La vida de los otros: empezar de nuevo en el exilio alemán
Los dos estudiantes me cuentan sobre las tensiones raciales que hay en el medio oriente y la situación para sus países durante los últimos años después del estallido de la guerra civil en Siria
BERLÍN, Alemania.
Son las 4 de la tarde y estoy llegando a la estación Johannisthaler Chaussee, al sureste del centro de Berlín. He quedado de verme con Naz, una estudiante del Kurdistán quien se ha ofrecido para llevarme a un nuevo campo de refugiados en la ciudad. La encuentro al salir y me doy cuenta de que viene en compañía de Sam, un joven alemán-iraní de 20 años con aspiraciones a periodista, quiere venir con nosotros para tomar algunas fotografías y ayudarnos como traductor junto con Naz. Los dos me indican que debemos ir un poco más hacia el sur, por lo que tomamos un camión por unas cuantas estaciones mientras platicamos un poco para conocernos mejor.
Durante el camino los dos estudiantes me cuentan en un perfecto inglés sobre las tensiones raciales que hay en el medio oriente y la situación para sus países de origen durante los últimos años después del estallido de la guerra civil en Siria. Naz proviene de una región autónoma compartida entre Turquía, Irak, Irán y Siria (habla kurdo y árabe principalmente). Sam por el contrario nació en Hamburgo pero es hijo de padres persas; habla alemán y farsi, un idioma indoeuropeo que Irán comparte con algunos grupos al este de la región, particularmente Afganistán, Tayikistán y Pakistán.

Khodadad
Al llegar a nuestro destino nos bajamos frente a una serie de complejos habitacionales. Estamos en la zona sur de Neukölln, uno de los distritos con el mayor número de inmigrantes en toda la capital alemana y que destaca por el tamaño de su población turca y árabe. Naz y Sam saludan a un hombre de mediana edad que también se ha bajado del autobús. Se trata de Khodadad, un pintor originario de Afganistán viviendo en Alemania, está a la espera de conseguir un permiso de residencia. Para nuestra suerte, Khodadad (“Teodoro” en español) vive en el campo de refugiados que estamos a punto de visitar y nos invita a casa de sus padres mientras se fuma un cigarro antes de entrar por el control de seguridad, a lo que respondo Kheili Mamnoon por indicación de Sam, una seña de agradecimiento en farsi.
Pasamos un control de seguridad muy sencillo y entramos campo de refugiados, lugar en donde me sorprendo por la facilidad con la que los residentes entran y salen para sus vidas cotidianas. El interior es un campo relativamente grande pero que se puede recorrer a pie con facilidad; la vecindad se compone de una calle principal y varias hileras de viviendas en forma de contenedores que bajan perpendicularmente. A nuestra entrada vemos a decenas de niños jugando en el patio y las voces de otros más corriendo por las pequeñas calles aledañas mientras que algunos jóvenes y adultos nos saludan a su paso hacia la salida para disfrutar de la tarde. El pequeño barrio es un microcosmos de edades y culturas.
Naz y Sam me cuentan que este centro para refugiados es de reciente construcción y que aquí cada familia tiene la suerte de tener una pequeña casa con cocina y dos cuartos. Hasta hace pocos meses muchos de los habitantes de esta vecindad vivían en cientos de cubículos compartidos al interior de un hangar en el aeropuerto de Berlin-Tempelhof, en el centro-sur de Berlín, un enorme complejo ahora en desuso que sirvió como lugar de aterrizaje para el puente aéreo durante el bloqueo soviético a los poderes occidentales entre 1948 y 1949. El aeropuerto de Tempelhof sigue siendo uno de los campos de refugiados más grandes en toda Alemania y un centro de recepción importante para los refugiados recién llegados a la capital y que buscan asistencia.
Khodadad nos lleva a casa de sus padres, una pareja de adultos mayores quienes nos reciben amablemente y nos invitan a pasar a tomar té mientras nos cuentan que están muy contentos de estar en su nuevo hogar después de haber vivido casi un año y medio en un gimnasio adaptado para refugiados. Khodadad y su familia provienen de una provincia en el corazón de Afganistán llamada Daykundi; forman parte de los Hazara, un grupo étnico de lengua persa que habita en el país, razón por la cual se comunican en farsi con Sam, quien va traduciendo la conversación mientras tratamos de conocernos mejor. Nos dicen además que su tribu no acostumbra usar barba a pesar de ser musulmanes, por lo que los hombres en casa están perfectamente rasurados y las mujeres usan solo un velo translúcido de colores y patrones floridos.

La familia nos da té y nos ofrece pasas, semillas, pepino y manzanas junto con el tradicional Lokma que han preparado su esposa y su madre, un dulce popular de medio oriente que consiste en una bola de pan frito cubierta con miel y canela. Es ahí cuando conocemos a Dunya, la hija de Khodadad, una niña de 11 años que habla alemán sin problemas. Nos pide sin reparo que le hablemos a una velocidad normal. “¡Entiendo todo lo que dices!”, exclama Dunya un tanto molesta, mientras nos cuenta con orgullo que ya ha dejado las clases de integración y que está yendo a la escuela junto con otros alemanes y otros hijos de refugiados que han podido aprender el idioma y retomar los estudios.
