano o son deportados de Estados Unidos por Tamaulipas, buscan vínculos con mexicanos para no ser repatriados a sus lugares de origen, reconoció el Instituto Tamaulipeco para los Migrantes (ITM).

El fenómeno migratorio que enfrenta esta entidad se refleja en municipios como Reynosa, Tampico, Matamoros y Nuevo Laredo, donde los extranjeros optan por quedarse a vivir, ya sea de forma definitiva o sin perder la esperanza de cruzar hacia la Unión Americana.

Juan José Rodríguez Alvarado, director general del ITM, señaló que no se tienen asentamientos completos reconocidos, colonias, fraccionamientos o zonas habitadas por migrantes, aunque sí se localiza la mayoría en los municipios antes mencionados.

Rechazó que ante el fenómeno de migración que enfrenta esta entidad se incrementan sitios que albergan a hondureños, salvadoreños o guatemaltecos, los más detectados tanto por la autoridad estatal como por el Instituto Nacional de Migración (INM).

No obstante, existen aquéllos que para regularizar su estancia legal en México buscan formar familia con mexicanos, o incluso tener hijos para no ser repatriados a sus lugares de origen.

“Son muy pocos, comparados con el flujo que hay de centroamericanos; un lugar específico donde se estén ellos asentando no tenemos, son muy aislados”, refirió.

Existe un programa aplicado por las autoridades federales y estatales, de migración, mediante el cual todo aquel originario de Centroamérica puede regularizar su estancia, siempre y cuando tenga más de dos años comprobables viviendo en el país, y en este caso en la entidad, pero además haya formado vínculo con mexicanos o tengan hijos.

El ITM cuenta con 68 expedientes de esta naturaleza, los cuales son susceptibles de regularizar su estancia.

“Estamos interviniendo como instituto para apoyarlos en la regularización de su estancia en México, porque tienen las condiciones para beneficiarse de este programa  y tienen vínculos con mexicanos”, dijo.

Durante 2013, el INM aseguró en Tamaulipas a tres mil 409 centroamericanos; de enero a mayo del presente año, ya suman dos mil 533, eso habla de que son menores los susceptibles a regularizarse.

“Entonces, quienes pueden buscar su regularización son aquellos migrantes con más de dos años comprobables, que tienen vínculo familiar de matrimonio o pareja con hijos”, detalló.

“Siempre recé para dejar los prostíbulos”

A los 20 años, Martha “N”, como se hace llamar, decidió abandonar su natal San Pedro Sula. Dejó Honduras, para aventurarse al sueño americano; sin embargo, al llegar a México fue enganchada y obligada a prostituirse.

A pesar de que se acostumbró a trabajar en la prostitución, sacó adelante a sus tres hijos. Uno de ellos, el mediano, va a ser sacerdote, “está estudiando en Puebla; espero que se ordene dentro de año y medio”.

Recuerda que viajó con sus hijos; hoy tiene 45 años y, a pesar de lo que vivió, decidió quedarse en Huixtla. “Tuve que acostumbrarme a trabajar en el prostíbulo.

“Pero la vida me cambió cuando conocí a mi esposo, quien trabaja en una tienda de materiales, en la cabecera municipal.”

Asegura que fue engañada, porque, al ser enganchada en la frontera de México con Guatemala, le dijeron que trabajaría en una casa y que la familia adoptaría a sus hijos, con el fin de sacarlos adelante.

“Todo fue una mentira, me quitaron a mis hijos. Con el paso del tiempo me acostumbré a trabajar en ‘la zona’”, como se conoce al centro de tolerancia de Huixtla, también identificado como Los Pinos. Hoy la zona está desaparecida, pues en 2005 fue devastada por el huracán Stan.

Explicó que después de 10 años de vivir bajo el yugo de tratantes de blancas, decidieron liberarla, y al no saber en qué trabajar se dedicó a ser mesera, ahí conoció su esposo, a quien, dice, “le agradezco, porque se preocupó por mí y por mis hijos y me ayudó a sacarlos adelante.

