Para reírte del Metro en tres actos
En ocasiones, el uso diario de este medio de transporte masivo es tedioso e irritante; pero sus vagones son reflejo de la personalidad mexicana
CIUDAD DE MÉXICO.
A Gerardo Flores Martínez y Lizeth Abigail Guevara Martínez.
Turista y ciudadano que no haya descendido hasta los andenes más profundos y calurosos del Sistema de Transporte Colectivo, Metro, de la Ciudad de México, no conoce un rostro obligado de la capital, antes formal y burocráticamente llamada «Distrito Federal»: nombre que emula pertenecer a una época dorada ahora inexistente.
Si bien es cierto que el servicio podría ser mucho mejor, no podemos negar dos cosas: la primera, que los ciudadanos son verdaderas joyitas con negligentes comportamientos; segundo, que a pesar de lo fastidioso que puede ser viajar en el Metro, esos vagones multicolores con estampas exteriores que cubren todo el convoy y le ponen dueño al mostrar el emblemático «CDMX», hacen milagros que millones de personas agradecen día con día.
Una amiga —originaria de Monterrey, Nuevo León— hizo una observación nunca antes escuchada pero muy atinada, que a continuación, estimado lector, podrás corroborar:
Me he dado cuenta que toda la gente, aquí (refiriéndose a la Ciudad de México) se queja en voz alta”. O sea, si quedaste atrapado en un embotellamiento, “«¡No manches! Hay un chin… de tráfico»”, mientras ponen cara de diarrea incurable y utilizan sus obesas manos de abanico.
Para exponer mejor su ponencia sobre las características del chilango metrero, dice:
O si el metro se quedó varado en el túnel camino a la siguiente estación, «¡Ohs!, me lleva la chin…», mientras aumentan el estrés con su impertinente zapateo que no cesa, y miran el reloj pirata que aspira a una marca que ningún usuario del metro traería en dichas profundidades.
Y es verdad. Todos hemos encontrado a personas —no te preocupes si lo has hecho antes— que agregan desesperación en el servicio del transporte público. Por ende, con el fin de reírnos de la realidad que nos acompaña, a continuación se presentan tres anécdotas subterráneas; cabe señalar que cada historia está basada en historias estrictamente verídicas, que no rozan, ni por poco, con ningún tipo de fantasía.
Primer acto:
Tacubaya es una estación de la línea nueve; asimismo, ésta cruza con un total de ocho líneas más, tomando en cuenta las redes que nacen desde Pantitlán. En un día como cualquier otro, un tumulto de trabajadores de todos los niveles jerárquicos esperaban al convoy que los llevaría del punto «A» al punto «B».
En una de esas, se acerca el tren, solemne y serio tal cual es —como si te estuviera haciendo un favor—, baja la velocidad y lleva los ventanales abiertos. Naturalmente, todo el mundo se agolpa en las orillas del andén, rebasando la línea de seguridad color amarillo, que solicita precaución.
Una señora, muy inteligente ella, a sabiendas que no alcanzaría descanso para sus horribles nalgas, avienta su bolso por la ventanilla, la cual cae, efectivamente, sobre un asiento. Pero al chofer se le ocurrió seguir de largo para la próxima estación, sin abrir las puertas en Tacubaya ni recoger a ningún mortal.
Y así, la señora vio escapar todas sus pertenencias bajo las miradas de lástima, prudentes aguantes de risa y comentarios burlones de los presentes: «por desesperada, pin… vieja», se escuchó una voz, escondida tras las pieles morenas sudorosas y axilas pestilentes.
Segundo acto:
El escenario de esta historia también es la línea nueve, en las inmediaciones de Chabacano, a eso como de las diecinueve horas.
Gerardo, tan inocente como siempre, se trepa en el último vagón del convoy que lo recoge. Va ensimismado con su música, mirando las paredes negras-negras del túnel. Le toca ir de pie, aferrado al mugroso tubo que sirve de soporte para los desdichados que no alcanzaron «sillón». En Chabacano —estación que cruza con la dos y con la ocho— aborda mucha gente que transborda.
Son normales los jaloneos, las caras de disgusto y las psicológicas mentadas de madre retumbando entre las paredes del carro férreo. No hay nada de extraño con ver a unos sujetos moverse enojados para acomodarse y hacer más llevadero el viaje. Mientras tanto, se escucha desde la otra entrada:
Es la rica y nutritiva barra de amaranto, endulzada con miel de abeja, nuez y pasas; para ese licuado por las mañanas, para esa presión baja; golosina de chicos y grandes; no la pague en su precio comercial, que va de los diez a los quince pesos: como única y exclusiva oferta, se lleva la barra grande de amaranto por tan solo cinco pesos; cinco pesitos le vale, cinco pesitos le cuesta.