Khodadad nos cuenta que tuvo que irse a Irán hace veinte años por la situación de violencia en Afganistán, sin embargo confiesa que su estancia en el país fue sumamente difícil debido a la discriminación que el gobierno Iraní ejerce sobre los afganos y al hecho de que el país no reconoce el estatus de refugiado ni otorga papeles a quienes llegan huyendo a la frontera desde el este. Muchas familias como la de Khodadad huyen como víctimas de la extorsión y el tráfico de drogas provocados por los talibanes y otras grupos islamistas; pero al llegar se encuentran con que la realidad en Irán puede ser igualmente dura. “Una mujer en mi familia tuvo problemas en el hígado y fue al hospital, tuvo que pagar una gran cantidad de dinero y una vez pagada la suma, le negaron la atención médica por no ser iraní. Perdió la vida después.”, relata Khodadad con incredulidad en su voz.
La familia comparte que llegó primero a Hamburgo, después fueron trasladados a Berlín para hacer su solicitud de asilo. Khodadad es el único de la familia que aún no cuenta con permiso de residencia y no sabe si podrá quedarse en Alemania, por lo menos hasta con conseguir un trabajo formal.
Aprovechamos la ocasión para discutir de política, nos cuentan de los efectos de la guerra en Afganistán después de la invasión norteamericana y del legado caótico que provocó la invasión soviética durante la guerra fría. A la par, Naz y la mujer de Khodadad nos comentan lo difícil que es ayudarle a conseguir un apartamento en renta en Berlín para algún refugiado cuyo nombre suene árabe o persa, muestra de la resistencia que existe en ciertos sectores de la población a tener refugiados o inmigrantes como inquilinos.
Al terminar el té nos despedimos para poder platicar con otros refugiados, les damos las gracias y nos dirigimos a otra calle en la vecindad.
Sam y Abbas
Tocamos en una puerta en la siguiente calle y nos abre Abbas, un chico de 20 años de edad proveniente de Mosul, Irak. Al entrar saludamos a Samuel, su compañero de cuarto; proviene de Eritrea y también tiene 20 años. Acordamos hablar en alemán, aunque el de Abbas resulta muy superior al de Samuel.
Los dos chicos viven en un cuarto de 3 literas y casilleros individuales. La tercer cama la ocupa Oliver, un chico corpulento del Kurdistán. Su casa-contenedor es un lugar limpio y modesto, pero contrario a la familia de Khodadad, no tiene decoración alguna.
Al hablar con Samuel nos percatamos que tiene una mirada perdida y lleva un gran vendaje en la mano, producto de un mal encuentro con un grupo de migrantes en Alexanderplatz, quienes lo acuchillaron al negarse a regalar un cigarro según cuenta en tono indiferente. Una vez entrado en confianza revela que lleva en Alemania desde el 2015, salió de Eritrea cruzando por Etiopía, Sudán y Libia, lugar de donde zarpó en una embarcación rumbo a la costa italiana.
Samuel revela que durante su viaje tuvo que pasar días al interior de un camión con 30 personas, sin agua o comida y a muy altas temperaturas. Fue ahí en donde murió su primo por deshidratación y el cansancio: “nos levantamos todos en la mañana y cuando intentamos moverlo no respondía, vimos que estaba muerto”, cuenta Samuel. El chico añade que muchos compañeros suyos también perdieron la vida cuando la balsa en la que iba naufragó al intentar cruzar el Mediterráneo, afortunadamente pudo sobrevivir a la odisea y quiere ahora retomar sus estudios.
Nos asombramos de saber que Samuel tiene un hermano en la ciudad de Frankfurt, al sureste de Alemania. Dice que habla con su familia de vez en cuando pero asegura que no tiene muchos amigos por todos los traslados que ha hecho; aun así le gusta la vida en Alemania y se ve que trata de conservar un cierto sentido del humor. Dice que le gusta la música Etíope y que sabe hablar un poco de árabe, algo que ha aprendido en los campos de refugiados en los que ha vivido durante los últimos años.
Poco después Abbas comienza a relatar su historia. Pide hacerlo en árabe, por lo cual dependo de la traducción de Naz para entender los detalles. Tiene un hermano y tres hermanas, cuenta ser el único de su familia que pudo escapar de Mosul después de que el Estado Islámico lo obligara a unirse a sus filas para pelear como yihadista, razón por la cual sus padres decidieron mandarlo fuera del país.

Abbas relata que salió del país al interior de una furgoneta y con los ojos vendados, cruzó la frontera entre Turquía y el Kurdistán, donde tuvo que pagar más de $1000 dólares para que una familia lo alojara por unos días y le consiguiera un boleto a Izmir, ciudad en la costa del mar Egeo desde donde intentaría llegar a Grecia. Antes de continuar, Abbas hace una ligera pausa, y con la mirada perdida nos cuenta que ha visto niveles inexplicables de violencia en su trayecto. Agrega incluso, ante nuestra mirada atónita, haber presenciado la ejecución de un niño de cinco años durante su salida de Irak.
Cuando Abbas retoma su relato nos cuenta que quienes lo llevaron junto con otras personas hasta Izmir lo levantaron a la mitad de la noche junto con otros pasajeros y les hicieron inflar un pequeño bote de caucho que llevaban en la cajuela del auto. Cuenta haber tenido mucho miedo debido al oleaje en el mar. “Echamos el bote al agua y a los 120 metros de la costa el motor dejó de funcionar. Regresamos para repararlo y volvimos al agua, pero a la mitad del camino el motor se descompuso otra vez y quedamos a la deriva por horas. Fue tiempo después que vimos a la guardia costera”, recuerda Abbas, agregando que en aquellos instantes sólo podía pensar en marcar a su familia y amigos para decirles que sentía mucho haberse ido. Pensaba que estaba a punto de morir en el mar.