“Siempre recé a Dios para que me liberará de los prostíbulos, porque mi vida no era dedicarme a eso, sino ir en busca del padre de mis tres hijos, de quien ya nunca supimos nada. Hoy mis hijos ya no lo extrañan, pero tampoco hemos regresado a Honduras, somos más mexicanos que extranjeros.”

Indicó que al poco tiempo de vivir subyugada, “pude inscribir a mis hijos a la escuela. Por fortuna no me negaron ese derecho en México, pues por algunas señoras que daban de comer a mí y a mis hijos me apoyaron para hablar con los profesores y fue como ingresaron a una escuela llamada Primaria de Huixtla.

Su esposo y ella acordaron ayudar al sacerdote de la parroquia San Francisco de Asís, “con lo que podamos, porque vemos cómo son tratados los migrantes en Huixtla”.

Con los ojos llorosos, Martha dice que está dispuesta a apoyar a sus connacionales para que continúen su camino y alcancen el sueño americano.

“Ahora hasta menores de edad viajan, hemos visto que van solos o los acompaña un familiar, o eso dicen, pero muchos de esos menores son como carne fresca para los traficantes de indocumentados.”

Extorsiones los acechan en el norte

Llegan a la frontera en busca del sueño americano, pero muchas ocasiones se quedan en el intento ante la falta de dinero y oportunidades para cruzar a Estados Unidos.

Sufren humillaciones, maltratos, amenazas de bandas organizadas, que les exigen el pago de 100 dólares para no arrojarlos del tren conocido como La Bestia o, en el peor de los casos, secuestrarlos para pedir rescate a sus familiares.

Zenón Alberto Rivera, nacido en Honduras, llegó a Nuevo Laredo acompañado de su esposa embarazada para intentar cruzar al otro lado de la frontera. “Dejé todo en Honduras, intentamos cruzar, pero es imposible, nos piden mucho dinero en dólares, hemos sufrido racismo, ya no sé qué hacer; en Honduras ganaba 800 lempiras por semana y no me alcanzaba para vivir, está muy devaluada nuestra moneda, más de 20 lempiras por dólar.”

Narró que a su llegada a esta frontera, un grupo de personas intentó secuestrarlo, pero al gritar su esposa desistió.“No traemos dinero para comer, menos para dar”, reflexionó Zenón.

Otro migrante de los más de mil que llegan diario a esta ciudad con la idea de cruzar a Estados Unidos dijo que es muy difícil arribar a la frontera: “Te golpean, te amenazan si no traes dinero para pagarle a los grupos criminales; ellos creen que cargamos mucho dinero, yo me vine de El Salvador con 400 dólares que me envió mi hermano de Houston, con eso llegué sin antes dar la mitad, porque me querían quitar todo”, dijo con voz triste, porque en el camino  perdió a un primo.

Nuevo Laredo es la frontera que recibe más deportados que llegan del norte y representa para autoridades municipales una erogación de 100 mil pesos mensuales. La cantidad no es tan importante si se toma en cuenta que lo que verdaderamente falta es coordinación entre los tres niveles de gobierno con autoridades de inmigración americana, quienes envían por esta frontera a más de mil personas que no cuentan con documentos para trabajar en aquel país.

—Juan Manuel Reyes

“Aquí no te mueres de hambre”

LEÓN, Gto.— Mike y Pepe se conocieron en territorio mexicano hace cuatro meses. Mike y Lobo se conocieron en Honduras hace medio año. Los tres llevan cinco meses en territorio mexicano, padeciendo el maltrato de las autoridades, el peligro que representan las maras y el crimen organizado, el desprecio de muchos habitantes, las malas condiciones mecánicas de La Bestia, y hasta las inclemencias del clima.

