Improvisados y cabareteras
Estamos a punto de iniciar, de nuevo, la vorágine electoral. La tensión se puede percibir en el ambiente, justo como ocurre en el hipódromo cuando los caballos comienzan a reunirse en el arrancadero. Pronto veremos los pendones, las mantas, los discursos grandilocuentes ...

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
Estamos a punto de iniciar, de nuevo, la vorágine electoral. La tensión se puede percibir en el ambiente, justo como ocurre en el hipódromo cuando los caballos comienzan a reunirse en el arrancadero. Pronto veremos los pendones, las mantas, los discursos grandilocuentes llenos de promesas que, todos sabemos, no habrán de cumplirse.
Lo sabemos como si asistiéramos al montaje de una obra que hemos visto ya muchas veces, en la que los actores cambian, pero la historia persiste: los que ahora son candidatos mañana tomarán tribunas, harán negocios millonarios, renunciarán antes de tiempo para buscar la siguiente posición. Los reflectores, los viajes al extranjero, las siestas descaradas a mitad de sesiones interminables que a nadie parecen interesar.
El problema es que, precisamente, las sesiones del Congreso de la Unión deberían de ser del interés de todos. Por un sinfín de motivos: la coyuntura internacional, los precios del petróleo, los tambores de guerra que comienzan a sonar otra vez en Oriente Medio. Las elecciones norteamericanas, la debilidad creciente de nuestras instituciones. Estamos viviendo las consecuencias de políticas equivocadas y actos de corrupción cometidos en flagrancia, mientras las espeluznantes cifras de los decesos producto de la lucha entre grupos delincuenciales siguen al alza.
La situación es alarmante: por un lado, la disminución de los precios del petróleo ha dado al traste con las previsiones económicas iniciales, y el gasto público ha sufrido un recorte brutal, que aplazará las expectativas de crecimiento; por otro, los esfuerzos de las instituciones de gobierno parecen no ser suficientes para traer paz a los territorios en que se ha perdido, ya sea por estar bajo el control del crimen organizado o porque la situación social se ha desbordado; por otro más, los escándalos de los últimos tiempos han agotado la confianza de la ciudadanía en unas autoridades que parecen estar más interesadas en su beneficio personal que en el de la comunidad que los ha elegido. Crisis económica, crisis de seguridad, crisis de confianza. Y crisis política, también. Las luchas entre facciones al interior de los partidos, los pleitos entre unos y otros, los arrumacos y los pisotones, las declaraciones llenas de rencor y las traiciones descaradas, son la nota cotidiana que ofrecen los partidos a una ciudadanía que no entiende cómo pretenden gobernar a un país quienes ni siquiera son capaces de gobernarse entre ellos.
Así, en este contexto de crisis convergentes, falta de liderazgo y pérdida de confianza, es increíble la frivolidad de quienes, al parecer, no han entendido que no entienden lo que está pasando. Es momento de hacer, de proponer, de salvar —sí, salvar— lo que nos ha costado tanto trabajo construir. Es momento de apuntalar al sistema con un Poder Legislativo fuerte, serio, profesional, en el que las ideas se discutan y se logren acuerdos para el beneficio del país. Es momento, justo como se ha dicho hasta el hartazgo, de recuperar la confianza.
Mucho se ha hablado del proceso de selección de candidatos, de la responsabilidad que deben asumir los partidos políticos ante sus malas decisiones. Así, hemos tenido desde gobernadores que endeudan a sus entidades por generaciones hasta diputados que tienen nexos probados con el crimen organizado, sin olvidar por supuesto a los alcaldes que en realidad son jefes de plaza del narcotráfico, sin que se tomen acciones al respecto. Sin que exista un compromiso claro de que no se postularán, al menos, candidatos que estén sujetos a una averiguación.
Por eso no sorprende que, quienes no pueden comprometerse a respaldar a los honestos, tampoco puedan hacerlo con los capaces. No sorprende, aunque sí asombra. Justo cuando necesitamos a los mejores, a los más preparados, a los que puedan llegar a acuerdos efectivos en situaciones complicadas, Morena somete al azar la decisión sobre quiénes llevarán un diálogo que de antemano sabemos que no les interesa sostener. Y, cuando creíamos que la frivolidad no podía ser rebasada, que la burla a la ciudadanía no podía ser mayor, el PRI decide postular a doña Carmen Salinas.
Éso es lo que nos ofrecen por nuestro voto, éso es lo que nos alcanza con el nivel de partidos que tenemos en la actualidad. Ésa es, también, la seriedad con la que responden ante los reclamos de la sociedad, ante el hartazgo al ver que nada ha cambiado. Ante la corrupción, ante la pobreza perenne, ante tanta sangre derramada. Ése es el nivel de debate que tendremos en la próxima legislatura. Ése, el de los improvisados de Morena y el de una anciana actriz de películas de ficheras, la apuesta del PRI para proponer y discutir sus ideas en el Congreso de la Unión. Así de serios, así de profesionales. Así de comprometidos.
El voto vale, y no podemos regalarlo a quien no lo merece. Sin embargo, es tan pobre, tan patética, tan insultante la oferta de los partidos políticos, que el abstencionismo sin duda será uno de los protagonistas en la contienda, lo cual, de forma irónica, favorece al partido en el poder. Por eso, las organizaciones de la sociedad civil deberían de promover e impulsar el voto deliberado, el voto otorgado en virtud de antecedentes personales y planes de trabajo, dejando a un lado el partido al que pertenezca cada candidato. Necesitamos elegir a los que van a trabajar realmente: no podemos quedarnos con los improvisados y las cabareteras.