La otra pasión de Bora Milutinovic
Bora recuerda su infancia en territorio serbio, entre la guerra y un tablero de ajedrez. Jugó con Lothar Matthäus, Radomir Antic, la china Zhu Chen y el jeque Hamad
CIUDAD DE MÉXICO, 24 de febrero.- Cada vez que Velibor Milutinovic (7 de septiembre de 1944) mueve el caballo negro, a la memoria llegan recuerdos de la vieja Yugoslavia. Cuando la posguerra lo obligaba a encerrarse con sus tíos y dos hermanos y no había otra que gastar el tiempo frente a un viejo tablero de ajedrez. Las piezas faltantes eran reemplazadas por figuras hechas con corcho de botellas, a la usanza del campeón serbio Svetozar Gligoric, Gran Maestro en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.
Bora charla desde Qatar, vía telefónica. Le extraña que la plática sea sobre torres, caballos y peones, pero le agrada la idea. Aunque centrarse en un tablero con cuadros negros y blancos lo remonta a su niñez, cuando tenía cinco años y de puntas alcanzaba a ver los juegos de ajedrez que se jugaban en casa de sus tíos.
Yo nací en Bajina Basta, en territorio serbio. Era la Yugoslavia del Mariscal Tito. De mis padres recuerdo muy poco, pues mi papá murió en la Segunda Guerra Mundial y mi mamá se apagó con la tuberculosis. Así que nos fuimos a vivir con unos tíos, mis hermanos Milos, Milorad y yo. En tiempos de guerra no había nada que hacer salvo entretenerse con un tablero de ajedrez o cartas. Jugábamos retadoras, por lo que el ganador de la partida se quedaba sentado frente al tablero. Si querías pasar más tiempo en la mesa, tenías que ser el mejor”.
Bora creció poniendo atención a los movimientos de su hermano Milos. En el futbol y el ajedrez. “Con Milos era jugar mucho ajedrez. Con él aprendí a utilizar estrategias en el tablero, a preferir las negras en lugar de las piezas blancas. También fue mi ídolo en el futbol. Los tres (Milos, Milorad y Bora) llegamos a estar en el Partizán de Belgrado y a vestir la camiseta de la selección yugoslava”.
En aquellos años, muchas casas de Yugoslavia carecían de zapatos y comida. Había muchos huérfanos y la ideología del Mariscal Tito dividía al pueblo. El Bora adolescente gustoso pateaba el balón, retaba a sus compañeros de colegio a utilizar las piezas blancas y mostraba orgulloso la bufanda roja que presumían los simpatizantes del Mariscal.
El Velibor Milutinovic que conocemos es aquél que comenzó a destacar en el futbol, aunque no tanto como su hermano Milos, a quien se le consideró por mucho tiempo como la Saeta Rubia de Yugoslavia. Bora y sus hermanos se refugiaron en el Partizán de Belgrado, por los bombarderos de la OTAN, y de ahí Bora probó fortuna en el Mónaco, Niza y Rouen franceses. Él reconoce que su espíritu aventurero y las ganas de alejarse de territorio bélico lo llevaron a fichar con un equipo mexicano del que no sabía de su existencia: los Pumas.
El año 1972 es imposible de borrar en la mente de Velibor Milutinovic. “En aquel año había mucha pasión en Serbia (todavía territorio yugoslavo) por el ajedrez. No se me olvida que miles de yugoslavos nos reunimos varios días en una plaza popular para mirar en una pantalla el duelo entre el campeón ruso Boris Spassky y el retador gringo Bobby Fischer”.
Los soviéticos llevaban 24 años de dominar el tablero y un americano se atrevía a desafiar al campeón del mundo. El duelo tuvo lugar en Reikiavik, Islandia, y se jugó del 11 de julio al 31 de agosto. Tras aplazamiento de 40 jugadas, Spassky decidió no presentarse más ante su antagonista gringo. Se rindió por teléfono. El capitalismo había derrotado al socialismo y Bora, ya con 28 años de edad, se encontraba fascinado, junto a otros yugoslavos en aquella plaza serbia.
Ese mismo año Bora, el futbolista, decidió probar fortuna en un estadio muy lejano: el Olímpico de Ciudad Universitaria.
A donde iba, siempre llevaba en la maleta mi tablero de ajedrez. En el club Partizán de Belgrado había buen nivel y tras los entrenamientos no faltaba el compañero de equipo que aceptaba jugar un par de partidas”. Igual que en su infancia, el que dominaba el tablero era el que más tiempo permanecía en las retas.
Bora Milutinovic hizo presencia en aquellos Pumas setenteros donde mandaban Paco Castrejón, Miguel Mejía Barón, Héctor Sanabria, el Gonini Arturo Vázquez Ayala y Aarón Padilla. Un poco después se incorporaría un caballo negro llamado Cabinho.
“¡Puro pichón!”, exclama Bora. No habla de futbol, sino de sus rivales mexicanos en aquello de mover el alfil, la reina y las torres. “Yo seguía con mi tablero, pero tenía pocos rivales”. Se le cuestiona al ahora estratega qué tan bueno es en esta faceta: “No soy bueno, soy muy bueno. Claro que si me ponen frente a un Gran Maestro, nada tengo qué hacer”.
Recuerda que entre sus rivales se encuentran sus amigos el también técnico y serbio Radomir Antic, así como el excampeón del mundo en Italia 90 Lothar Matthäus. “Una vez enfrenté a la china Zhu Chen cuando era campeona del mundo en ajedrez. Yo era entrenador de la selección china de futbol y era muy popular en aquel país. Cuando se enteraron de mi afición por el ajedrez, no dudaron en invitarme una partida informal ante su campeona. Me destrozó”.
Tampoco olvida los tiempos como seleccionado de Irak, cuando tuvo que ingresar a Bagdad entre morteros y atentados. “Normalmente entrenaba a la selección en Doha, pero a veces tenía que adentrarme en territorio iraquí. ¡Qué buenos son para jugar ajedrez!”, comenta Bora, quien aprovechaba los tiempos muertos para enfrentar a rivales ocasionales en un tablero que se transformó en computadora portátil.
Así llegó a Qatar, donde forma parte del comité organizador para el Mundial de Futbol 1922. Qatar es comandado por el jeque Hamad bin Khalifa al Thani, quien está entre los 20 hombres más ricos del mundo. Los 12 clubes de futbol en dicho país le pertenecen, como la cadena Al-Jazeera de TV y 200 mujeres que son sus esposas. Existen pocos mortales que pueden acercarse al jeque Hamad. Está prohibido mirarle a los ojos y hablarle, incluso para sus mujeres. Bora ha jugado con él, con un tablero de ajedrez entre los dos. Ha pasado horas en el palacio musulmán hablando de futbol, mientras la servidumbre y guardias, “ciegos y mudos”, hacen su trabajo de manera invisible. Contesta un poco en broma que “al patrón no se le puede ganar”.
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