Gianni Rivera, il ragazzo d’ oro
Su técnica y visión de juego enamoraron a la afición, pero no a la prensa italiana, adherida para siempre a la teoría y práctica del catenaccio

CIUDAD DE MÉXICO.
El debate en futbol es llamarada. Los italianos acuerdan, con unanimidad fulminante, que el podio de sus mejores jugadores lo integran Giuseppe Meazza y Roberto Baggio y, entre éstos, Gianni Rivera, la indiscutible estrella de la azzurra en México 70. Pero con las medallas empiezan los problemas. ¿Quién para la de oro? En todo caso, aseguran los enterados, hay en el calcio un antes y un después de Gianni Rivera.
El Mundial mexicano de hace medio siglo representó una escalada para el equipo italiano. Terminó primero del Grupo 2, desde luego, pero con un gol a favor, el de la victoria contra Suecia, y dos empates a cero ante Uruguay e Israel. Su desempeño en la primera fase dejó la moneda en el aire. Italia cruzó el Atlántico para disputar la IX Copa del Mundo como campeón de la Eurocopa del 68 y con el mejor jugador del Viejo Continente, Gianni Rivera, Balón de Oro de 1969, pero salió abucheada tras protagonizar un cuarteto de roscas.
Once años atrás de la cita mundialista, Rivera, un niño de 15 años, delgadito y frágil, irrumpió por sorpresa en la Serie A con el Alessandria. El Milan, donde se hizo ídolo, le echó las redes y no lo soltaría hasta su retiro, en 1979. Su estilo fue revelación y ruptura. Parecía ser el mejor amigo del balón, fábula del Ragazzo d’ oro (El niño de oro), como fue conocido. Su técnica y visión de juego enamoraron a la afición, pero no a la prensa, adherida para siempre a la teoría y práctica del catenaccio, término atribuido al influyente periodista deportivo Gianni Brera (autor del concepto líbero) que, en síntesis, expresa el “carácter italiano”, siempre dispuesto a la refriega. El primer ministro británico Winston Churchill dejó un memorable aforismo al respecto: “Son curiosos los italianos. Pierden la guerra como si fuera un partido de futbol y juegan al futbol como si fuera la guerra”.

En ese contexto, la excepción, y secreta esperanza, fue Gianni Rivera, negado al sacrificio, pero sibarita para hacer las cosas que ningún otro italiano era capaz. “Rivera juega al futbol en prosa, pero su prosa es poética”, observó el cineasta Pier Paolo Pasolini, un tifoso empedernido.
En cuartos de final, el 4-1 sobre los anfitriones, con un tanto de Rivera, fue el impulso para el dos veces campeón mundial, que se citó en semifinales con Alemania, en El partido del siglo. Ahí, Rivera se quitó un peso de encima en cuestión de segundos, pues en el 3-3 de los germanos resguardaba el poste izquierdo. Un minuto después anotaría el gol más recordado de su carrera para un maravilloso 4-3. El tiempo y el balón forman una gran quimera dentro de la cancha.
En el Azteca, en la final, el técnico Ferruccio Valcareggi lo mandó al campo hasta el minuto 84, en la caída por 4-1 ante Pelé y compañía, que el propio Pasolini resumió: “… lo que sucedió en México es que la prosa estetizante italiana perdió ante la poesía brasileña”.
Alejado de las fantasías que se inventaba, Gianni Rivera se topó con la irónica realidad de la política. Desde 1987 ha sido un constante en el parlamento italiano y se especializó en Defensa, cartera que le fue asignada como subsecretario, a mediados de los 90. Asimismo, se hizo de un enemigo perfecto: Silvio Berlusconi. Entre rossoneri te veas.
AMU

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