Los tristes recuerdos del Estadio Nacional de Chile en la dictadura
A más de cuatro décadas del golpe de Estado de Pinochet, perduran en la memoria los días en los que el Estadio Nacional de Chile se convirtió en sitio de torturas
CIUDAD DE MÉXICO, 16 de junio.- En el Estadio Nacional de Santiago de Chile, donde ayer se enfrentaron chilenos y mexicanos, existe una zona en la que permanecen tablones en lugar de tribunas. Aquellos que preguntan, se enteran que el inmueble sufrió una remodelación en 2013, pero las autoridades decidieron mantener el espacio como recuerdo de aquel septiembre negro del 73, cuando el general Augusto Pinochet lo convirtió en el primer campo de concentración y muerte.
El estadio, situado en la comuna de Ñuñoa, al oriente de Santiago, fue el primer centro de detención y torturas que abrió la dictadura castrense encabezada por Pinochet tras derrocar al presidente socialista Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973.
Y justo en aquella zona del estadio, en los viejos tablones, era que permanecían los prisioneros, los simpatizantes de Allende, hasta escuchar su juicio. Abajo de dicha zona se encuentra el túnel número 8, por el que ingresaban a la cancha. Se le conoce también como el Túnel de la muerte, pues la mayoría que entraba por este túnel, estaba prácticamente sentenciado.
Durante la dictadura militar de Pinochet (de 1973 hasta 1990) se dice que tres mil personas fueron asesinadas o desaparecidas. En los dos meses que el Estadio Nacional sirvió como el primer campo de concentración (del 11 de septiembre al 19 de noviembre de 1973) se estima que siete mil personas fueron detenidas y 400 perdieron la vida.
El sociólogo estadunidense Adam Schesch, entrevistado en alguna ocasión por la revista chilena El siglo de los hombres libres, relató que, junto a su esposa, pasó varios días detenido en el Estadio Nacional, la primera semana del régimen de Pinochet.
“Fuimos testigos y oímos entre 400 y 500 ejecuciones por armas automáticas, ametralladoras de grueso calibre, de gente llevada en grupos de 10 a 20 personas. Por eso no entendemos la cifra oficial que sólo habla de 40 fusilados en este recinto deportivo, contó Schesch.
Explicaría el significado de la línea de la muerte: “empezaban a aparecer grupos de tres o cuatro hombres bien vigilados, con sus brazos bien amarrados y cara de preocupados. La guardia era de un soldado por cada dos personas. En la mesita podíamos ver otra vez un oficial haciendo chequeo en el registro. Se aglutinaba entre 15 y 20 personas ; cada vez el mismo ritual, todo perfectamente organizado”.
Schesch sigue su relato, consignando el documento que escribió al volver a Estados Unidos, hablando de lo que nunca vio, pero sí escuchó.
“Después de algunos minutos se pasa en esta dirección (apunta en el mapa hacia el interior del estadio), y desaparecen. Después que la fila se va, un oficial, siempre un oficial, nunca un soldado, controla qué estaba pasando: entra y enciende unos ventiladores inmensos que están frente a cada sala de detención, con la intención de que no se escuchen los disparos. Pero nosotros estamos más cerca, bajo los ventiladores, pegados al muro que da hacia la cancha y, por este accidente de la historia, escuchamos. El oficial sale y es obvio que entrega una señal al interior de la cancha, pues entre un minuto o minuto y medio después empezaron las ametralladoras. Pasados otro minuto o dos, vuelve el mismo oficial y para los motores. Esta era la única vez que se usaban los ventiladores, durante la salida a la cancha de una línea de la muerte, en ningún otro momento”.
En otro tramo de la entrevista, el sociólogo puso en duda la cifra oficial de asesinados en Chile durante los 17 años de Pinochet.
“Si murieron solamente tres mil personas, nosotros escuchamos más de un diez por ciento de todas las muertes en la primera semana de dictadura”, aseguró.
