Un tributo al viento; muestra de acordeones

Hoy se abre la muestra Acordeones de Nuevo León. Fuelles de identidad, que homenajea a este esencial instrumento

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CIUDAD DE MÉXICO.

 “Tráite al fara fara, tráite al que nos va alegrar la noche”, dice el grito de guerra de la fiesta norteña. Simple, pero esencial, el fara fara es la agrupación norteña por excelencia: bajo sexto, tololoche y el inconfundible sonido del acordeón. Porque, cómo dice don Kiko Montalvo, “para ser norteño, debe tener acordeón”, el instrumento fundamental de un género que se ha convertido en el más representativo del noreste mexicano, principalmente de Nuevo León.

“Como el mariachi es a Jalisco, el fara fara es a Nuevo León”, dice con orgullo Gerardo Nevares, jefe de la Unidad Regional de Culturas Populares de ese estado. Si Nuevo León suena a música norteña, la música norteña suena a acordeón. Y desde allá llega hoy a México Acordeones de Nuevo León. Fuelles de identidad, exposición que rinde tributo a ese instrumento —de origen alemán— y a sus ejecutantes, convirtiéndose en elemento de identidad cultural de toda una región.

“El acordeón es un instrumento de gran presencia en la identidad musical de Nuevo León, en general del noreste, pero en Nuevo León más”, afirma Nevares. No en vano la tradición del instrumento en ese estado tiene hoy dos grandes vertientes: la de la música norteña propiamente dicha con representantes como Lupe Tijerina (fallecido el 5 de julio pasado) o Ramón Ayala, y la del vallenato, de raíz más bien colombiana, que han popularizado músicos como Celso Piña. 

Todos coinciden en que la llegada del acordeón a Nuevo León se dio en el siglo XIX, cuando un grupo de alemanes llegó para construir el ferrocarril de Texas. A trabajar en las obras, habrían ido miles de mexicanos que escucharon por primera vez el sonido del instrumento, pero en forma de ritmos europeos como la polka, el chotis, el huapango o la redova. “El mexicano se apropia de ese sonido y aprende a tocar la música, la modifica y la hace parte de su identidad”, dice Nevares.

Para el coordinador de la exposición que se inaugura hoy en el Museo Nacional de Culturas Populares, además de la llegada del acordeón, en la creación del género norteño tuvo que ver también el entorno de vida del noreste. “Debió ser una forma de vida muy austera, sencilla, así se crean agrupaciones de tres personas, que acá se conocen como fara fara, uno tocando el acordeón, otro el tololoche o contrabajo y otro más tocando el bajo sexto. El fara fara trasciende en las culturas y de ahí van surgiendo agrupaciones que incorporan más instrumentos y que se vuelven grupos de gran presencia nacional o internacional”.

Aún sonando más a ritmo europeo, el acordeón se extendió por toda la región, principalmente por los actuales estados de Tamaulipas y Coahuila “que originalmente se llamaban sólo Nuevo León”. Un segundo aire llegó cuando esos sonidos se fusionaron “con un género, ya en desaparición, que es el canto tendalero, equivalente al cardenche de Coahuila, donde no había instrumentación de por medio, pero que encontró que podía acompañarse con ese instrumento de viento, el acordeón”.

Los primeros fara fara, se piensa, surgieron en los años 40. En ese entonces trabajó don Antonio Tanguma (1903 -1989), mejor conocido como el Rey del acordeón, quien compuso temas representativos como Evangelina, El Cerro de la Silla o Así es mi tierra. “Las comunidades se apropian de esa música y, ya generalizada, se usa para celebraciones, pero también para funerales, serenatas y otro tipo de manifestaciones; durante mucho tiempo se ubicó a los fara fara como la cultura del pueblo, la cultura de la cantina, de las clases que no aspiran a llevar música de ensamble a sus eventos”.

A Tanguma seguirán otros exponentes como Los Alegres de Terán, Los Gorriones del Topo Chico o Los Cadetes de Linares, de Lupe Tijerina, y Homero Herrera, El Palomo y El Gorrión, Los Relámpagos del Norte, Cornelio Reyna, Los Invasores de Nuevo León, Ramón Ayala y sus Bravos del Norte o Carlos y José, entre muchos más. Además de objetos personales de algunos ejecutantes del acordeón, la exposición reúne unos 200 objetos que dan cuenta de la forma en que el instrumento se ha constituido en símbolo de identidad. 

Una subcultura más fue formándose en la región en torno al acordeón, en los años 60 del siglo pasado: el vallenato. Nevares dice que surgió gracias a los sonidistas que usaban discos de vinilo y que alegraban las fiestas de las colonias de la región de Loma Larga, en Monterrey. “Eso creó otra cultura que es de identidad de Nuevo León y también se da con el uso del acordeón y el vallenato”.

Las condiciones geográficas de Monterrey permitieron el desarrollo del género. La ciudad, dividida por el río Santa Catarina, consintió que en Loma Larga “se asentaran grupos que originalmente habían venido de San Luis Potosí; se crea una especie de gueto cultural, de comunidad aparte que va asumiendo sus costumbres”. Hoy la sexta generación de ese primer grupo se ha extendido prácticamente “por toda la zona metropolitana de Monterrey, en colonias como La campana, de donde surge Celso Piña; también en Valle Verde o Granja Sanitaria”.

¿Dónde y cuándo?

Acordeones de Nuevo León. Fuelles de identidad se inaugura hoy, a las 19:00 horas, en la Sala Cristina Payán del Museo Nacional de Culturas Populares.

Av. Hidalgo 289, colonia Del Carmen, Coyoacán.

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