La resiliencia federal
Supongamos por un momento que usted, nosotros, estamos interesados en emprender un viaje a un lugar determinado. Un trayecto largo, complicado, que desde ahora sabemos no será sencillo. Estudiamos las opciones disponibles, y desechamos las que no terminan de convencernos: ...

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
Supongamos por un momento que usted, nosotros, estamos interesados en emprender un viaje a un lugar determinado. Un trayecto largo, complicado, que desde ahora sabemos no será sencillo. Estudiamos las opciones disponibles, y desechamos las que no terminan de convencernos: proveedores que ofrecen llegar a un sitio que no es exactamente el que queremos, ofertas que evidentemente son demasiado buenas para ser realidad, capitanes que están más interesados en la gloria personal que en la seguridad de los pasajeros. Opciones que, tras discutirlo entre todos, decidimos no aceptar.
Uno de ellos, sin embargo, parece tener algo que convence a la mayoría. Se firma el contrato, con el resquemor de quien ya ha tenido malas experiencias con la misma empresa en otros viajes, pero creyendo en que la nueva generación será más capaz que aquella con la que decidimos, en algún momento, no seguir teniendo tratos.
El viaje comienza entre promesas, en una ruta en la que todo parece dispuesto para asegurar que llegaremos a buen término. Sin embargo, y conforme avanzamos, comenzamos a descubrir los mismos rasgos que observamos —y aprendimos a temer— en el pasado, y que en su momento no nos llevaron a buen puerto, con el agravante de una soberbia que impide al timonel bisoño aprender de los errores que cometieron sus antecesores, a pesar de las reiteradas promesas en sentido contrario.
Así, el capitán se topa con el primer obstáculo serio, tan sólo para mostrarse pasmado ante una realidad que no se adapta a sus planes. Sin saber cómo responder, cómo reaccionar, sigue decidiendo qué hacer sin cambiar el rumbo y se encuentra con un escollo aún mayor, fruto de sus propios errores. Los pasajeros se indignan, y exigen una solución que permita seguir con el rumbo prometido, mientras quien tripula no atina a encontrar la salida sin reconocer que se equivocó, y parece apostar a que creamos en que estar en esa tormenta es, si no lo normal, de ninguna manera su responsabilidad. Aunque él tuviera el timón, aunque nos hubiera prometido que no volveríamos a enfrentarnos a lo mismo, aunque todo indica que las tempestades se sucederán a lo largo del viaje entero.
Pocas cosas puede haber tan espeluznantes como ir a bordo de un buque sin control, en el que el capitán no es capaz no sólo de retomar el mando, sino de saber interpretar las señales que arroja el tablero de mandos. Un bajel en el que las alertas se han disparado, pero se prefiere ignorarlas con tal de no reconocer errores que sólo confirmarían lo que, para cada vez más pasajeros, tiene más de certeza que de sospecha: si seguimos así, no llegaremos al destino prometido.
Los pasajeros comienzan a amotinarse, y la tripulación pretende que el vendaval simplemente pase sin cambiar nada. Crece el descontento y se pierde la credibilidad, en una coyuntura en la que todos los esfuerzos, toda la energía, deberían dirigirse hacia salvar una nave por la que todos se han dejado de preocupar, cegados por sus propios intereses. Estamos perdiendo momentos preciosos y seguimos discutiendo sin darnos cuenta de que el entorno ha cambiado, de que hay que atender lo urgente antes que lo importante.
Lo urgente es entender que en el horizonte se presentan nubarrones externos que, efectivamente, no son la culpa de quien lleva el timón pero que, sin duda, podrían comprometer aún más el éxito de un viaje cuyos alcances reales tendríamos que revisar ante las circunstancias actuales. Y reaccionar ante ello de manera inmediata, porque encallar de nuevo no es una opción: ya hemos perdido demasiado tiempo. Los problemas son reales, y las decisiones no pueden someterse a lo que se planeó en un principio, sino a lo que tiene que resolverse en el momento, sin tener que variar el rumbo definido. Es cuestión de resiliencia, entendida como la capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite, y sobreponerse a ellas. Y si algo hace falta en estos momentos es, precisamente, eso.
El entorno global está cambiando a pasos agigantados, y las condiciones económicas son afectadas gravemente por la disminución en los precios del petróleo, lo cual sin duda cambiará por completo los planes del gobierno federal, y obligará a tomar decisiones que no estaban previstas inicialmente. ¿Cuál es la capacidad de resiliencia de la administración actual? ¿Podemos esperar nuevas estrategias, nuevas medidas para impulsar la economía y detonar un desarrollo perceptible en el bolsillo de la población? El gobierno debería de ser flexible, debería de ser capaz de aprender y adaptarse, pero incluso en condiciones en las que el margen de maniobra era superior no pudo lograrlo. ¿Qué pasará, en un entorno de falta de confianza generalizada, cuando los recortes al gasto público, propiciados por la situación económica global, den paso al alza en impuestos? ¿Qué acciones ejecutivas podemos esperar cuando ya todo el mundo parece tener la atención puesta sólo en las próximas elecciones?
Es necesario recuperar la credibilidad, como elemento clave de la gobernabilidad. Sin gobernabilidad, la situación interna, aunada a la externa, generaría un riesgo que, simple y sencillamente, no podemos asumir. Tenemos que encontrar una salida, y el reloj está corriendo.