México en Baviera

'El orgullo nacional es mal visto en Alemania, algo lógico por el legado del nacionalsocialismo y una derrota traumática que marcó el fin de la segunda guerra mundial'

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Estoy en un autobús rumbo al sur de Alemania, voy a Munich a ver la inauguración del Oktoberfest, una de las fiestas regionales más grandes de todo el mundo. La celebración recibe cada año a más de 6 millones de visitantes y es el lugar por excelencia para los amantes de la cerveza, quienes pueden disfrutar de una variedad de la bebida que se prepara especialmente para esta temporada. Se trata de un festival único en el mundo en donde se mezcla la música bávara (base de la banda mexicana por cierto) se mezcla con el culto a la comida y la cebada.

No falta quien se rasgue las vestiduras –no sin cierta incredulidad– porque me voy a celebrar las fiestas patrias a un lugar que poco o nada tiene que ver con los símbolos patrios mexicanos. Lo admito, algo dentro de mí siente una ligera culpa que me reprocha el no estar portando el verde, blanco y rojo; tampoco creo tomar tequila, comerme unos tacos al pastor o cantar el himno nacional durante la noche; a reserva de que pase algo extraordinario y me encuentre con algún grupo de paisanos, uno nunca sabe. Todo indica aun así, que será una celebración muy diferente a la de otros años.

Mi estancia en Alemania no ha hecho que me sienta menos mexicano; tengo un gran amor por mi país y me enorgullece decir que soy Mexicano cuando alguien se interesa por mis orígenes. Éste sin embargo, es un país en donde las banderas ondean poco y el patriotismo es fuertemente cuestionado.

El orgullo nacional es mal visto en Alemania, algo lógico por el legado del nacionalsocialismo y una derrota traumática que marcó el fin de la segunda guerra mundial. Las escuelas se han encargado de mantener viva la historia del holocausto y recuerdan constantemente sobre los peligros de creer en la superioridad incuestionable de un pueblo. 

La sociedad germana hace que uno cuestione la forma en la que uno celebra su identidad nacional. A muchos les parecería extraño ver que los mexicanos salimos a las calles al grito de “¡Viva México!”. Aquí no es el caso. Hasta hace algunos años la gran mayoría de los asistentes al Oktoberfest evitaban usar los trajes típicos no ser tachados como nacionalistas.

Hoy esta tendencia se está revirtiendo conforme desaparece la connotación negativa que solían tener la vestimenta bávara. Muchos cuentan, inclusive, que nunca habían visto tantas veces los colores patrios hasta el día en que Alemania ganó la copa del mundo en el 2014. Hay otro motivo además para ser discretos, las elecciones federales tendrán lugar en 10 días, y ante la creciente popularidad de los partidos de ultra-derecha uno puede entender que el amor por la patria es algo que la gente guarda para ocasiones muy especiales.

La historia de México es otra. El patriotismo en nuestro país (no confundir con nacionalismo) se formó como un sentimiento que daría identidad, sentido y estabilidad a una sociedad novohispana que debía distanciarse de las potencias coloniales que amenazaban su existencia como nación independiente. En Europa, por el contrario, el nacionalismo sirvió como pretexto legítimo para la expansión territorial, la persecución de minorías étnicas. En pocas palabras, hablamos de dos procesos sociales totalmente diferentes. 

El amor por la patria es peligroso cuando implica la minimization del otro y la discriminación de todo aquél que no es como uno. Los americanos somos parte de un continente plural y complejo que se fue formando tras décadas de migración y mezclas étnico-culturales, razón por la que hay que darle la espalda a los discursos que promuevan el odio y la segregación entre pueblos.

Creo que los mexicanos tenemos derecho a celebrar nuestras fiestas patrias de una forma responsable y concienzuda. El sistema educativo por su parte, tiene la obligación de enseñar la historia de una forma objetiva e incluyente, mientras que nosotros tenemos la obligación de cuestionarla y forjar un destino más incluyente para las siguientes generaciones.

Así pues, este año estaré brindando a medianoche y diré a mis adentros “¡Viva México!”.

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El primer Oktoberfest (un tipo de Volksfest, que quiere decir “fiesta del pueblo” en español) tuvo lugar en 1810 para celebrar la boda del rey Luis I de Baviera y su esposa, Teresa de SajoniaHildburghausen.

El festival coincide con el inicio de la guerra de independencia de México, también comienza oficialmente el 15 de septiembre.