Alejandra Atala publica libro: ‘Señor mío y Dios mío. Ricardo Garibay: la fiera inteligencia’
La escritora morelense habla del influjo que Garibay tuvo en sus letras
CIUDAD DE MÉXICO, 26 de septiembre.- Alejandra Atala (Cuernavaca, 1966) fue alumna de Ricardo Garibay. En 2003 publicó con el sello Océano este libro que en su tercera versión aparece en Editorial de Otro tipo. Sobre él se refiere en esta charla.
¿Cuál es el legado de Garibay?
Una robustez literaria inigualable, un compromiso heroico con las letras, un trabajo con las palabras lúcido y fieramente inteligente.
Parece que se lee poco...
Es lamentable que está un poco rezagado, pero hace poco se publicó un libro de entrevistas y se han hecho algunas antologías (Conaculta y Océano). Me parece lógico que no esté en las mesas de novedades porque su lugar es otro. Los jóvenes lectores deberán buscarlo, pero lo que importa es facilitarles el encuentro.
El Estado ha tomado a su cargo la profesionalización de la escritura, ¿qué tan importante es que un autor joven tenga un guía literario?
Como parte del posmodernismo se exigen muchos títulos, maestrías, doctorados, posdoctorados, pero se está perdiendo de vista la esencia. La literatura no es calificación sino cualificación y tiene más que ver con el espíritu que con el intelecto. Se va a nutrir con el alma humana: las emociones, pasiones, la manera en cómo el autor vive y lo lleva a la conciencia. Alfonso Reyes decía: “ser poeta es buscar lo inefable en la desolación del espíritu”. No sé qué sería de mis letras sin un maestrazgo como el de Garibay. Lo veo a la distancia, porque a los trece años carecía de la conciencia. Fue un privilegio y él llegó a casa, invitado a cenar por mis padres. Ofreció guiar mis letras después de leer algunas páginas. Ser maestro y profesor son cosas distintas. Este último se limita al plan de estudios, es parte de estructuras específicas, coadyuvan con un proceso. Su labor es proveer de herramientas, pero si no hay alma/ingenio, lo que resulte no será literatura. Leer poesía en voz alta era una tarea constante con Garibay. No separar la poesía de la narrativa. Nuevamente citando a Reyes: “toda persona que escribe es poeta”. Es un encuentro del ser humano con su propia alma y es un océano infinito. Decía Garibay: “¿por qué escribir de asuntos que desconocemos?” ¿Por qué inventar, si todo el material está dentro del ser humano.
Tener el privilegio de un maestro tiene que ver con lo que te transmite a través de la voz, el gesto, la rabia, el tormento. Los escritores son lo más humano de lo humano. Ojalá sucediera esto con mayor frecuencia. Es un proceso que no puede masificarse. El boom de las editoriales pequeñas ha creado una confusión en cuanto a lo que es el alma y el espíritu de la literatura y de la poesía misma. Un autor joven que sólo lee autores contemporáneos equivale a mirar la palma de tu mano a la altura de tu nariz. No hay distancia suficiente para la definición. Se necesita distancia y autores más sólidos. Y a esto me refiero a que, sin intervención mediática, ahí están, listos para ser descubiertos. Ser escritor es una manera de vivir, lo cual se transformará en un estilo.
Ya son tres ediciones de Señor mío y Dios mío, ¿qué hay en el libro de Garibay y de ti misma?
Me conmovió mucho. El libro escribió sin que yo lo supiera (uno escribe desde el inconsciente), y nos convirtió en un personaje, y eso es la literatura. Me conmueve pensar que fui yo quien vivió eso, que fui yo la que experimentó aquello. A la fecha, es un misterio ese encuentro. Esa comunicación en un tiempo y espacio específico y del que siempre estaré agradecida. Garibay es un ser desgarrado. Ignoro si él me eligió o yo lo elegí. Me conmueve, me sorprende y me anima a seguir escribiendo. Después de ese libro han nacido nueve más. Porque cuando quise separarme del “gran árbol”, en cuya sombra fueron germinando mis letras, la busqué a propósito porque mis palabras no podrían respirar por sí mismas. Antes no mencionaba que fui su discípula para no encabalgarme en su legado. Mi obra ha andado sola y eso es muy gratificante. Fue un libro arriesgado pero como decía Javier Sicilia: “escribe de espaldas al mundo”, ya que cuando presenta la primera edición en Océano, dijo algo así: Atala comete parricidio para nacer como novelista. Rosario Castellanos decía: “matamos lo que amamos, lo demás no ha existido”.
En el libro hablas del “maestrazgo”. ¿Cómo debemos entender eso?
Es un neologismo. Es la palabra que se revela para hablar. No es una instrucción específica para una labor mecánica, sino un todo, un universo de vida. A Garibay le interesaba el sicoanálisis y buscaba el dolor de las pasiones. Ese maestrazgo pertenece al orden del misterio
¿Qué hay de Garibay en esos nueve libros tuyos?
Es imposible decirlo para mí. Será tarea de mis lectores decirlo. Mi literatura no lo busca de manera consciente. Quise ponerle distancia, eso sí. Pero lo que ocurre en mi literatura ocurre sin mí. Luego pienso: ¿qué pensaría Garibay de tal o cual libro? Conoció fragmentos de Francisca y le gustaba mucho. Pero mi literatura tomó otro camino, conmigo o a pesar de mí. El maestrazgo no es un amancebamiento: son alas. Él casi no leyó mi poesía. Se sorprendió al conocer mi primer libro de poemas. La literatura de Garibay es poco catalogable y, creo, en eso nos parecemos.

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