A pesar de haber sobrevivido el viaje, Abbas afirma que no fue fácil llegar a Alemania. Una vez en el país pudo solicitar asilo, pero cuenta que ha sido trasladado muchas veces. Dice que no tiene muchos amigos porque resulta muy desmotivante crear un vínculo con alguien para ser llevado a algún otro centro para refugiados al poco tiempo. Aun así, el chico se mantiene amigable y sonriente al finalizar su historia, dice que le gusta el fútbol, va mucho al gimnasio (lo cual me indica señalado un bote de proteína en polvo), y quiere estudiar medicina en Alemania, algo que lo mantiene optimista según nos cuenta.
Nos indica también que su familia está a salvo y que habla con ellos frecuentemente, probablemente más ahora que el Estado Islámico ha sido expulsado de de Mosul por el ejército iraquí.
Oliver
Después de escuchar la historia de Abbas comenzamos a platicar y tratamos de hablar sobre cosas más amenas. Es entonces cuando entra Oliver al cuarto; es un joven atractivo, tiene ojos claros, tez morena y un cuerpo atlético; trae puestos unos shorts, tenis de marca, una playera y una gorra de tenista que porta al revés. Se ve amigable y se presenta con nosotros mientras se despide de dos compañeros a través de la puerta; acto seguido saluda a sam sobándole las cabeza para después tirarse en una litera y ver su teléfono.
Cuando le preguntó por su historia me contesta con cierta dificultad, es cuando Naz se percata de que Oliver habla kurdo y entablan una conversación mucho más fluida. A través de la traducción puedo percibir que viene de una familia con recursos. Cuenta que sus padres y hermanos viven en relativa calma en la región kurda de Irak, incluso agrega que algunos en su familia tienen papeles para ir a los Estados Unidos pero que no están dispuestos a hacerlo. Oliver dice haber venido a Europa para poder vestirse como él quiera, desea tener la libertad de poder fumar, tomar alcohol y ver el mundo sin que nadie se lo prohiba. Oliver agrega también con mucha seguridad que al día siguiente le darán los papeles para residir en Europa y que le gustaría ir a Dinamarca.
Oliver comparte que está en contacto con su familia por internet y que planea regresar al Kurdistán tarde o temprano. Para nuestro asombro, dice que tuvo 6 meses de entrenamiento con el ejército norteamericano y que sabe adiestrar a perros para la búsqueda de explosivos, razón por la cual cree que puede tener un trabajo asegurado a su retorno a Irak.
Es ahí cuando terminamos nuestra charla y nos despedimos de nuestros anfitriones, contentos de haber podido escuchar sus historias a detalle. Pasamos una vez más por el control de seguridad y salimos a la calle mientras los niños siguen jugando y gritando alegremente al interior de la vecindad.
Una visita al Azzam
Son las ocho de la noche y Naz y Sam me ofrecen ir a probar algo de comida árabe, lo cual acepto sin pensarlo dos veces. Nos dirigimos a la avenida Sonnenallee, una de las vías más bulliciosas de la capital alemana; en ella se puede apreciar una gran cantidad de restaurantes y negocios con todo tipo de productos del medio oriente, la india y el norte de áfrica. En el barrio de Neukölln se percibe una cara distinta al resto de Berlín, aunque esto no es algo no tan inusual para una ciudad en donde el 15% de la población es extranjera[1] según la oficina para la estadística de Berlin-Brandenburg.
En este distrito conviven inmigrantes, artistas y estudiantes de todo tipo, muchos de los jóvenes occidentales que habitan la zona vienen atraídos por sus rentas baratas, la vida nocturna y su ambiente tolerante. Neukölnn se ha convertido en una nueva zona popular debido a que otros barrios de moda como Friedrichshain y Kreuzberg han comenzado a perder su atractivo como consecuencia de la urbanización, el alza de las rentas y la llegada inminente de miles de turistas en busca del estilo de vida bohemio. Esa vibra decadente y chic que caracterizó a la zona este de la ciudad después de la caída del muro parece estar desapareciendo al tiempo que Neukölln se vuelve el nuevo centro de mezcolanza cultural y étnica.
Llegamos a Azzam, un restaurante atiborrado de gente de todo tipo, inmigrantes, residentes turcos, sirios, alemanes y muchas más nacionalidades haciendo fila en un apretado pasillo para poder pedir un plato de Falafel, Kebab o Halloumi. Ahí me asombro ver lo popular que es la comida árabe y la turca, que generalmente es muy accesible y es mayormente vegetariana, algo que va muy bien con la creciente tendencia al vegetarianismo y veganismo entre los jóvenes en la capital alemana.
Pedimos tres Falafels (unos de los mejores que he descubierto en la ciudad) y acabamos la noche platicando sobre nuestra experiencia en el campo de refugiados.