Cara o cruz
En el Estadio Nacional eran habituales los interrogatorios bajo presión, incluida la tortura física y sicológica. Gregorio Mena Barrales, exgobernador de Puente Alto –vecina a Santiago– y simpatizante del Partido Socialista, fue uno de los miles de detenidos y trasladados al estadio. Años después relató: “Todos los días dejaban libres a 20, 50 personas. Los llamaban por los altavoces. Los encuestaban. Les obligaban a firmar un documento declarando ‘no haber recibido malos tratos en el estadio (aunque algunos aún lucieran muestras de las torturas y los golpes). Todos firmaban, era el precio que había que pagar. Muchos volvieron a caer (nadie es libre en una dictadura y menos en una como la chilena). La mayoría de ellos se incorporaba a la lucha clandestina. Todos esperábamos oír nuestro nombre alguna vez en las Listas de Libertad, era lógico y legítimo. No éramos culpables de otra cosa que la de ser defensores de legitimidad constitucional. Con el correr de los días las graderías se fueron despoblando: muchos libres, otros asesinados en las noches y un par de suicidas”.
Para Silvana Escanella, quien fuera jefa de comunicaciones del Estadio Nacional, es recordar las amenazas de muerte de su padre por los comunistas. “Un tío se fue para Argentina y al saber que trabajaba en este estadio, la ironía y la rabia lo atormentaron”.
Relata que “en las escalinatas hacían subir y bajar a cada rato a los prisioneros, con los ojos vendados. Unos caían desfallecidos. Otros entraban por el túnel y no se les volvía a ver. Eso no se borra para los que perdimos familiares”.
A más de cuatro décadas de aquella pesadilla, son muchos los turistas que llegan a Santiago de Chile para conocer la macabra ruta por la que miles de chilenos debieron pasar en el gobierno de Pinochet. Sacan fotografías a los orificios de bala del 73, recorren Villa Grimaldi, Londres 38 y, en el Estadio Nacional, buscan cualquier huella de aquellos días de terror.
Sólo 40 dólares cuesta el tour, por cada persona que quiere conocer, husmear y oler lo que miles y miles de allendistas quieren tener en el olvido. Cruzar el Túnel de la muerte y escuchar los relatos de los civiles hechos prisioneros, mirar algunas placas que recuerdan las torturas, buscar algún orificio en los muros por alguna bala perdida y terminar en los tablones, arriba del túnel 8, donde los civiles esperaban el veredicto. Escuchar las voces castrenses pronunciar la palabra “libertad” o ser señalados para ingresar por el Túnel de la muerte.
El recuerdo de Víctor Jara
Víctor Jara (1932-1973) fue un cantautor de protesta, profesor y activista político chileno, militante del Partido Comunista de Chile, quien fuera uno de los opositores al régimen de Pinochet asesinados en aquel fatídico septiembre del 73. Tras el golpe de Estado, Jara fue detenido por las fuerzas represivas de la dictadura militar. Fue torturado y posteriormente asesinado en el antiguo Estadio Chile (cerca del Palacio de La Moneda), hoy llamado Estadio Víctor Jara.
El activista político fue detenido en dicho estadio y torturado durante cuatro días, con quemaduras de cigarro y simulacros de fusilamiento. Sería acribillado el 16 de septiembre del 73. Su cuerpo sería hallado con 44 impactos de bala, además de que le cortaron dedos de las manos y la lengua.
Desde ayer, el Estadio Víctor Jara (no confundir con el Estadio Nacional) sirve de refugio para personas en situación de calle. En el recinto se les da alimento y cobija para pasar la noche.
En una de las paredes permanece un poema del cantautor: “Somos cinco mil en esta pequeña parte de la ciudad./Somos cinco mil, ¿cuántos seremos en todo el país?/ Sólo aquí diez mil manos siembran y hacen andar las fábricas./ ¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror, locura!”






