La nueva vida para Owen, el guerrero
A dos meses de recibir una golpiza por parte de su padrastro, el chico avanza en su rehabilitación pese a las heridas emocionales
CIUDAD DE MÉXICO, 13 de julio.- Desde antes de nacer ya estaba determinado que Owen sería un joven guerrero. Hasta en el significado de su nombre está escrito. Y es que cuando de describir al pequeño se trata, a nadie se le escapa la palabra valiente. Para saberlo, nada más hay que ver cómo ahora mismo se desliza por la resbaladilla, corre y sonríe, a pesar de que hace sólo dos meses la crueldad con la que su padrastro lo golpeó, le provocó un estallamiento de vísceras que lo puso al borde de la muerte.
La vida de Owen, antes de adentrarse en el infierno del maltrato infantil, era muy parecida a la de cualquier otro niño de una colonia popular de Cuautitlán, Estado de México. Iba al jardín de niños público Miguel F. Martínez y era uno de los consentidos de su profesora Nidia, porque durante éste, su tercer año de preescolar, en sus cuadernos la única calificación que se ve entre hoja y hoja es diez. A su madre sustituta del albergue del DIF, Efigenia Martínez, le sorprende que, a los cinco años, ya sepa sumar.
La maestra Nidia lo quería mucho, porque es muy inteligente”, dijo Lourdes Velazco, abuela materna de Owen, a quien él llama abuela Lulú.
Ya desde febrero tenía apartado un espacio en la primaria Tranquilino Salgado de la colonia Lázaro Cárdenas, para iniciar el ciclo escolar 2014-2015, algo que por el momento quedó en pausa, pues, desde hace unas semanas, Owen aprende las vocales en el área de Pedagogía del DIF.
Entre las pasatiempos favoritos de Owen estaba jugar con sus primitos Daniel, Noemí y Miguel después de clases y descargar videojuegos en algún celular, como Plantas contra Zombies, El gato Tom o Angry Birds. Ahora en el albergue conserva su afición por los videojuegos, pero ya no en los teléfonos móviles de sus abuelos o tíos, sino en el iPad que recibió como regalo en el hospital, después de conmocionar a la opinión pública por las fotografías que circularon en las redes sociales de todo su cuerpo amoratado.
La gran habilidad del niño para manipular los aparatos electrónicos es evidente.
También Owen disfrutaba de vez en vez la compañía de sus dos medios hermanos de 13 años. Jonathan, por parte de su madre, y César, por parte de su padre, a quienes últimamente veía en fines de semana o vacaciones, porque los adolescentes están bajo la custodia de las exparejas de los papás de Owen.
Esa rutina familiar y común que solía vivir quedó interrumpida por la violencia que su padrastro, Rubén Díaz Alamilla, expolicía municipal, descargó sobre él, según las versiones que los Ministerios Públicos Jorge Fernández García y Armando Sánchez dieron ante al juez de Control, José Eduardo Peirefil Rojas.
Owen era bañado con agua fría, golpeado, pateado y quemado con encendedor y cigarrillos”, declararon los MP.
Torturas que continuaron hasta que Owen llegó al área de terapia intensiva. Después, sin siquiera tener tiempo de despedirse, el pequeño perdió todo contacto con sus papás, porque en un afán de protegerlo, las autoridades del DIF lo resguardaron en el hospital y le restringieron cualquier tipo de visita familiar. Hoy vive en el albergue Villa Hogar, en Toluca, a más de 100 kilómetros de distancia del lugar que lo vio nacer, junto con otros 437 niños que, como él, en su mayoría padecieron maltrato.
Lo más alarmante es que, en el país, el caso de Owen es sólo uno de los 37 que cada día comprueba el DIF.
Golpes y abusos
La historia de abuso y maltrato hacia Owen comenzó el pasado 3 de abril, cuando su madre, Irma Virginia Salazar Velazco, policía de Tránsito, decidió completar el hogar que tenía con su entonces pareja, Rubén Díaz, en el municipio Melchor Ocampo, y se encargó de lleno de su hijo menor, que desde que nació vivió bajo el techo de su abuela materna.
