Las salidas de guión del papa Francisco
Los discursos originales no serán, sin duda, los mismos, menos aun cuando a partir de hoy comience la parte más social de su viaje.

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
Es muy probable que Jorge Bergoglio no haya comprendido la realidad de nuestro país sino hasta el momento de su visita a Palacio Nacional. Un Zócalo vacío que ponía de manifiesto, aún más, la distancia entre las autoridades y la gente; eventos fastuosos, discursos grandilocuentes y, sobre todo, la zalamería de quienes han tratado de encontrar en su presencia una oportunidad de lucimiento personal: una sensación incómoda, sin duda, para alguien a quien su formación como jesuita le ha enseñado que para cambiar el mundo es necesario poner manos a la obra.
Bergoglio sabía lo que habría de encontrar, pero no hasta qué grado. Lo primero se infiere de los discursos cuidadosamente preparados, en los que los dardos aterrizan en el lugar preciso sin caer en estridencias; lo segundo, de su salida del guión original. “La misión es vasta y llevarla adelante requiere múltiples caminos. Y, con más viva insistencia, los exhorto a conservar la comunión y la unidad entre ustedes”, decía el mensaje justo antes de abundar sobre la necesidad de mantener la unión entre quienes dirigen la función episcopal en México. Sin embargo, no pudo resistir el énfasis proveniente de su patria profunda, seguramente sorprendido ante la inquina de la política eclesial endógena. “Esto es esencial, hermanos, esto no está en el texto pero me sale ahora: si tienen que pelearse, peléense, si tienen que decirse cosas, se las digan, pero como hombres, en la cara”, espetó tras haber escuchado, con certidumbre, la infinidad de intrigas y conjuras, verdades a medias y compromisos velados que caracterizan nuestra manera de hacer política, incluso en esos ámbitos. Inmediatamente matizó, en el afán de contemporizar: “…como hombres de Dios, que después van a rezar juntos, a discernir juntos y si se pasaron de la raya, a pedirse perdón, pero mantengan la unidad del cuerpo episcopal”. La situación, para provocar un exabrupto así, debe ser más complicada de lo esperado.
En Ecatepec, y tras vivir de nuevo los contrastes entre las atenciones brindadas por sus anfitriones y las condiciones de vida de un pueblo que observó, como sus gobernantes, desde las alturas, hizo referencia a las tentaciones que degradan a la sociedad. “Primera: La riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o ‘para los míos’ (…) Segunda tentación: La vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que ‘no son como uno’. La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la ‘fama’ de los demás, ‘haciendo leña del árbol caído’, va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la ‘común vida de los mortales’, y que reza todos los días: ‘Gracias te doy Señor porque no me has hecho como ellos’”.
Palabras que pronunciaba, probablemente, mientras reflexionaba sobre lo visto en los últimos días, y que reflejan por completo a la clase política y eclesiástica que vino a denunciar. Una realidad que debe diferir del diagnóstico inicial al conocer las cosas de primera mano, y que habrá de modificar el contenido y el tono de unos mensajes que con certidumbre fueron preparados para un escenario menos complejo.
Los discursos originales no serán, sin duda, los mismos, menos aun cuando a partir de hoy comience la parte más social de su viaje y visite los estados de Chiapas, Michoacán y Chihuahua, donde el contraste entre el triunfalismo oficial y la realidad que asola a los indígenas, las comunidades en poder del crimen organizado y los migrantes lo lleve, de nuevo, a salirse del guión original. El Papa tiene los reflectores y conoce el impacto que pueden causar sus palabras: hay, todavía, mucho por escuchar.