Mohamad y Teresa
Días después de nuestra visita al campo de refugiados doy con una publicación en internet que se ha vuelto viral entre los jóvenes universitarios de Berlín. Se trata de un post en Facebook en donde Teresa Rodenfels, una activista alemana de 31 años, pide ayuda a la comunidad para encontrarle una práctica profesional a su amigo Mohamad, un refugiado proveniente de la ciudad de Madaya en Siria. Cuenta que lleva viviendo más de dos años en el Alemania y que de no encontrar un trabajo Mohamad tendrá que ser deportado.
Teresa describe en su texto que Mohamad y ella se conocieron a través de un programa llamado Start With a Friend (Empieza con un amigo), una iniciativa de la cual es gerente regional y forma parte activa desde hace unos años. En el programa refugiados jóvenes son asignados con un Tándem, una especie de compañero o amigo quien se encarga de ayudarles a integrarse en el país, practicar el idioma, conocer las costumbres locales y hacer el proceso burocrático un poco menos difícil para determinar su estancia. Es así como Mohamad pudo aprender alemán; ahora habla a un nivel intermedio-avanzado y está dispuesto a trabajar para quedarse en el país. Sin embargo su única oportunidad para quedarse en la capital alemana es conseguir un contrato como practicante debido a que la ley de la Unión Europea le obliga a regresar a Bulgaria, país en donde Mohamad originalmente hizo su solicitud de asilo.
“Me siento triste, decepcionada e impotente”, revela Teresa a través de su publicación en internet. “Conozco a mi tándem desde hace casi dos años. Mohamad me contó sobre Siria, las montañas y el verano en Madaya, me enseñó árabe, cocinamos juntos y escuchamos música juntos…. Mohamad se ha vuelto un amigo muy especial para mí”, agrega la activista.
Mohamad Eics Aldin tenía una tienda de reparaciones de articulos electronicos en su ciudad natal hasta que ésta fue asediada por fuerzas del ejército sirio a mediados de 2015, evento que provocó la muerte de decenas de personas debido a la escasez de comida y suministros básicos. Mohamad llegó al continente Europeo atravesando Líbano y Turquía, en donde permaneció por 5 meses antes de dirigirse a Alemania; ya en el país pudo conseguir hacer una práctica como informático en el sistema nacional de pensiones. Ahora el joven sirio busca una segunda práctica o empleo ya que su trabajo actual no puede garantizarle una plaza al término del contrato. “Me gustaria trabajar en el ramo informático, pero también me agrada la repostería y hacer manualidades”, cuenta Mohamad a la prensa local.
Para el refugiado regresar a Bulgaria no es una opción, cuenta que en el país la gente como él vive en situaciones precarias, además de que Bulgaria no tiene la infraestructura para integrar a los jóvenes migrantes, ayudarles a encontrar un trabajo o aprender el idioma. “Mohamad tiene hecho el bachillerato, es inquisitivo y trabajador. Quiere encontrar un empleo y construir una vida, por eso vino a Alemania. Pero desde que se le informó que sería deportado apenas puede dormir, teme que la policía toque la puerta en cualquier momento”, afirma Teresa.
Afortunadamente para Mohamad, la publicación de Teresa ha sido recibida con grandes muestras de solidaridad y ha llegado a más de mil usuarios en Facebook. Tampoco faltaron las críticas y comentarios en contra de su estancia como “¡Afuera!” o “¡Empácale un bocadillo para el viaje!” por parte de algunos usuarios en el muro de Teresa. Sin embargo, al revisar los distintos comentarios bajo la publicación puedo darme cuenta que la respuesta y el apoyo a la causa de ambos son bastante positivos en general, razón por lo que Mohamad podría correr con suerte antes del otoño.
“Por qué deberíamos deportar a alguien que está tan bien integrado?”, apunta Teresa ante un reportero local.
The Run Club
Días después de haber visitado el campo de refugiados me entero de que hay un grupo de corredores que organiza una sesión de entrenamiento semanal en el aeropuerto de Berlin-Tempelhof. Al ir me encuentro con dos jóvenes norteamericanos quienes me reciben sonrientes, ellos se encargan de organizar a este grupo de corredores que se hace llamar “THF The Run Club” todos los sábados. Poco a poco comienza a llegar un grupo de refugiados y comenzamos a hacer ejercicios de calentamiento para prepararnos para los 7 kilómetros que hemos de correr con el resto.
El aeropuerto de Berlin-Tempelhof es un lugar un tanto surrealista; fue desmantelado en 2008 y ahora funge como un parque público, sus pistas de aterrizaje son un espacio enorme en el que los berlineses pueden pasear y hacer ejercicio durante los meses de calor. Al interior del complejo todavía pueden verse cubículos y pequeñas casas en contenedores, diseñados especialmente para alojar a algunos de los miles de inmigrantes que han llegado al país en el último año. En las entradas incluso hay indicaciones para aquellos refugiados que van llegando en busca de un lugar para establecerse antes de solicitar asilo propiamente, una imagen que resulta casi absurda cuando uno imagina aquellos hangares cubiertos con motivos y pancartas durante el nacionalsocialismo.
Cuando comenzamos la corrida el grupo se dispersa y los avanzados toman la delantera, decido juntarme con Mohamed, un joven musculoso de 18 años; va a mi mismo paso y viene vestido con shorts y una playera tipo Tank top. Me cuenta que viene de Idlib, Siria y que llegó hace más de un año a Alemania, cuando aún era menor de edad. Su ciudad natal ha sido destruida por el estado Islámico.