No habían transcurrido ni 48 horas de que la ropa del pequeño había salido de las maletas en su nuevo hogar, cuando se desencadenó el infierno. El 5 de abril, su padrastro le aplicó toda su furia hasta romperle el hueso más grande de la parte superior del brazo: el húmero.
Y Owen no reveló el origen de la lesión.
Yo le pregunté muchas veces al niño que qué le había pasado y me dijo que entró corriendo a la casa y, como sus pies se habían atorado entre el trapeador, se cayó y se terminó golpeando la cabeza y el brazo”, narró su abuela.
El pequeño Owen también explicó a Lourdes Velazco que cuando se fracturó, el brazo se le colgaba, como el de un muñeco.
Además de la fractura, surgieron otros indicios de que algo andaba mal con el pequeño antes de llegar hasta el hospital por estallamiento de vísceras, como las supuestas mordidas que Owen decía hacerse en el dorso de su mano, que en realidad eran quemaduras hechas por Rubén.
A Fabián Legorreta, padre de Owen y de oficio albañil, lo contactó Miriam, hermana de Irma, para comentarle que observaba muy extraño a su sobrino.
Yo lo veo como inquieto, se come mucho las uñas”, le dijo la tía del niño, con quien seguía manteniendo buena comunicación, ya que los dos primeros años de Owen, los vivió junto con Irma en un cuartito trasero de la casa de su familia política.
Laura, otra de sus tías, preocupada por la irritación en las mejillas de Owen, lo llevó a consulta con un médico de las Farmacias Similares el 14 de mayo, pero a más de un mes del constante maltrato al pequeño, nadie a su alrededor pudo detectarlo y mucho menos denunciarlo.
Yo sí puedo decir que tal vez tenga algo de responsabilidad por no haber ido más allá, pero a mi favor también puedo argumentar que jamás piensas que eso sucederá en tu familia”, aceptó la abuela de Owen.
La siguiente llamada que recibió Fabián por parte de la familia de Irma ya no fue sobre suposiciones ni alertas, su hijo se debatía entre la vida y la muerte en terapia intensiva del hospital de tercer nivel de Tlalnepantla.
Al llegar me preguntó el trabajador social: ‘¿Cree en Dios?’, y le respondí que ‘sí, bastante’. ‘Pues entonces enconmiéndese a él, porque muy raras personas salen de esta cirugía’”, advirtió.
La sentencia fue brutal, porque desde hace tres años las diferencias y constantes discusiones con Irma ya lo habían separado de su hijo, al que podía ver sólo a complacencia de su expareja o cuando pagaba puntual la manutención de Owen, pero esta vez podría ser definitiva.
El hombre que casi le arrebataba a su hijo a golpes, paradójicamente, apareció hace dos años en la vida de Irma y Fabián, por una llamada que Lourdes hizo a la Policía Municipal de Cuatitlán, intentando calmar los ánimos entre ambos padres de Owen. Para la desgracia familiar, como la justicia cerró un proceso penal en contra de Díaz Alamilla por posesión de drogas, fue él mismo quien apareció investido con el uniforme de policía a bordo de una camioneta Ranger para asistir dicha emergencia.
Nació dos veces
Owen nació prácticamente dos veces, la primera vez el 8 de diciembre de 2009 y hace un par de meses en terapia intensiva.
Fabián decidió nombrar Owen a su hijo, al leer el significado: joven guerrero, en alguno de los tantos libritos que existen sobre el tema, mientras Irma escogió Yael como segundo nombre del niño.
Nació bien rápido, a valor mexicano”, contó Fabián. Irma apenas había cruzado la puerta de Urgencias del Hospital de la Mujer, cuando la cabeza de Owen ya se asomaba entre sus piernas.
Ni siquiera pasó una hora del ingreso de Irma a la sala de parto cuando los familiares de Owen ya sabían que a las 10:43 de la mañana había nacido un saludable niño con un peso de tres y medio kilos y una estatura de 51 centímetros, por lo que Fabián de inmediato agradeció a la virgen.
Owen, aún alejado varios kilómetros de su familia, mantiene las prácticas católicas que le fueron inculcando incluso desde antes de nacer.
