Sajonia, la vergüenza alemana
Los ataques contra migrantes ocurridos en Bautzen y Clausnitz reviven las sospechas de que ese estado alberga a la población más xenófoba del país
BERLÍN.
La población del estado federado de Sajonia tiene buenas razones para sentirse orgullosa cada vez que el país celebra un nuevo aniversario de la histórica unificación de Alemania.
Cuando el Muro aún dividía a las dos naciones, la población de Leipzig perdió el miedo y al grito “¡nosotros somos el pueblo!” invadió las calles para exigir cambios en la ya desaparecida República Democrática Alemana (RDA).
En pocas semanas, la legendaria manifestación de los días lunes, que convirtió a Leipzig en una ciudad rebelde, contaminó al resto del país, una dinámica que culminó el 9 de noviembre de 1989, cuando el odiado Muro de Berlín se vino abajo.
Casi 27 años después, el estado de Sajonia ha vuelto a ser protagonista de una nueva dinámica, pero que, a diferencia de lo que ocurrió en Leipzig y Dresde hace un cuarto de siglo, tiene en estado de alerta a la nación. Sajonia está en camino de convertirse en el epicentro de una odiosa ola de violencia protagonizada por neonazis, ciudadanos de cuello y corbata, mujeres y jóvenes que han decidido cerrar filas para combatir la llegada de refugiados al estado.
Hace una semana, dos tristes sucesos ocurridos en dos pequeñas ciudades sajonas –Bautzen y Clausnitz– confirmaron una sospecha que estaba siendo alimentada en los dos últimos años a causa del nacimiento de Pegida, un movimiento xenófobo que lucha contra “la islamización de Occidente”.
En Clausnitz, una turba intentó impedir la llegada de un autobús con refugiados. La policía, en lugar de disolver la manifestación, sacó a la fuerza a los refugiados y, un día más tarde, les culpó de haber provocado a la gente.
El domingo de la semana pasada, desconocidos provocaron un incendio en un edificio que debía acoger a 300 refugiados en Bautzen. Cuando llegaron los bomberos para sofocar el siniestro, un numeroso grupo de vecinos, incluidos mujeres y niños, impidieron su labor y gritaron consignas contra los extranjeros.
Esos trágicos sucesos revivieron en el país un viejo debate que nació poco después de la unificación del país y que, cada cierto tiempo, cobra una peligrosa actualidad. ¿Son los alemanes del este y, en especial los sajones, más xenófobos que el resto del país? La sospecha ya había sido confirmada el verano pasado en Heidenau, una pequeña ciudad ubicada a 20 kilómetros de Dresde.
Mientras la población de Múnich recibía a los refugiados con flores, frutas y dulces, un numeroso grupo de neonazis intentó impedir por dos días la llegada a Heidenau de unos 400 refugiados a un centro de acogida.
A causa de los incidentes, la ciudad fue bautizada por el periódico Bild como la “desgracia alemana”. “A pesar de que la ciudad es una pequeña pieza en el tablero alemán, se ha convertido en un vergüenza para nuestro país”, señaló el periódico.
Las imágenes que mostró la televisión eran tan perturbadoras, que los políticos empezaron a visitar Heidenau como si fuera el sitio de una catástrofe natural. Sigmar Gabriel, vicecanciller y ministro de Economía, calificó a los manifestantes como una “horda de fanáticos”, y cuando la canciller Angela Merkel visitó el lugar y declaró desafiante que no podía existir ninguna tolerancia hacia la intolerancia, al otro lado de la calle, un grupo de mujeres le gritó “traidora”.
Los problemas de Sajonia con el racismo y la violencia xenófoba no son recientes y ya en el año 1 de la unificación, la atención mediática quedó clavada en Hoyerswerda, cuando unos 400 “cabezas rapadas” atacaron un albergue habitado por mozambiqueños y vietnamitas en la ciudad sajona.
Después de cinco noches de terror, las autoridades, en lugar de castigar a los asaltantes y proteger el albergue, optaron por echar a los extranjeros. El ataque, considerado como el peor incidente ocurrido en Alemania desde 1938 –el año en que los nazis iniciaron la persecución contra los judíos–, mostró al país unificado que el odio hacia los extranjeros era un peligro latente.
Tampoco es una casualidad que los neonazis, agrupados en el partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD), tengan más de cien representantes en municipios repartidos en todo el estado y que en 2004 hayan obtenido más de 9% en las elecciones regionales. La pequeña célula terrorista NSU, que asesinó a más de diez personas y cometió decenas de atracos a bancos haya podido ocultarse durante 14 años en Sajonia. Cada 13 de febrero, el día que marca el bombardeo de los aliados sobre Dresde, los neonazis logran reunir en las calles de la ciudad a decenas de miles de personas.
La llegada de los refugiados al estado fue el último detonante. Una quinta parte de todos los ataques contra refugiados que se registraron en 2015 (más de mil) tuvieron lugar en Sajonia, una realidad que convenció al jefe de la policía de Leipzig, Bernd Merbitz, a señalar que en el estado existía un ambiente de progromo contra los inmigrantes.
Los ataques en Clausnitz y Bautzen fueron condenados por la casi totalidad de la familia política, pero una nueva interrogante se incrustó en la nación. ¿Por qué la cara fea del país se expresa casi siempre en Sajonia?
“La culpa la tiene el gobierno regional, que en los últimos 25 años no le ha dado importancia a la violencia de la ultraderecha y, en la mayoría de los casos, la ha ignorado”, dijo Hajo Funke, un investigador especializado en extremismo de la Universidad Libre de Berlín.
Pero también hay otra explicación. Durante la Guerra Fría, Sajonia fue el único estado de la ex RDA donde no llegaba la señal de la televisión de Alemania Occidental. Este fenómeno técnico hizo que el resto del país comunista le regalara al estado el mote irónico de “valle de los despistados”. La RDA, a diferencia de su enemiga, la RFA, nunca llevó a cabo un proceso de desnazificación, y los sajones sólo pudieron dar rienda suelta a su xenofobia cuando el estado de obreros y campesinos dejó de existir, el 3 de octubre de 1990.
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