Mike vivió más de un año en Salamanca, Guanajuato. Conoció a una mexicana con la que vivió, pero tuvo que huir de esta ciudad guanajuatense, porque una pandilla de centroamericanos, relacionada con los maras, pretendía esclavizarlo, so pena de muerte. Por ello abandonó todo y tuvo que regresarse a El Salvador, su patria.

“Yo ya no me paro más ahí (en Salamanca), porque aunque no sé si esos maras (sic) sigan ahí, tampoco quiero poner en peligro a la gente que quise. Ahora que estoy de regreso en México, las cosas no han ido bien, pero ahora tengo claro que tengo que llegar a Chihuahua. Por Mazatlán están matando mucho.”

Hace apenas dos años que Mike literalmente huyó de México. Pero la situación económica lo ha devuelto.

“Lo más carajo del asunto es que ni a la frontera gringa he podido llegar”, dijo riendo con resignación.

“Pero no todos son malos en México”, atajó Pepe.

“En México no te mueres de hambre. Hasta el más pobre te ofrece algo de comer, un taco, algo. Es un país de gente buena, lo que pasa es que nos ha tocado mala suerte”, agregó Pepe, también salvadoreño.

Entrevistados a un lado de la vía del tren que lleva hasta Ciudad Juárez, desde la capital zapatera, los aventureros se han tomado un descanso, pues, aunque libres, se sienten perseguidos.

Pepe denunció que la Policía de León los maltrata por pedir limosna en vía pública, cuando lo único que claman es ayuda humanitaria, para comer, ya ni siquiera para tener un techo dónde dormir.

“Nos empujan. Nos insultan. No es justo. Y si no son ellos aquí, son otros en otras ciudades. El otro día limpiamos un corral en una finca, y al terminar el patrón nos corrió y nos amenazó con meternos a la cárcel por ser indocumentados. Habíamos trabajado todo el día bajo el sol”, recordó Pepe con tristeza.

Lobo, el perro migrante

Junto con Mike viaja su fiel amigo: Lobo, un perrito joven, cuyo color amarillo contrasta con el pañuelo rojo que Mike le ató al cuello.

Cuando Excélsior se acercó a los migrantes, quienes descansaban bajo la sombra de un árbol y al lado de la vía del tren; Lobo saltó para interceptar a la posible amenaza, y ladró hasta el cansancio, pero al ver que no había peligro, se echó al lado de su amigo, de Mike.

“Nos encontramos en Honduras. Él no es mi perro, es mi amigo y nos cuidamos mutuamente. Yo lo cuido a él y él me cuida a mí. Es lo más bonito que me ha pasado”, destacó el salvadoreño respecto al perro hondureño.

 Lobo, de unos cuatro años de edad, es alimentado con croquetas y agua. Según los migrantes, él come mejor que ellos, porque lo quieren mucho.

Sin embargo, andar con Lobo no ha sido fácil, sobre todo cuando hay que subir al tren, porque tienen que correr cargando al can para poder abordar. Y cuando los trayectos son largos, Lobo sufre el viaje.

“Lobo es un perro ejemplar. Se va tranquilito, sólo me da miedo que le vayan a hacer algo, hay gente muy mala, pero a Dios nos encomendamos”, rezó Mike.

El peligro lo motivó a establecerse

Jorge, como miles de migrantes centroamericanos, salió de su país —El Salvador— para tratar de llegar a Estados Unidos y vivir mejor, él también buscó salvar su vida, pero irónicamente en su camino vio morir y desaparecer amigos y decidió quedarse en México.

Aún recuerda que hace 10 años trabajaba como policía en el servicio de Protección a Personas Importantes (PPI), en su país, pero por proteger a una persona a su cargo, un grupo criminal lo amenazó de muerte

“Llevamos en custodia a una diputada, la quisieron asaltar y secuestrar, evitamos todo, pero sufrimos contraataques, entonces nos querían matar, nos andaban buscando para matarnos y así fue como decidí salirme del país.”

Recuerda que aunque le dolía dejar a sus hijos y esposa, tuvo que irse, pues tenía que esconderse y no podía trabajar.