Por ejemplo, Fabián caminó en una peregrinación desde Cuatitlán Izcalli hasta la Basílica de Guadalupe para pedir que todo saliera bien durante el parto de su segundo hijo. Y hasta cumplió una manda a la señora de San Juan de los Lagos, en la que entregó como ofrenda las trencitas largas del cabello de Owen, que cortó sólo hasta que el niño cumplió tres años.
Antes de irse a acostar en el Albergue Villa Hogar, Owen pide a Efigenia Martínez, su nana, a la que llama mami, que rece con él El Angelito de la Guarda frente a las estampitas de San Juditas Tadeo y de la Virgen de Guadalupe, que su abuela Lulú le regaló en el hospital. Después de la oración disfruta escuchar algún pasaje de la Biblia, como si se le contara un cuento, donde sus fragmentos favoritos son los Salmos.
Hoy les puedo decir que Owen se ve feliz, vive feliz”, aseguró María Teresa Campos, subdirectora de Albergues del DIF de Toluca.
Owen sonríe mostrando los hoyuelos de sus mejillas. Es ordenado, limpio y vanidoso. Así como no permitía que su familia le pusiera ropa sin combinar ni mucho menos arrugada, ahora está muy bien vestidito y luce un peinado perfecto que mantiene con spray. Y aunque se está recuperando muy rápido como el guerrero que es, todavía debe tomar al menos seis medicamentos. Además de que su dieta poscirugía excluye su comida favorita: tacos al pastor sin piña, gorditas y tacos de cecina.
Por el momento debe conformarse con la papaya diaria y los calditos de pollo.
A pesar de que es común que los niños maltratados mantengan desconfianza hacia los adultos, Owen es muy cariñoso con cualquier persona que visite su casa, es más, hasta regala abrazos. Ese cariño y ternura de Owen es lo que sus familiares más extrañan de él.
Su abuela Lulú ya inició un juicio ante las autoridades del DIF de Toluca para solicitar la custodia de su nieto y, entre otras cosas, volver a verlo jugar con su colección favorita de muñecos Max Steel. También Fabián, por su lado, está luchando por ser el mejor candidato para quedarse a cargo de Owen y recuperar así los años perdidos.
Apenas estamos haciendo las valoraciones del padre y la abuela materna. Estamos haciendo lo propio para buscar la mejor opción para Owen”, afirmó Manuel Torres Rodríguez, director de Asuntos Jurídicos y Asistenciales del DIF de Toluca.
Irma Virginia Salazar quedó fuera de este proceso y ahora paga con cárcel la omisión que el juez sentenció tuvo en los cuidados de Owen.
Mientras el agresor de Owen, Rubén Díaz, si se sigue al pie de la letra el Código Penal del Estado de México, podría abandonar la prisión, incluso antes de que Owen llegue a la adolescencia, porque en dicha entidad se castiga sólo con ocho años a los culpables que ocasionaron lesiones agravadas y pusieron en riesgo la vida de un menor.
Atienden a uno de cada 100 niños maltratados
A puñetazos y patadas, utilizando palos, cuchillos o cables, los agresores de pequeñitos que a veces ni siquiera han comenzado a hablar consiguen fracturarlos, desgarrarles las vísceras e incluso provocarles hemorragias cerebrales. Tal es la saña que imprimen que los queman con agua hirviendo, o apagando cigarros sobre su delicada piel.
Es un infierno para miles de niños y niñas guardado como secreto de confesión detrás de las paredes de lo que llaman hogar. De cada 100 que lo sufren, sólo uno logra ser atendido, revela el creador de la primera Clínica de Atención Integral al Niño Maltratado en el país, Arturo Loredo.
En la mayoría de los casos sus padres son quienes les infligen un daño, un dolor y paralelamente son los padres a los que los niños han amado”, dice María Teresa Campos, subdirectora de albergues del DIF del Estado de México.
El círculo es perverso, como una maldición que se hereda de generación en generación, porque hasta ocho de cada 10 agresores fueron también maltratados de niños.
La agresión queda alojada como una huella en una parte del cerebro llamada sistema límbico y se pone en movimiento cuando hay un factor estresor, como perder el trabajo o enfrentar un divorcio”, explica el doctor Loredo.
