Migrantes despiertan del sueño americano: la vida sobre las vías
Después de un peligroso viaje, exponiéndose a extorsiones, violaciones y abusos, la comunidad migrante anhelaba pisar blandito en territorio estadunidense, pero...
Ya no hay casas de campaña, ahora son chozas improvisadas, construidas con lonas y trozos de madera e instaladas a un costado de las vías del tren de la colonia Vallejo las que dan asilo a los migrantes que quedaron varados en Ciudad de México mientras intentaban llegar a la frontera.
Después de un peligroso viaje, cruzando por la Selva del Darién, exponiéndose a extorsiones, violaciones y abusos, la comunidad migrante anhelaba pisar blandito en territorio estadunidense, pero las puertas se cerraron de golpe y la esperanza de seguir su camino se acabó; su sueño americano se desvaneció con los cambios en las políticas migratorias de Estados Unidos.
Cerca de 270 mil migrantes estaban registrados en CBP One y 30 mil ya esperaban su cita, pero el proceso fue lento y la desilusión los alcanzó. Ahora esas chozas improvisadas, ligeras y pequeñas se han convertido en su hogar.
- La historia de David: Vivir en un campamento es mejor que vivir en casa propia en Venezuela -
El campamento ubicado en la colonia Vallejo es uno de los cuatro espacios informales de la capital donde habitan los migrantes, en su mayoría de origen Venezolano. Ahí conocimos a David Izasa, un chef profesional que debido a los bajos salarios y la inestabilidad política de su país se vio obligado a salir en caravana junto con su esposa y sus dos hijos.
En un espacio de seis metros cuadrados, David y su familia apenas tienen lo esencial para sobrevivir: dos colchones individuales y un par de cobijas, algo de ropa colgada en ganchos viejos y una parrilla eléctrica cubierta de sarro donde cocinan sus alimentos, casi siempre es arroz con plátano macho y en días de suerte, el menú se complementa con un trozo de carne.
Su baño es un espacio reducido donde apenas cabe una persona de pie, una cortina de plástico les da algo de privacidad, aunque solo lo ocupan para bañarse. Dentro pelean el espacio con algunas cubetas y botes donde almacenan el agua que también usan para lavar trastes, aunque no es diario.
Para hacer sus necesidades es casi una odisea, más les vale salir a tiempo pues deben caminar más de un kilómetro hasta una estación de servicio, como ellos le llaman, y para colmo no es gratis, en la entrada pagan cinco pesos.
Para tener dinero y llevar algo a casa, David reparte paletas entre los automovilistas que se detienen frente al rojo de un semáforo. Día tras día, David sale con una cartulina verde fosforescente donde no llama la atención el color sino la fotografía de una joven enferma reposando en una cama, David dice que es otra de sus hijas, pero por su enfermedad, no ha viajado con él.
“Para sostener mi hogar y a mi hija que está en Colombia con un cáncer en su cabeza salgo con estos dulces diariamente para poder buscar algo para comer”, comparte David.
A pesar de la precariedad, esta familia no desea regresar a Venezuela, de donde salieron el mismo día que se llevaron a cabo las elecciones presidenciales en las que se reeligió a Maduro, 28 de julio de 2024.
“Estamos viviendo humildemente, no estamos viviendo con tantas comodidades, yo prefiero estar 20 mil veces aquí que en Venezuela”, expresa David.
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Alrededor de 600 personas habitan este campamento, hay niñas, niños, adolescentes y personas adultas que esperaban cruzar la frontera para llegar a Estados Unidos, pero con la llegada de Donald Trump a la presidencia, sus ideas se frustraron.
“Aquí llegamos para vivir, no para estar encerrados como en nuestro país”, alcancé a escuchar mientras caminaba entre las chozas que han formado un laberinto. Sin embargo, esto no parece ser del agrado de algunos vecinos que señalan que el campamento se ha convertido en un lugar insalubre, donde la fiesta, consumo de marihuana y alcohol han robado la tranquilidad de la colonia.
De acuerdo con Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI), en Ciudad de México hay 12 albergues formales de la sociedad civil, y otros en proceso de ser creados por parte del Gobierno Capitalino. Por lo pronto, se contabilizan cuatro campamentos informales donde se estima que habitan entre 3 y 4 mil personas.
Estos campamentos han creado comunidades que se apoyan y enfrentan los desafíos de vivir en la intemperie; cuando llega el fin de semana, la vida parece ser menos dura al sentarse a platicar, dándole un trago a una cerveza, maquillándose entre amigas, y escuchando siempre las mismas canciones.
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