Personifica Juárez de carne y hueso

José Carlos Ruiz afirma que el prócer de la República le dio momentos de gloria

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José Carlos Ruiz, actor. Foto: Quetzalli González
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CIUDAD DE MÉXICO, 26 de mayo.- Benito Juárez (1806-1872) le cambió la vida al actor José Carlos Ruiz. Interpretar al indio zapoteco que llegó a ser presidente de México, protagonista de la famosa teleserie histórica El carruaje, impulsó su carrera, le dio fama, pero también “lo encasilló, lo limitó, lo hundió”, confiesa.

El zacatecano nacido en 1936 acercó al Benemérito de las Américas a los mexicanos, durante los 44 capítulos de una hora de la historia transmitida por Televisa en 1972, lo “bajó del pedestal” y lo transformó en un hombre común.

“La dificultad de hacer a don Benito es que se tenía la impresión de que era una mole de piedra, una esfinge de cemento, de bronce, inmóvil, sin sentimientos, como nos enseñaron en la primaria y la secundaria.

“Había que bajarlo de la piedra, de la estatua, y hacerlo de carne y hueso; un personaje creíble, que podía llorar, dudar, amar. El reto fue hacer de él un ser humano común y corriente, como todos”, comenta en entrevista.

Y lo logró de tal modo que, gracias a esta caracterización, que aún es recordada más de  40 años después, conoció al poeta cubano Nicolás Guillén, y a los ex presidentes mexicanos Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría; encabezó, como Juárez, un Desfile del 16 de Septiembre; escribió una obra de teatro, posó para un escultor, le negaron la entrada a una iglesia de San Ángel y recibió cartas de gente que le pedía ayuda.

“Llegó un momento en que no quería saber nada más de Juárez, porque siendo un personaje emblemático para mí, que me dio todo, me dispuso a hacer cosas relevantes, también me limitó y me hundió un rato”, agrega.

Por eso, el actor de teatro, cine y televisión con 50 años de trayectoria aceptó un poco reticente evocar el trabajo que hubo detrás del “mejor Juárez que he visto en mi vida”, según le dijo el cineasta Fernando Soler, “un halago que también le debo a don Benito”, añade.

Pero, poco a poco, a medida que avanzaba la entrevista, quien ha participado en 75 películas filmadas, 60 obras de teatro y “80 mil horas de televisión” encontró el gusto por recordar a su Juárez, en el marco de la conmemoración, el próximo 31 de mayo, de los 150 años de la llamada República Itinerante, cuando el prócer liberal abandonó la Ciudad de México y emprendió un viaje por el país para salvaguardar los símbolos de la República de la invasión francesa.

“La preocupación de los productores era hacer de Juárez un personaje popular, querido, que la gente lo reconociera como a un igual”, explica sobre la teleserie que muestra a un político que le escribe y le declama un poema a su esposa, Margarita Maza, interpretada por María Elena Marqués, que disfruta de un jarro de café o que enseña a unos soldados cómo va la letra de la canción La copa de oro.

“Nadie se imagina que un presidente de esa talla, con el antecedente de que era un indio terco, empecinado, sordo y mudo, cuyo único interés era la República, fuera capaz de escribir un verso”, detalla.

Quien estudió actuación en el INBA narra que el entonces presidente Díaz Ordaz pidió conocerlo un día que filmaban en el Palacio Nacional y le dijo: “Tengo que reclamarle algo. Estoy muy enojado con usted, porque todos los días me hace perder una hora para verlo en la televisión”. Y que, en una segunda ocasión, le pidió su opinión sobre unas estatuas que le esculpirían a Juárez.

“Pero si yo no soy Juárez”, le insistió al secretario de la Defensa que le exigió que encabezara el Desfile del 16 de Septiembre. “Usted es, y a las cinco de la mañana lo recogerán”, le respondió. “Y así fue. Caracterizado de Juárez me trepé al carruaje desde el Palacio Nacional a Paseo de la Reforma y Mariano Escobedo. Fue un éxito grandioso. La gente se echaba encima del carruaje, me aplaudían”, cuenta.

El divorcio

Pero cuando José Carlos Ruiz vio que la gente le escribía cartas creyendo que en realidad podía ayudarlos decidió “divorciarse” para siempre del personaje; y, en una invitación que aceptó para apadrinar a una generación en el Paraninfo de Coahuila, hizo el anuncio y les donó la levita, la chistera o sombrero de copa alta, el bastón y los zapatos que lo habían trasformado por años.

El actor de películas como El apando, Los albañiles, Cananea, Los hijos de Sánchez y Goitia admite que, desde entonces, ha tenido que hacer una carrera de saltimbanqui. “Yendo de una cosa a otra, huyendo siempre del recuerdo de Juárez. Un personaje muy contradictorio en mi vida, porque me dio y me quitó mucho. Pero no me arrepiento. Fue un momento glorioso”.

Entre sus recuerdos más amados, motivados por el personaje de Juárez, está haber conocido al poeta Nicolás Guillén en Cuba, a donde viajó para entregar al gobierno de la isla la serie completa de El carruaje, y oírlo declamar un poema.