Gerardo discernía en si utilizar la trusa amarilla —del dinero—, o roja —de la pasión— para el día de mañana, ya que tiene cita con su noviecita. ¿Qué le hacía más falta en esos instantes?: sólo él se la sábanas. Cayó en la cuenta y dedujo que algo «extraño» sucedía con tres sujetos que viajaban cerca de él. El trío trataba de ir lo más cómodo posible durante el trayecto, pero estos tipos ya llevaban muchos minutos meneándose sin conseguir una satisfactorio posición.
Sus manos protagonizaban escandalosos movimientos en sus partes pudendas. Las manos estaban dentro de sus pantalones —y tal vez dentro de las pantaletas—, acariciándose desesperadamente cual bandidos pugnando por llegar a la meta y salir de la escena del crimen. Sus rostros evidenciaban un placer que los mismos querubines del cielo envidiarían. Pero la cosa no termina allí.
De repente, uno toma al toro por los cuernos —el que estaba en el medio de la trilogía de aquellos que disfrutan excitándose dentro del metro— y, aguantándose la pena a lo macho, se agacha, le abre la bragueta a uno de ellos, y pa´dentro: ¡tras, tras, tras! «¿Listo, cariño? ¿Terminaste?»: Fiesta en mi boca, ¡vénganse todos!
El metropolitano se detiene en la siguiente estación. El verdugo se pone de pie, los otros dejan sus diligencias, se abren las puertas, y cada sospechoso se va por su lado: no se conocían, ni adiós se dijeron; bueno, es más, no se invitaron el cafecito y ni el WhatsApp se pasaron. ¡Qué descorazonados!
Tercer y último acto:
Personalmente y a mucha honra, la línea A —La Paz-Pantitlán— es la línea de los obreros. A las cinco en punto de la mañana ya no hay asientos disponibles, es la que peor servicio ofrece —es lentísima y se detiene a medio camino en casi todas los trayectos realizados—, y, para variar, sus usuarios, residentes de la zona oriente de la capital y áreas colindantes con el Estado de México tiran basura sobre los rieles con fe, como si no existiera un mañana.
Nadie se anima a arreglarla, porque el mandatario capitalino dice que esa engorrosa tarea les corresponde a las autoridades mexiquenses y viceversa. Total que un día ‘El Chino’ toma el metro a esas alturas, recién bañadito, perfumado y vestido con sus mejores garras. El convoy demoró entre 40 y 50 minutos en transitar cinco estaciones. Hacía un calor que ni el mismo diablo toleraría y —como dice Lizeth— todos iban quejándose en voz alta:
¡Cámara! ¡Ya vámonos! —Como si el chofer escuchara— ¡Me está esperando tu mamá! —Los chiflidos y golpes en las paredes no se hicieron esperar— ¡Yo sí tengo que ir a trabajar, hijo de toda tu p… madre! —Un tipo voltea con su homólogo de junto—: Estos canijos ya ni la chiflan. ¡Qué servicio, de veras!
El tren arribó en la estación de las banderas de navegación que los aztecas pusieron en el lago de Texcoco. Los usuarios corrían hacia las escaleras para ejercer el siguiente transborde. No existía nada más: únicamente llegar al trabajo mal pagado o a la escuela, en donde el profesor Juan Sin Nombre no te dejaría pasar «porque usted es ya todo un licenciado, ¿qué son esos desfiguros de irresponsabilidad»? Mientras todos descendían, un anarquista se puso a gritar a voz en cuello, con garganta aguardentosa y desgarrada al borde de las lágrimas que sólo obreros entienden.
¡Maldito gobieeeeerno! ¡Bola de huevooones! ¿¡Para eso pagamos impuestos, cabro…!? ¡Pin… empleados del metro, no sirven para nada! —Le respondieron por otro lado—: ¡Ya cállate, güey! —Ambas ocurrencias, afortunadamente, arrancaron una que otra risa entre los presentes, y el pueblo se fue a seguir su vida, cada uno con sus glorias y sus penas.
A las seis de la mañana, un niño no mayor de ocho años, harapiento, con pantalón lleno de perforaciones, playera de adulto, cabello opaco, manchas de mugre por todo el cuerpo —y dudo fuera a la escuela, al menos en horario matutino—, amenizaba la escena, acompañado de un acordeón destartalado y una bandeja que recibía las monedas que su público donaba: cantaba con real sentimiento norteño:
Acábame de matar, ¿pa´que me dejas herido? (2) Si tú ya no vuelves más, me voy a quedar herido. Por eso mejor te pido, que me acabes de matar (2). Ayer tan feliz que fui, cuando te tuve en mis brazos (2) Ahora que te perdí, tengo el alma hecha pedazos. Yo estoy sufriendo por ti, y tú nada que haces caso (2) …
¡Ay, chaparrita! ¡Cómo sufro, mamacita!
edd
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