Así, decidió emprender el camino, con sólo 70 dólares en la bolsa, los cuales se acabó el primer día en México, entre abusos de choferes de transporte público y policías.

“Los microbuseros se aprovechan de la situación del migrante, y otro tanto la Policía la Federal y municipal, lo paran a uno y le dicen ‘móchate con tanto dinero y te vas, si no ahorita vamos a llamar a migración’”, apuntó.

Recuerda que en Arriaga, aunque el tren era largo, no cabían las cerca de 800 personas que trataban de subirse a La Bestia. “Tardé como 14 días”.

Vio morir a migrantes y desaparecer a sus amigos, “cuando venía tiraron en medio de los vagones a unas mujeres, las violaron; en otro, aventaron a un niño, y una señora, al quererlo agarrar, se fue también”.

Recuerda que son víctimas de delincuentes en Coatzacoalcos, Orizaba y Tierra Blanca, donde se paga renta, los roban y matan, y cuando creen que ya pasaron lo peor, llegando a la frontera con Estados Unidos la situación se agudiza

Su travesía en La Bestia, hasta el Estado de México, lo hizo desistir de llegar a Estados Unidos. Decidió ya no seguir, pero tampoco retornar a su país.

Jorge decidió permanecer en las inmediaciones de la casa del Migrante, auspiciada por la diócesis de Cuautitlán Izcalli, inicialmente en Tultitlán y ahora en Huehuetoca.

Ha trabajado lavando carros y cortando el pasto, para ganar dinero y enviarlo a su familia en El Salvador, aunque sólo puede hablar por teléfono con su esposa y cuatro hijos.

Ahora alerta a todo aquél que quiera salir de su país en busca del sueño americano, “que lo piense antes de agarrar el vuelo para acá, porque es bien difícil, se sufre mucho, matan mucho a la gente”.

Tijuana, la opción ante el miedo

Tijuana se ha convertido en un punto de cruce y estancia para migrantes centroamericanos, ya que ciudades que eran su ruta hacia Estados Unidos, como Matamoros y Laredo, son consideradas peligrosas por estos hombres y mujeres que buscan cumplir el sueño americano.

Desde que en 2010 se descubrieron más de 70 cadáveres de extranjeros en un rancho de Tamaulipas, los centroamericanos comenzaron a evitar ciudades del este de la República y hoy no sólo cruzan por Tijuana, en algunos casos se quedan.

Los hay desde quienes abren un pequeño comercio —vendiendo comida de su país— hasta los maras, cuya fama ha trascendido las fronteras de El Salvador.

Siempre huyendo de policías, que los extorsionan y maltratan, los centroamericanos concurren en albergues y comedores, donde reciben alimentos mientras esperan poder cruzar a Estados Unidos, aunque algunos poco a poco se van asentando en esta ciudad.

Uno de estos puntos de referencia es el desayunador del Padre Chava, donde el administrador, Ernesto Hernández, estima que de cada 10 asistentes dos son centroamericanos, una proporción que anteriormente no se veía.

“En los últimos 14 meses han llegado entre 60% y 70% más de centroamericanos. Es muy notable el aumento, y la mayoría es de Honduras”, precisó.

“Sabemos que vienen personas de otros países que intentan cruzar a Estados Unidos desde Tijuana, porque tienen miedo de cruzar por otros estados, que se volvieron peligrosos para ellos”, afirma el sacerdote.

Uno de ellos es Daniel de Jesús Pinto, dice que entre sus paisanos se dice que está “difícil la situación, que nos regresáramos; algunos se regresaron desde la terminal de Lechería, en el Estado de México.

“Yo pasé por Honduras, El Salvador, Guatemala y México, son cuatro fronteras, cinco fronteras con ésta que me voy a aventurar, pues lo voy a intentar a ver qué dice Dios, porque si él quiere que esté allá, voy a estar allá”, asevera.

