Memorias precoces de J. R. Moehringer
El escritor y periodista, egresado de la Universidad de Yale, entrega un libro sobre un niño sin padre que encuentra refugio en un bar
CIUDAD DE MÉXICO.
El bar de las grandes esperanzas no es una novela, pero está escrita como si lo fuera. Se trata de las celebradas memorias precoces que el estadunidense J.R. Moehringer (1964) publicó a sus 41 años, en 2005, traducidas al español una década después. Sin embargo, la celebridad de Moehringer, reportero de Los Angeles Times y Premio Pulitzer de Periodismo 2000, se debe a otro par de trabajos suyos.
En 2007, uno de sus reportajes fue adaptado al cine: Resurrecting the Champ (El último asalto), protagonizado por Samuel L. Jackson y Josh Hartnett. Después, un insospechado lector de sus memorias lo contrató para que escribiera las suyas: el tenista Andre Agassi, el chico problema del deporte blanco, platicó durante días con Moehringer, lo que dio como resultado Open (2009), la polémica biografía de uno de los atletas más famosos del fin de siglo.
En entrevista, Moehringer cuenta que, en efecto, El bar de las grandes esperanzas era originalmente una novela. “Pero los editores simplemente no estaban interesados en una novela sobre un bar. Mi versión hecha ficción del lugar y su gente no le llamaba la atención a nadie. Un factor que quizás influyó fue que en ese tiempo las memorias eran más populares, tenían una vena más comercial, cosa que permanece. Así que en 2000, un editor amigo me sugirió que considerara cambiar la novela como material sin ficción”.
Oscar Wilde decía que la novela es la biografía que no se atreve a decir su nombre, pero, relata Moehringer, “cuando escuché la palabra ‘memorias’ sentí vértigo. La idea de contar la verdad al desnudo de mi vida, y de la vida de la gente que amo, me llenó de terror. Pero recuerdo que pensé que ese terror podría ser una señal. Si una historia te provoca tanto temor es porque tal vez posee mucho poder”.
“Quise ser el reportero de mi vida”
Si novelar la propia vida representa un desafío maquillado, escribirla sin ficción podría ser algo más cercano al corazón. “Sí y no”, establece Moehringer, que, rechazada como novela, tuvo que replantear El bar de la grandes esperanzas, título que evoca a Charles Dickens.
“Por supuesto que ‘parece’ que la historia de nuestra propia vida debería ser más potente, más visceral que la ficción, la historia más óptima que contar. Pero al escribir un libro sobre ti mismo con perspectiva, con claridad, con una voz que le habla a otros, creo que hay que establecer una distancia. Al escribir ficción creo que hay que tratar de cerrar esa distancia entre uno mismo y el narrador de la historia. Pero es el mismo reto. Hay que gestionar las emociones y controlar el flujo de los sucesos”, refiere.
“De hecho, sentí la necesidad de deshacerme de las sensaciones. Mi objetivo era la objetividad. Quise ser el reportero de mi vida y todos sus personajes. Luché por hacer a un lado cualquier residuo de tristeza que sentí de mi niñez o de mi juventud. Me parece que muchas memorias fracasan porque el narrador está demasiado involucrado, demasiado apegado al material, así que todo sale ensimismado y narcisista. Cuando escribes sobre ti mismo creo que debes permanecer tranquilo. No sé, finalmente, si eso es posible, pero hay un valor en el esfuerzo”, apunta.
Al tratarse de una autobiografía que se detiene en una “primera etapa” de vida, El bar… es una obra con puntos suspensivos. Es un libro sobre un niño sin padre que encuentra refugio en un bar, en cuyos alrededores están la familia y los valores de amistad y tristeza y el sentido de pertenencia. Desde luego que hay muchas borracheras deliciosamente descritas, aunque a temprana edad, destaca el autor, lector desde niño, los libros fungieron como un escape, un alivio de la realidad. Y más tarde, llegado el momento, el alcohol fue su fuga.
“Siempre, desde niño los libros fueron mi salvación. Ahora, a mi edad, incluso lo son más. Y el alcohol, como los libros, también ha sido mi escape. Aunque, claro, la resaca que viene después de un buen libro es menos dolorosa y mucho más sana”, agrega.
Dos aventuras emocionantes
Que un niño encuentre refugio en un bar puede ser indicativo de ciertas cosas. Sobre todo de problemas. No para Moehringer, cuyas memorias tienen su zenit en un bar. Para él, convivir en un ambiente en el que todo mundo con copas en las manos discute temas de “gente grande”, “fue emocionante. Todos los niños quieren ser incluidos en las conversaciones de adultos o estar al tanto de ellas, así que viví una especie de fantasía arquetípica de infancia, escuchando divertidos debates de salón. Creo que, en unos aspectos, esa experiencia me hizo madurar más rápido. Pero también pienso que el arte de la conversación es uno de los grandes placeres de la vida, un arte que, tristemente, se está muriendo, y yo seguí esa opción en mi infancia en el bar”.
Andre Agassi, uno de los grandes tenistas de todos los tiempos, fue un gran lector de El bar de las grandes esperanzas. “Fue J.R., antes incluso de que nos conociéramos, el que me hizo pensar seriamente en la posibilidad de poner por escrito mi historia. Durante mi último Open de Estados Unidos, en 2006, me pasaba todo mi tiempo libre leyendo sus impresionantes memorias. Ese libro apelaba directamente a mi corazón”, apunta Agassi en los agradecimientos de Open, memorias escritas justamente por Moehringer.
“Estaba en San Francisco en una comisión para el LA Times, sonó mi teléfono y era… Andre Agassi. Me impactó. Era tímido, muy amable, muy generoso cuando hablaba de mi libro, y me dijo que quería hablarme de ello, así que me invitó a comer a Las Vegas”, donde vive el tenista. “En esa comida me dijo que estaba pensando en escribir sus memorias y se preguntaba si yo estaba dispuesto a ayudarle”, recuerda.
Si Moehringer escribe en sus memorias sobre el dolor que le provoca la ausencia de su padre, Agassi, en las suyas, deja patente la tormentosa relación con el suyo, que lo obligó a dedicarse al tenis.
En las primeras líneas de Open, Agassi, a través de la pluma de Moehringer, establece: “Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y sin embargo sigo jugando, porque no tengo alternativa. Y ese abismo, esa contradicción entre lo que quiero hacer y lo que de hecho hago, es la esencia de mi vida”.
Nada de contradictorio que dos hombres talentosos en sus respectivas actividades establezcan una alianza de trabajo. Cómplices, solidarios y comprensivos. “Los padres son un punto de partida común para muchas relaciones entre hombres. Y eso fue especialmente verdadero para nosotros”, señala J.R. Moehringer, autor hasta el momento de dos retratos poéticos: las aventuras de un deportista y las suyas, sobre lo que acontecía en un bar.


