Los Hikikomori, del aislamiento social al crimen

En Japón hay más de un millón de personas que se aíslan en su casa y que se sienten discriminados por el gobierno y la misma sociedad; cuando tratan de integrarlos a la comunidad, muchos responden agresivamente

Por: DPA

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Ilustración: Abraham Cruz

CIUDAD DE MÉXICO.

Los mataré”, gritó el hombre. Armado con dos cuchillos, atacó en una estación de autobuses a alumnos de una escuela y a adultos indefensos. Un hijo y un padre murieron. Luego el agresor, de 51 años, se suicidó. En los medios japoneses se reveló que era un Hikikomori.

Uno de los cientos de miles de personas que se aíslan de la sociedad japonesa.

Pocos días después, un exempleado estatal mató a puñaladas a su hijo de 44 años. Tenía miedo de que él, también descrito como Hikikomori, pudiera agredir a otras personas, declaró.

Ambos casos consternaron este año a Japón, una sociedad orgullosa de su seguridad, su confortabilidad y su sentido cívico. Al mismo tiempo, el tema de los Hikikomori volvió al centro de debate en instituciones que buscan medidas para prevenir el fenómeno, conocido desde hace décadas y también extendido en Europa occidental.

En Japón se le suma ahora el problema “8050”, llamado así porque muchos padres de Hikikomori tienen alrededor de 80 años y muchos de los hijos que dependen de ellos tienen unos 50.

Según estimaciones del gobierno de la tercera economía más grande del mundo, en el estado insular, que suma 127 millones de habitantes, unas 613 mil personas de entre 40 y 64 años son consideradas Hikikomori.

En total, se estima que la cifra de personas que se aíslan supera el millón.

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Debido a la cobertura que dieron los medios japoneses a la reciente ola de asesinatos, los afectados incluso son considerados “potenciales criminales”.

La tasa de crímenes entre los Hikikomori es extremadamente baja”, subraya el profesor Tamaki Saito, de la Universidad de Tsukuba.

Él y otros expertos, así como organizaciones de ayuda, temen que aumente la asociación de delitos con estas personas.

Los informes en Japón sobre estos crímenes alientan los prejuicios y “arrinconan” a los afectados y a sus familias, advierte la organización KHJ, una asociación nacional de familias que tienen miembros que evitan el contacto con la sociedad.

Esta sociedad no ofrece posibilidades a personas que no se quieren adaptar a las formas de vida establecidas. No tienen otra opción que replegarse”, explica Hideo Tsujioka en Tokio. Él es el fundador y director de la organización no gubernamental NPO Yu-do Fu (“Tofu en agua caliente”), que se ocupa de los Hikikomori.

El modelo de sociedad surgido en los años del boom de la posguerra, según el cual los japoneses sacrifican su vida por su empresa, se impuso tanto “como si no hubiera otra forma de existencia”, lamenta Tsujioka.

De acuerdo con Tsujioka, en Japón rige una “cultura de la vergüenza”. Quien no está “en la senda correcta”, debe avergonzarse. Se alienta la conformidad y la adaptación y lo contrario se critica y se castiga.

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Muchos jóvenes adultos se sienten desbordados con las altas expectativas que la sociedad tiene respecto de ellos. Y muchos tienen miedo a fracasar.

Básicamente la gente cree que debe avergonzarse de pedir ayuda”, explica Tsujioka.

En la misma lengua japonesa se sustenta esta posición. En muchas lenguas se dice “buenos días”. En japonés, “Ohayo gozaimasu”: “Hoy se ha levantado usted otra vez temprano”.

Desde la mañana debemos mostrar respeto hacia a los demás”, señala el japonés: “No es reconocido vivir de otra manera”, afirma.

A ello se suman aspectos económicos. Si generaciones anteriores aun podían aspirar a tener un trabajo de por vida en una empresa, ese ideal comenzó a resquebrajarse en 1990. La creciente inseguridad, el recelo, la vergüenza y la menguante disposición a comunicarse lleva a muchos al aislamiento.

Y cuanto más tiempo dure este repliegue de la sociedad —según el profesor Saito, en promedio son 13 años—, más complicado es.

Se vuelve cada vez más difícil para las familias dar a conocer a los demás que su hijo es Hikikomori “porque la sociedad se vuelve más fría”, explica Teruo Miyanishi, siquiatra y profesor honorífico de la Universidad de Wakayama, a la agencia japonesa Kyodo. Él se ocupa de los Hikikomori desde la década de 1980.

Miyanishi y otros expertos reclaman que haya más servicios estatales de asesoramiento.

Pero también son necesarios espacios en los que no se trate en primera línea que los afectados encuentren trabajo, porque eso supondría exigirles que se adapten al sistema social, dice Tsujioka. Más bien necesitan un espacio “en el que puedan ser como son”. Pero para ello no hay ningún tipo de apoyo del Estado.

AMU

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