Durante la corrida me comparte que dejo su hogar debido a la guerra civil, y contrario a los otros refugiados, entró a Europa caminando (y a veces en auto compartido según cuenta) por la ruta de los balcanes. Cuenta que habla con sus padres a menudo y que está muy contento de poder retomar sus estudios de bachillerato en Alemania. Sin embargo, continuar no le será fácil ya que quiere estudiar odontología, y para ello tendrá que mejorar su alemán, según me cuenta al tiempo que trata de recuperar el aire. Mohamed me dice que seguramente podrá ir a la universidad en algunos años y que está muy contento por lo que le depara.
Me parece que hemos hecho una buena relación. Al regresar al hangar me presume que acaba de comprarse una bicicleta plegable, la cual me presta para dar algunas vueltas; es un último modelo. Al finalizar el entrenamiento nos damos un apretón de manos y una felicitación por haber cumplido el reto. Regresamos al punto de salida y compartimos todos un almuerzo con los demás corredores del grupo a las puertas de los hangares.

Sohaib
Antes de partir del aeropuerto aprovecho para platicar con Sohaib, un amigo de Mohamed quien me cuenta una historia similar pero a mayor detalle. Habla un alemán intermedio y con un fuerte acento árabe. Es un tipo agradable, mide 1.80 y se ve fuerte; viene vestido con unos pants recortados, camisa y gorra de marca. Tiene una mirada amigable y una barba bien cuidada que hace casi imposible creerle cuando me indica que tiene 19 años de edad.
Sohaib, al igual que su amigo Mohamed, proviene de Siria. Sus padres lo mandaron fuera del país temiendo por su seguridad debido a la guerra civil. Me cuenta con cierta naturalidad que en Siria no hay futuro para los jóvenes y que seguir estudiando ahí sería casi imposible, razón por la cual vino a Europa como refugiado. Sohaib llegó en agosto de 2015, era menor de edad cuando cruzó en bote de Turquía a Grecia, trayecto que sobrevivió con la misma suerte de Abbas. Una vez en el continente se dirigió a Macedonia en autobús, cruzó a pie por Serbia y Hungría, para después llegar a Alemania tomando taxis y aventones. Cuenta que pudo realizar el viaje hasta Europa gracias al dinero que sus padres le enviaban por transferencia; cuando llegó al país fue recibido por el Jugendamt –la oficina para la juventud en Alemania–, con lo cual pudo enlistarse en la escuela y aprender el idioma local.
“Ya no tenemos tiempo que perder”, me cuenta Sohaib con seguridad al revelar que ha retrasado mucho sus estudios. De haber seguido en Siria estaría ahora cursando su segundo año de licenciatura, mientras que en Alemania tendrá que acreditar los dos últimos grados del bachillerato. Pero a pesar de todo parece optimista. Sohaib comparte con una sonrisa que le gustaría ser médico y prepararse para la universidad: “Cuando uno tiene la determinación, puede realizar sus sueños”, afirma en alemán y asintiendo con la cabeza.
Sohaib cuenta que habla con su familia todos los días gracias al internet, al preguntarle por un último mensaje para el mundo comparte: “Espero que la gente ayude a Siria, hay muchos que lo han perdido todo por la guerra, ya basta”.

Nimo
Es a la salida de los hangares cuando puedo sentarme unos instantes con Nimo, una joven de Somalia quien ha corrido con nostros los últimos kilómetros del entretenimiento. Me alegra poder entrevistar a una mujer de su edad, algo que resulta más difícil de lo que uno creería debido a que en los últimos años tres de cada cuatro solicitudes de asilo entre gente de 14 a 34 años de edad son realizadas por hombres según revela la oficina Europea para la Estadística (Eurostat.
Nimo es una chica tímida y callada, cuenta (con cierto asombro por la entrevista) que tiene 22 años y que llegó a Berlín hace dos años. Nimo relata que se vio obligada a escapar de Somalia por la violencia generalizada en su país; habla de bombas explotando, homicidios y una situación muy caótica en general. Tuvo que pasar por Sudán y Libia antes de tomar una bote hacia Italia, un trayecto que describe como muy peligroso pero después del cual pudo llegar a Alemania, en donde la ventaja de contar con el apoyo de su hermana, quien vive con su esposo e hijos en Berlín.
Nimo cree que si la violencia cesa podría regresar a su país de orígen, aunque por el momento está concentrada en mejorar su alemán y conseguir un buen trabajo que le permita tener un ingreso y estabilidad. Al preguntarle sobre más difícil de la vida en Alemania responde que lidiar con las distintas reglas e indicaciones del país es lo que más le ha costado trabajo, frase con la cual me indica que tiene algo de prisa; le pregunto si puedo tomarle una fotografía, a lo que responde con un simple “no” —no le gusta ser retratada. Acto seguido se despide y se va en una bicicleta despintada que ha reparado recientemente.
Siamak
Durante la preparación de mis últimas entrevistas soy contactado por Michael, un expatriado inglés quien me cuenta sobre un una iniciativa llama Rückenwind, un taller en donde los refugiados pueden recibir una bicicleta de forma gratuita y repararlas ellos mismos cuando necesiten mantenimiento o refacciones. El taller es atendido por refugiados y voluntarios que quieran ayudar a la causa con su tiempo y experiencia. Michael me explica que en Berlín hay una lista de espera de hasta dos meses para conseguir una bicicleta y que entre lunes y jueves solo se atiende a refugiados para que arreglen la suya. Los viernes se abren las puertas del taller al público y cualquiera puede acudir a reparar su bicicleta, sólo basta con dejar un donativo al final y poner las herramientas en su lugar al término de la reparación.