Pero José Carlos desea aclarar que no nació con Juárez. “Tengo una larga trayectoria que comenzó con Viento negro en 1963. En este momento, tengo tres películas sin estrenar: El lado oscuro de la luz, En el último trago y Los árboles mueren de pie”.

Y dice que seguirá entregándose, como actor, a sus tres pasiones, el teatro, la televisión y el cine. “El teatro implica un enorme rigor, un enfrentamiento diario con el público, una gran disciplina. La televisión es mucho de oficio, de maña; pero es muy importante, porque el capítulo de hoy lo ven 20 millones de personas y eso no es broma, es todo un fenómeno.

“Pero, ya que me pregunta, para mi, el cine es mi mamá, mi papá, mi amante, mi esposa, mi hija, mi todo. Yo no fui a la escuela, fui al cine. Me implica un enorme compromiso, una gran alegría y una gran responsabilidad, porque queda para siempre”, concluye.

‘El Carruaje’

“Soy un gran juarista. Creo en Juárez y su doctrina”, dice convencido el director de escena y dramaturgo mexicano Miguel Sabido (1937).

Quien hace más de 40 años diseñó la teleserie El carruaje, trasmitida por Televisa en 1972, la primera en “humanizar” a este prócer liberal, en bajarlo de su pedestal de bronce, considera que, “desafortunadamente”, mucha de la herencia de Juárez se ha perdido.

“Era muy importante que fuéramos un Estado laico, que estuvieran separados la Iglesia del Estado. Pero parecemos cangrejos, vamos para atrás. Ahora ya los presidentes son los cuates del Papa. Juárez era católico, pero creía que la Iglesia no debía intervenir en los asuntos del Estado”, comenta en entrevista.

En el marco de la conmemoración de los 150 años de que Benito Juárez (1806-1872), presidente de México en varias ocasiones entre 1857 y el año de su muerte, dejara la Ciudad de México (el 31 de mayo de 1863) para “salvar” a la República de la invasión francesa, llevándola simbólicamente a itinerar por el país, Sabido recuerda la gestación del proyecto televisivo que contó esta historia a los mexicanos.

“En cada uno de los capítulos veíamos el lado humano de Juárez: cómo sufría por la ausencia de su mujer y por la muerte de su hijo, que le perdonaba la vida a sus enemigos y que era amigo de los pobres; y al público le fascinó. Era una forma poco conocida de tratar la figura de un Presidente”, señala.

El egresado de Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM cuenta que el proyecto de las telenovelas históricas comenzó en 1964, cuando Ernesto Alonso, quien debía producir 12 telenovelas de 40 capítulos al año, visitó el Centro Mexicano de Escritores, donde estaban becados Vicente Leñero, Inés Arredondo, Jaime Shelley, Guadalupe Dueñas y él. Los invitó a escribir telenovelas.

Narra que todos aceptaron, excepto Shelley; que hicieron algunas historias y que a Alonso le gustaron los personajes históricos. Luego, Dueñas escribió una telenovela sobre Maximiliano y Carlota, en la que Juárez resultó ser el villano.

“Entonces, la Secretaría de Gobernación hizo una extrañamiento y Miguel Alemán Velasco sugirió que se escribiera La tormenta. La historia era la vida de Juárez desde el punto de vista de un humilde soldado juarista, que era Ignacio López Tarso. Como tuvo mucho éxito, nos pidieron más.

Logramos un tono épico, nacionalista, patriótico”, agrega.

Ante este panorama, prosigue quien ha trabajado con directores y escritores de la talla de Salvador Novo y Héctor Azar, a Alemán Velasco se le ocurrió hacer una teleserie de una hora, ya no telenovela, con una anécdota que se abre y se cierra en el mismo capítulo: El carruaje.

“Yo estaba por irme a estudiar cine a Italia y Ernesto Alonso me pidió que diseñara la telenovela. Hice mi marco teórico partiendo de una metodología que echaba luz a cómo le afectaba la historia a la gente. Partí de un diseño geográfico. El primer capítulo era cuando salía Juárez de la Ciudad de México y se iba deteniendo en cada una de las poblaciones, hasta llegar al Paso, Texas.

“En cada población, le iba pasando algo específico acerca de ese enfrentamiento con Maximiliano. Lo que ligaba todo era el carruaje donde viajaba Juárez. Y un testigo casi mudo, interpretado por el entonces joven Andrés García, que iba en el pescante del carruaje y observaba todo lo que pasaba en ese momento, y cómo Juárez resolvía los problemas”, explica.

Sabido fue el “autor primigenio” de esta historia protagonizada por José Carlos Ruiz (Benito Juárez) y María Elena Marqués (Margarita Maza de Juárez), con un elenco de más de 40, actores, en la que también redactaron capítulos Carlos Enrique Taboada y Antonio Monsell. El director fue Raúl Araiza.

El marco teórico que utilizó en El carruaje le hizo concebir el “uso social de la telenovela”, que aplicó después a temas como la educación para adultos, la planificación familiar y, recientemente, la reforma educativa.

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