Y más que las físicas, las agresiones sicológicas son las cicatrices más difíciles de tratar: “No se borran las huellas pero sí se reconstruye la vida”, sentencia Campos, subdirectora del albergue en donde Owen, golpeado casi hasta la muerte por su padrastro, intenta rehacer la suya.
A través de la sicología y la pedagogía les enseñamos hábitos que les hagan desarrollar una capacidad de relación social para enfrentar al mundo de allá afuera”, detalla.
Ahora mismo, a la par de Owen, 85 por ciento de los 437 niños que viven en el albergue Villa Hogar intentan sobreponerse del fantasma de la violencia que traen a cuestas.
Sí hay huellas, pero no es una situación de la que no se pueda salir nunca o que les impida vivir, generar buenas relaciones, tener una profesión y llegar a formar una familia”, insiste Campos.
El problema es que nada más uno por ciento de las víctimas más indefensas del maltrato recibirá atención para poder interrumpir el ciclo de la agresión.
Los otros correrán hasta el riesgo de convertirse en los asesinos de sus propios hijos. En los últimos tres años, en el Instituto Nacional de Pediatría, seis bebés murieron sacudidos y azotados por sus padres. No habían cumplido siquiera dos años.
Primero, el bebito es tomado del tronco por el adulto que lo agita severamente y entonces como la cabecita va hacia un lado y hacia otro se genera una hemorragia en el cerebro, los ojos también sufren una hemorragia retiniana. Por la fuerza con la que es apretado, encima le producen fracturas en las costillas”, describe el pediatra internista Loredo.
En dos terceras partes de los casos, el síndrome del niño sacudido viene acompañado de otra modalidad en la que el bebé además es azotado contra una mesa, el suelo o la pared.
La brutalidad con que los lastiman termina por llevarlos hasta las salas de urgencia de un hospital en plena convulsión o con paro cardiorrespiratorio.
Aquí se necesita mucha acuciosidad del médico para poder sospechar que está frente a una situación de maltrato, porque frecuentemente el adulto dice que el niño estaba bien y de repente amaneció malito”, advierte Loredo.
Y es que antes de confesar su culpa, los agresores o sus cómplices se inventan todo tipo de historias. La salida más fácil es decir que el niño se cayó, se accidentó o se hirió solo.
A veces nada más una radiografía médica puede convertirse en la voz del niño maltratado. Y la pericia de los doctores para desenmascarar al agresor es la diferencia entre la vida o la muerte.
En 2010 se perpetraron 192 homicidios de niños menores de cuatro años, según datos del INEGI. Veinte por ciento ocurrieron en el Estado de México, en donde Owen por poco se convierte en parte de la estadística.
Vamos a suponer que el niño llega al hospital con una fractura, que el médico le tomó la radiografía y observa que esa fractura tiene forma helicoidal, es decir, consecuencia de una torsión y no de una caída como plantea el adulto; al ponerle la férula el doctor cumple con su labor y no, porque, si no denuncia, mañana a lo mejor el niño llega muerto”, alerta el médico.
Es más, la UNICEF ya ha advertido que de los 33 países de la OCDE, México es donde más violencia física, abuso sexual y homicidios se cometen en contra de menores de 14 años.
Por eso es indispensable que los doctores trabajen de la mano con los Ministerios Públicos, porque ellos son los encargados de diagnosticar las huellas del maltrato, pero las autoridades responsables de investigar los hechos.
Los médicos han logrado identificar que los hijos no deseados, con malformaciones congénitas, enfermedades crónicas o con déficit de atención son un foco rojo del maltrato infantil.
Mientras que los peritos de las Procuradurías estatales poco a poco han ido perfilando los rostros de los agresores: la mayoría son las propias madres; rondan los 30 años; entre el tres y cuatro por ciento tiene el rol de padrastros y madrastras. Y aunque podría pensarse que están locos, apenas 10 por ciento padece de alguna enfermedad mental.
Pero aun con todo lo que ya se sabe sobre el fenómeno, sólo 10 por ciento de los casos en los que el DIF podrá comprobar el maltrato será denunciado. Eso sin hablar de todas las miles de historias que aún permanecen escondidas, esos infiernos que, quizás, se estén desencadenando en la puerta contigua de nuestro hogar.
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