Michael y yo quedamos en ir durante un viernes a Rückenwind y ahí es donde me presenta a Siamak, un refugiado irani de 32 años, quien nos saluda amablemente y con una gran hospitalidad mientras atiende a un grupo de refugiados afganos que también llega en busca de una bicicleta. Siamak es el único refugiado con sueldo fijo trabajando en el taller, su sueldo es pagado con fondos del “Bufdi” (o Bundesfreiwilligendienst en alemán), un servicio nacional de voluntariado para jóvenes y adultos que hayan terminado la escolarización obligatoria. Siamak se encarga de abrir y cerrar el taller, administrar el las operaciones y de ayudar a quien necesite una mano para reparar su bicicleta, entre otras.
Después de algunos momentos Siamak hace una pausa a su exigente trabajo y me cuenta que salió de Irán hace tres años, dos de los cuales los ha pasado en Berlín. Se vio obligado a dejar su país debido a que es un ateo, lo cual resulta muy difícil si uno vive en una república islámica según comparte. No tiene esposa ni hijos y ha venido a Alemania para empezar de cero, todo esto a pesar de que se tituló como abogado comercial en Irán. Siamak me comparte que a pesar de que el sistema legal en Irán es muy similar al francés no puede ejercer su profesión en Europa a menos de que vuelva a estudiar y aprenda alemán a la perfección, razón por la cual deberá conformarse con recibir una Ausbildung y aprender un oficio para poder independizarse y tener un ingreso propio, por ahora.
A pesar de ello Siamak se ve muy optimista y parece estar muy contento de la libertad que tiene en Alemania, dice que ha hecho muchos nuevos amigos a través del Bufdi y del taller de bicicletas. Se le ve contento de saber que en el país hay una gran seguridad social, algo que él curiosamente describe como un “sistema socialista”. “Aquí todas las personas son iguales, no como en Estados Unidos por ejemplo, en donde si no tienes dinero no puedes vivir”, comenta Siamak con seguridad.
El refugiado revela también que lo que le parece más difícil de su nueva vida en el viejo continente es volver a aprenderlo todo, desde la niñez hasta la etapa adulta “una nueva cultura, un nuevo idioma, hacer nuevos amigos y obtener nuevo trabajo”, apunta. Al preguntarle me comparte que no tiene una opinión política dice:
“Solo soy una persona más, una persona pequeña en una sociedad muy grande. No puedo decirle a la gente lo que es mejor para ellos, todo depende de la experiencia personal. Yo lo que quiero es poder trabajar y pagar mis cuentas, eso es lo que me gustaría decir”.
Momentos después nos damos la mano, agradecidos por haber tenido tan buena comunicacion, y Siamak se pone a atender su taller.

Ali
En el taller de Siamak me encuentro a otros dos refugiados de Afganistán. Se trata de Ali, un chico de 13 años y su papá, un hombre de baja estatura que ronda los cincuenta y cinco años de edad. Ali me explica —mientras busca algunas piezas para su bicicleta—que él y su familia tuvieron que escapar de Afganistán debido a la violencia generada por los grupos talibanes. El chico relata que su papá fue secuestrado por cuatro días y que la familia recibía amenazas constantes por parte del crimen organizado en su país. Fue por esa razón que decidieron emprender la huida a Europa.
Ali y su papá hablan en Dari, una variación del persa, por lo cual se pueden comunicar fácilmente con Siamak y otros afganos en el taller. Ali también habla un alemán muy impresionante, considerando que lleva aprendiendo por poco más de un año; traduce para su papá y juntos se disponen a arreglar un par de bicicletas despintadas, una de las cuales no tiene asiento ni cadena. Ali me platica, con cierto asombro de que alguien quiera conocer su historia, que su familia lleva un año y dos meses en Alemania, dice que primero fueron enviados a Suecia por seis meses y que de ahí fueron enviados a Hamburgo y posteriormente a la capital germana.
Al cabo de unos momentos platicando puedo notar que Ali y su padre están apurados, razón por la cual me dispongo a tomarles una foto y me despido de ellos con un apretón de manos. Parece que tardaran un buen rato en arreglar sus bicicletas y será mejor dejarlos trabajar en paz.


Jakob Preuss
Durante las semanas posteriores a mi visita al taller tengo la oportunidad de platicar con Jakob Preuss, director del documental Cuando Paul Vino del Mar (Als Paul über das Meer kam), una película que acaba de estrenarse en Alemania y que relata la odisea de Paul Nkamani (38), un migrante de Camerún quien se ve obligado a emigrar a Europa debido a la falta de oportunidades en su país y la muerte de su padre por falta de medicamentos. El documental no solo cuenta la historia de cómo Paul realiza un dramático cruce del Mediterráneo (en el cual muere la mitad de la tripulación que le acompaña), sino que también retrata momento en el que el cineasta alemán decide ayudarle a entrar al continente y le ayuda alojarse como un nuevo miembro de la familia en casa de sus padres en Berlín. El documental de Preuss ha ganado fama internacional y recientemente recibió el premio de oro al mejor documental en el festival de cine de Shanghai.
