El difícil arte de sacar raja política

Las crisis son sucesos que sacan lo peor y lo mejor de la sociedad. La solidaridad y la mezquindad se mezclan peligrosamente. Son esas mismas tragedias las que muestran de qué están hechos los gobernantes y políticos involucrados. Voluntaria o involuntariamente se ...

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

Las crisis son sucesos que sacan lo peor y lo mejor de la sociedad. La solidaridad y la mezquindad se mezclan peligrosamente. Son esas mismas tragedias las que muestran de qué están hechos los gobernantes y políticos involucrados. Voluntaria o involuntariamente se convierten en oportunidades para catapultarse o hundirse. Están los que sacan raja política sin ningún pudor y los que la sacan de igual manera pero de una forma más discreta.

A nivel internacional hay casos que demuestran cómo una respuesta rápida y el manejo adecuado y eficiente pueden resucitar a los políticamente muertos. Con los atentados del 11 de septiembre, George Bush logró alcanzar un nivel de aprobación del 80%. Paradójicamente, otra crisis, la del huracán Katrina en diciembre del 2004, hizo que su popularidad nuevamente comenzara a irse en picada.

Más recientemente el presidente francés François Hollande se salvó de ser el presidente más impopular en la historia de Francia, gracias a la forma en que gestionó el atentado al semanario Charlie Hebdo. Subió en un par de días 21 puntos de aprobación.

No, en México no ha sucedido así, pero definitivamente no es por falta de ganas de los gobernantes, sino, básicamente por su incapacidad de reaccionar como estadistas, como líderes. Antes de tomar una decisión analizan los costos políticos y la forma en que los intereses de sus grupos se ven afectados. Quieren además salir triunfantes y reconocidos sin mancharse las manos ni arremangarse.

El terremoto de septiembre de 1985 dejó paralizado al gobierno de Miguel de la Madrid. La tragedia del ABC dejó con la boca abierta a Felipe Calderón y compañía, y ni qué decir del caso Ayotzinapa, que dejó la administración de Enrique Peña Nieto en el sótano de la aprobación y popularidad.

Estos casos tienen un común denominador: la respuesta tardía y equivocada. La falta de compromiso, y que se buscó más la forma que el fondo.

El jueves pasado hubo un lamentable accidente en el Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa, que provocó la muerte de tres personas y decenas de heridos.  Las reacciones que ahí se presentaron fueron sintomáticas de la forma en que actúan los gobernantes. Primero, el descontrol total, normal en una situación de crisis; después, el protagonismo de algunos actores, por ejemplo, el jefe delegacional de Cuajimalpa, Adrián Rubalcava. Él adoptó varias personalidades, fue multifacético. Primero se convirtió en un ciudadano común y corriente que pedía urgentemente ¡vía Twitter! la asistencia de ambulancias, como si él no fuera una autoridad local que podría coordinar a su área médica o llamar directamente a hospitales cercanos. Luego fue el vocero de la tragedia, aunque eso significara que diera cifras a diestra y siniestra del número de muertos. También fue elemento de protección civil cuando dijo que todo estaba controlado aunque grave, a pesar de que seguían sacando personas de entre los escombros. Finalmente decidió ser reportero gráfico y se dedicó a subir fotografías del lugar de los hechos, reportando qué autoridades iban llegando al hospital. Afortunadamente alguien “lo apagó” y dejó de ser un obstáculo.

No fue el único funcionario que le dio por declarar, al mismo tiempo estaban el secretario de Protección Civil, Fausto Lugo, y el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, dando cifras y datos, todos distintos.

Fue en ese momento cuando Miguel Ángel Mancera asumió un liderazgo y el gobierno federal quiso también hacerse presente. Se hizo lo que el manual más elemental de crisis sugiere: visitar el lugar, acompañar a las víctimas, recuperar el control, dar la misma información para todos, no adelantar datos no comprobados, pero asegurar que se está trabajando en evitar más víctimas.

¿Qué vendrá ahora? Lo mismo de siempre: la comisión especial para la investigación del caso, el linchamiento contra la empresa y la amenaza de que les quitarán el contrato o la concesión, seguramente simulacros en todos los hospitales de la ciudad y en un par de semanas todo habrá pasado. Sí, éste es el país en que nos tocó vivir.    

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