#BringBack OurMichoacán

¿Qué pasa cuando un Estado no es capaz de brindar siquiera las menores garantías a sus habitantes?

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Víctor Beltri 12/05/2014 01:32
#BringBack OurMichoacán

Parece que sólo hace falta una chispa para que todo estalle. Y cómo no, si los ingredientes de una tragedia están presentes desde hace años, incubándose, madurando, combinándose entre ellos y degradando cada vez más a una sociedad que, simplemente, parece que no puede vivir en paz.

Por un lado, la gran paradoja de los recursos naturales. El Estado se ha convertido en una fábrica de pobres: a pesar de que cuenta con recursos abundantes, no ha sido capaz de explotarlos de forma que beneficien a la comunidad entera, y no tan sólo a unos cuantos. Las cifras sobre la pobreza, la exclusión social y el desempleo son escalofriantes, y no son sino un reflejo de las condiciones infrahumanas en las que sobrevive la población, y los jóvenes se ven obligados a migrar, en el mejor de los casos, de una tierra que no ofrece opciones a futuro diversas a las relacionadas con el crimen organizado. Así, no es poco frecuente ver a niños y adolescentes que comienzan su carrera criminal de la mano de las grandes mafias, alertando a sus miembros sobre los movimientos de la policía y el Ejército a cambio de ingresos que de otra forma sería imposible que alcanzaran.

La situación de los jóvenes es terrible y acuciante. A pesar de que este grupo constituye la mayoría de la población, las oportunidades que tienen para salir avante son más que limitadas, dada la educación deficiente con que cuentan. Y no sólo eso, sino que a las limitaciones de un sistema educativo anquilosado se suma la dificultad física para acceder a las aulas y la presencia de grupos armados que suponen un riesgo real para los estudiantes. ¿Quién puede superarse en un entorno así?

Las exportaciones locales, a pesar de ser abundantes, no se reflejan en la calidad de vida de los ciudadanos. Al menos, no en la de todos. La corrupción que se arrastra desde hace décadas en todos los niveles de gobierno constituye una verdadera sangría de los recursos públicos, y no es difícil encontrar el lazo entre política, corrupción, miseria y violencia: las clases dirigentes están involucradas hasta el cuello en una vorágine de corrupción que no puede ser calificada sino como sistémica, y que obstaculiza los planes de crecimiento del gobierno central que, a través de un ambicioso plan de reformas, pretende erigirse como una de las mayores economías del mundo.

El crimen organizado, sin embargo, se lleva los titulares. La sevicia de sus miembros ha dado la vuelta al mundo, y auténticas masacres tienen lugar ante la mirada atónita de unas autoridades que no han tenido más respuesta que declarar el estado de excepción en la región, sin grandes resultados. Los decesos se siguen acumulando y, desde el liderazgo de la organización, que sabe cómo utilizar a su antojo los medios de comunicación, el desafío a un Estado incompetente se tiñe de mofas en los mensajes difundidos por YouTube. Es tal la ineficacia de las autoridades que el máximo líder de los delincuentes ha sido dado por muerto, de forma oficial y equivocada, aun cuando seguía sembrando el terror entre la población y mezclando su mensaje de violencia con los arrebatos religiosos que lo han convertido prácticamente en líder de una secta, y le han llevado a tener incluso contacto con células terroristas en otros puntos del continente. El riesgo a la seguridad que representa este personaje ha llevado incluso a que las autoridades norteamericanas pronuncien públicamente su preocupación por detenerlo y ofrezcan una recompensa de varios millones de dólares por cualquier información que conduzca a su captura.

La situación es más que delicada, y la población se encuentra a merced de los delincuentes. El esfuerzo del Estado no ha rendido frutos, y el Ejército y las fuerzas de seguridad han tenido que recurrir, incluso, a la formación de grupos de autodefensa, mismos que no han sido capaces de acotar, que ni siquiera de terminar, el problema. Al contrario, si tenemos en cuenta los últimos acontecimientos que han puesto a Nigeria en la palestra mundial.

Sí, Nigeria. Una nación en la que los jóvenes no tienen oportunidades, y terminan en las garras del crimen organizado. En donde la educación es deficiente, y la situación de violencia es apremiante. Un país que tiene petróleo en abundancia, recursos naturales generosos, pero que también tiene una corrupción sistémica que todo lo asfixia. Un país en el que ni las autoridades, ni las autodefensas, han podido solucionar un problema social, con raíces mucho más profundas, y que no pueden ser combatidas simplemente con modelos policiales, sino con medidas que ataquen directamente la pobreza, la desigualdad y la corrupción.

El líder del crimen organizado que sabe usar los medios y se burla de quienes lo persiguen se llama Abubakar Shekau, y ha logrado indignar al mundo entero con su más reciente tropelía, el secuestro de 200 niñas que cometieron, a su juicio, el pecado de asistir a una escuela de tintes occidentales. Ahora amenaza con venderlas como esclavas, y la respuesta de la comunidad internacional no se ha hecho esperar, tanto a nivel gubernamental como al de los ciudadanos que suben a las redes sociales una foto con un cartel que, lleno de candidez, reza #BringBackOurGirls.

¿Qué pasa cuando un Estado no es capaz de brindar siquiera las menores garantías a sus habitantes? ¿Cuando la corrupción, a todos los niveles, es la norma? ¿Cuando uno sabe a qué hora sale pero no sabe si va a regresar? ¿Cuando cientos de personas pueden ser muertas, o privadas de la libertad, ante la ineficiencia de las autoridades?

Lo que pasa es un grito desgarrador, desesperado, por ayuda. Un grito que, tristemente, puede ser replicado en nuestro país: #BringBackOurMichoacán.

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