Se trata de una situación muy particular para Paul, principal protagonista del documental y quien se ha vuelto una especie de celebridad debido a la exposición que ha tenido con la cinta. Incluso así, su reciente fama no ha sido suficiente para vencer al sistema migratorio, Paul sigue viviendo como inmigrante temporal en alemania en espera de obtener su estatus legal como refugiado, el cual ha sido rechazado por tratarse de un migrante económico y no de un refugiado cuya vida peligre inminentemente en su país de origen. Preuss cuenta que el camerunés trabaja actualmente en un pequeño asilo para mayores cerca de la capital y espera poder aplicar un recurso legal para quedarse en el país de forma legal, esto a más de 4 años de que Paul dejara su pais natal en busca de una vida mejor.
Cuando Paul Vino del Mar es una historia muy humana, retrata fielmente el esfuerzo de un hombre quien está dispuesto a trabajar y adaptarse cuanto sea necesario con tal de ser admitido en un país. En él se percibe como Paul está listo para trabajar y deseoso de comenzar una nueva vida, fuerzas que son sofocadas por un fuerte control migratorio, mismo al que se enfrenta la mayoría de los migrantes del continente africano al entrar a Europa.
Durante la charla Preuss cuenta que su película es también un llamado político; el director y abogado afirma sentirse tremendamente decepcionado de que el continente europeo no esté ayudando a muchos más migrantes como Paul para integrarse y permitirles formar parte de la fuerza laboral. Actualmente hay más de 500,000 migrantes y refugiados que aún no tienen derecho de residencia en Alemania.
“Tendremos elecciones en septiembre y habrá un gran debate. ¿Estamos dándole una oportunidad a estas personas? ¿Aún si vienen al país de forma ilegal? ¿Aún si no se les ha dado asilo pero están haciendo todo de forma correcta (como yo diría que Paul lo está haciendo… aprendiendo alemán, haciendo un trabajo que nadie más quiere hacer, integrándose lo más rápido posible)? ¿No tendría sentido darles un estatus legal y regularizar su situación…? Es un gran debate político”, apunta el director.
Momentos después Preuss se muestra incluso más determinado y cierra la entrevista diciendo que cree en la migración ultimadamente como un derecho universal que se logrará en décadas por venir, algo con lo que muchos sectores conservadores en el Alemania no estarían de acuerdo debido a la cantidad y proporción de migrantes que ha tenido que absorber el país germano. Cuando Paul Vino del Mar se estrenó el pasado 28 de agosto en la ciudad de Colonia y empieza su tour de presentaciones por el continente europeo.
Jugend Rettet
Al margen de mi plática con Jakob Preuss tuve la oportunidad de platicar con un miembro de Jugend Rettet, una organización de jóvenes quienes decidieron tomar acción debido a la espeluznante cantidad de gente que ha muerto tratando de cruzar el mar Mediterráneo camino a Europa. La ONG se fundó con un grupo de activistas que rehabilitaron un barco pesquero, el IUVENTA, y lo han puesto en operación como patrulla salvavidas gracias a las donaciones recibidas durante sus primeras campañas en los medios europeos. Jugend Rettet es una de tantas organizaciones haciendo operaciones de rescate en el mar, pero a pesar de su modesto tamaño, ha podido salvar la vida de más de 6,526 personas de la muerte en las costas de Libia, proveyéndoles de agua y comida hasta llevarlos de vuelta a un lugar seguro, frecuentemente a las costas italianas, en donde posteriormente son canalizados a distintos centros de recibimiento.
Además de sus operaciones de rescate el grupo se dedica a crear conciencia sobre la situación que viven los migrantes en las aguas del mediterráneo, muchas veces con finales trágicos para embarcaciones enteras. Jugend Rettet según relata el entrevistado, funge también como una plataforma política para exigir una mejor política de asilo en la Unión Europea y que se respete el derecho a la vida, aun en aguas internacionales.
“El principal problema es que no hay un sistema comprensivo y coordinado de rescate marítimo entre las autoridades en el mediterráneo y la Unión Europea”, comenta el activista. Aunado a ello, Italia ha publicado durante el verano un nuevo código de de conducta para las operaciones de rescate que limita severamente al trabajo de las ONGs según han revelado otras organizaciones como SeaWatch y Human Rights Watch. El documento trata de regular las operaciones de rescate y reducir el número de migrantes que entran al continente por una de las 3 vias del mediterráneo (hacia España, Italia y Grecia principalmente) a través de un mayor control sobre las condiciones y lugares donde se hacen operaciones de rescate. Las autoridades europeas, sin embargo, temen que las ONGs estén incentivando el tráfico de personas en las costas africanas debido a que los migrantes cuentan con que serán recogidos por sus embarcaciones en caso de quedar a la deriva, algo que las potencias regionales están buscando controlar al mantener a raya a las organizaciones de ayuda humanitaria.
Adicionalmente, este código de conducta buscaría evitar que las embarcaciones de rescate entren en contacto con traficantes de personas en la costa, exigiendoles llevar su localizador prendido en todo momento. El documento buscaría además restringir el uso de señales de auxilio para evitar que los traficantes sepan cuando es el mejor momento para enviar a los migrantes mar adentro, algo que ha sido fuertemente criticado por las organizaciones de rescate.