 Algunos extranjeros que no pudieron llegar a Estados Unidos decidieron probar suerte en esta frontera y trabajar pese a las dificultades por no contar con documentos.

Suly Menjivar optó por gestionar el permiso para la venta de comida típica de El Salvador: pupusas y shuco, pero ante los obstáculos que el gobierno municipal le puso “le pedí a mi esposo, que es mexicano, que tramitara los permisos a su nombre y pusimos un carrito con mercancía, porque la verdad no me puedo dedicar a otra cosa, no me dan trabajo en ninguna parte, al contrario, hasta me acusan de que me van a echar a Población (nombre con que se conocía al Instituto Nacional de Migración) para que me deporten”, dice.

Otros prefieren pasar desapercibidos, con el fin de evitar la extorsión policiaca y el peligro de la deportación, y poco a poco van formando colonias de hondureños y salvadoreños, principalmente al este de la ciudad.

No pierde la fe en cruzar la frontera

Si de algo tendría que presumir Félix E., es de ser tenaz: en cuatro ocasiones ha intentado cruzar la frontera de Estados Unidos, y aunque no lo ha logrado no se da por vencido.

El joven, de origen hondureño, es uno de los muchos centroamericanos que deambulan por las calles de Monterrey, tras haber sido deportado en su búsqueda del sueño americano.

“Salí de Honduras hace dos años y aquí sigo, haciéndole la lucha para brincar el charco”, dijo Félix.

Mencionó que en su país la vida es demasiado dura, porque no alcanza para comer y como ya tiene un hermano que vive en Albuquerque, Nuevo México, entonces pensó que no era mala idea otro “mojado” en la familia.

Vestido con pantalón de mezclilla, playera blanca sobre una negra de mangas largas, gorra azul y zapatos rojos Félix acusó al gobierno de su país de las malas condiciones en que se encuentran y estableció que por eso tienen que salir de su terruño.

“La vida es complicada en Honduras, allá no hay futuro, entonces uno piensa en que puede hacerla en Estados Unidos, allá aunque trabajes de cocinero, vives bien, o mejor”, aseguró.

Parado a un costado de las vías del tren, el hondureño reconoció que la vida de los indocumentados en Monterrey no es fácil y básicamente viven de la mendicidad.

“Estamos aquí de camino hacia Estados Unidos, porque no hemos logrado cruzar y tenemos que lavar carros, dormir en la calle, nos juntamos entre nosotros y no falta quién nos dé una moneda”, compartió.

Sin embargo, confesó, no obtienen un trabajo, porque no tienen papeles y porque muchos desconfian de ellos.

“Piensan que les vamos a robar, tenemos mala fama”, expuso.

No hay quinto malo

Félix dijo que en su casa dejó a su mamá y a dos hermanos menores. Su progenitora está enferma, viven en un poblado de nombre San Pedro.

Cuando un migrante sale de su casa, lo primero que tiene que alcanzar es México, destacó, y luego ya parece más fácil estar en suelo “gringo”.

“Uno se viene como puede, incluso pidiendo jalón (aventón)”, explicó.

Añadió que salió de su país con otros amigos, sin embargo uno sí logró cruzar y otro murió cuando cayó del tren en que viajaban.

“Yo me escapé, me caí, no supe ni cómo fue que la libré”, aseguró.

A pesar de lo que ha tenido que afrontar en el camino hacia “la tierra prometida”; de los amigos que ha perdido, de la familia que dejó en su casa y de los momentos amargos que ha  pasado, ya se prepara para intentar por quinta vez internarse en suelo americano.

“Esos gringos no me van a vencer, otra vez voy a cruzar la frontera”, sostuvo.

En las ocasiones en que ha ido se ha quedado en la línea, según relató, y junto con otros hombres, mujeres y niños lo han regresado.

“Hace mucho que no tengo comunicación con mi familia, espero que estén bien. No tengo esposa, ni hijos, puedo intentarlo otra vez”, puntualizó convencido.

—Aracely Garza

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