Por si fuera poco, en los últimos meses las costas del mediterráneo han visto el auge de grupos conservadores quienes también han habilitado embarcaciones como el CStar de la organización Defend Europe con el propósito de frustrar las operaciones de rescate de migrantes y parar lo que ellos consideran como una cadena de tráfico de personas. Organizaciones como Jugend Rettet por el otro lado argumentan que su labor es evitar más muertes innecesarias en altamar, un debate que tiene cada vez mayor peso conforme se acercan las elecciones federales en Alemania y los partidos alinean posturas alrededor de la política migratoria al continente.
Al final de nuestra charla mi entrevistado hace una observación importante y me hace hincapie en que trate de representar de la manera más fiel posible la historia de refugiados de diferentes regiones del mundo. “No hay una sola cara o tipo de refugiados; no es igual el que escapa de la guerra en Siria que el que escapa de la pobreza en el continente Africano”, afirma con firmeza antes de cerrar la plática.
Y quiénes son esos alemanes?
Al de pasar un tiempo conociendo y platicando con algunos de los cientos de miles de refugiados que han entrado a Alemania en los últimos años, uno empieza a entender como muchos de ellos comienzan a hacer sus vidas después de haber dejado todo (o casi todo) atrás y tratar de integrarse en un país tan diferente a sus lugares de origen.
La crisis de refugiados en Europa se ha vuelto uno de los temas más politizados para los votantes en Europa —sobre todo entre los grupos de extrema derecha y otros grupos conservadores que temen un aumento en actos terroristas y actividades delictivas con la llegada masiva de inmigrantes al continente—, que si bien no representan al resto del electorado son parte de las voces que abogan por un control migratorio más estricto y por medidas que frecuentemente son catalogadas como racistas y xenófobas por el público y la prensa en general. No obstante, por el momento la Unión Europea ha comenzado a endurecer las leyes y obligado a muchos inmigrantes a regresar a aquellos países en donde solicitaron asilo por primera vez, algo que seguramente hará aun mas dificil la situacion para muchos inmigrantes que están tratando de asentarse, buscar trabajo o encontrar un lugar fijo para su residencia, caso como el que han vivido Mohamad y Teresa (arriba).
Pero también hay buenas sorpresas, aunque la mayoría de los refugiados que pude conocer durante esta serie de entrevistas permanecen ajenos al debate político sobre la migración en Europa, hay algunos fenómenos en redes sociales que están llamando la atención. Tal es el caso de Firas Alshater, un refugiado y bloguero proveniente de Damasco, Siria, que se han convertido en una nueva sensación en la red a través de su canal de YouTube Zucker (“Azúcar” en espanol), en el cual trata de dar una impresión positiva sobre la comunidad de refugiados que viven en Berlín, una ciudad caracterizada por ser un crisol de nacionalidades.
En su primer video, Alshater platica sobre como es integrarse a una sociedad como la alemana y habla sobre algunas diferencias culturales. Lo que más llama la atención es cuando relata lo sucedido durante una tarde en la cual decidió pararse en la plaza de Alexanderplatz, en el centro de la ciudad, con los ojos vendados, brazos abiertos y un letrero diciendo: “soy musulmán; la gente me etiqueta como terrorista. Yo confio en ti. Y si confias en mi, dame un abrazo”. En el video Alshater cuenta que primero debió esperar durante un buen tiempo, pero eventualmente se ve cómo un grupo de gente acercándose para abrazarlo y dándole muestras de solidaridad. “He aprendido que los alemanes necesitan un poco de tiempo, pero después, ¡ya no hay quien los pare! Por eso creo que la integración será un éxito”, afirma el bloguero al mostrar los abrazos en pantalla.

Human After All
Esta serie de entrevistas es el recuento de tan solo algunas de las historias de entre los cientos de miles de migrantes que han logrado llegar al viejo continente huyendo de la guerra, la violencia, o una serie de condiciones precarias en busca de una nueva vida, prueba de que no hay una sola cara ni un solo tipo de refugiado que llega a la Unión Europea, y de lo peligroso que resulta generalizar y ver a esta crisis humanitaria bajo una sola lente.
Si bien en Alemania hay un sentimiento bastante positivo hacia la recepción de refugiados del medio oriente, vale la pena recordar que el país germano (junto con Suecia, Italia y los países balcánicos) ha cargado con el mayor peso de la ola migratoria hacia Europa, algo que con el tiempo ha provocado el descontento no solo de grupos ultra conservadores, sino también de algunas partes de la población que empiezan a creer que la hospitalidad germana debe tener un límite, generalmente por temor a que los flujos migratorios puedan incrementar la incidencia delictiva en el país o representar una carga demasiado grande para el contribuyente.
Solo puedo hablar de mi experiencia personal y asegurar que la gran mayoría de los jóvenes y familias que formaron parte de esta serie de entrevistas no buscan más que obtener un trabajo estable, continuar estudiando, obtener un ingreso y comenzar una vida nueva. Muchos de ellos incluso desearían seguir viviendo en sus países de origen si las condiciones lo permitieran; puede que algunos de ellos incluso regresen a sus hogares en tiempos de paz.
La integración exitosa de más de un millón de refugiados se antoja difícil, mas no imposible si las potencias europeas son capaces de reconocer las formas en las que la migración puede aportar a la economía y la cultura en el continente Europeo. Y en cuanto a las ventajas o riesgos que esto supone, no queda más que pensar que ni son todos los que están, ni están todos los que son.

Un póster en la oficina de Siamak con el lema “No a las fronteras”.
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