Policías malos… y buenos

Los días que van de este año han sido dominados informativamente por las noticias que tienen que ver con la seguridad pública. No desdeño las inquietantes noticias económicas, pero éstas nos llegan, sobre todo, de fuera y no parece que podamos hacer nada como país ...

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Los días que van de este año han sido dominados informativamente por las noticias que tienen que ver con la seguridad pública.

No desdeño las inquietantes noticias económicas, pero éstas nos llegan, sobre todo, de fuera y no parece que podamos hacer nada como país para componer el desempeño de la economía china o por influir en las decisiones de los bancos centrales extranjeros.

Pasemos entonces al primer tema. Tres cosas han ocurrido este mes de enero que han merecido una gran discusión en la opinión pública.

Primero, el asesinato de la alcaldesa de Temixco, la perredista Gisela Mota Ocampo, a pocas horas de tomar posesión de su cargo.

Segundo, la recaptura de Joaquín El Chapo Guzmán, casi a los seis meses de su segunda fuga de un penal de máxima seguridad.

Tercero, el secuestro de cinco jóvenes veracruzanos, a manos de policías, quienes los entregaron a delincuentes.

En los tres casos, la parte central del debate es el papel de las fuerzas de seguridad.

En el caso de Morelos, el gobernador Graco Ramírez ha intentado reeditar, con una nueva camada de alcaldes, surgida de los comicios del año pasado, los acuerdos en materia de Mando Único policial que funcionaron con los anteriores ediles.

El nuevo año comenzó con la noticia de que el folclórico alcalde de Cuernavaca, Cuauhtémoc Blanco, no quería saber nada del Mando Único y que deseaba mantener el control sobre una policía municipal virtualmente inexistente.

En eso se dio el asesinato de Gisela Mota, en el municipio vecino, y hubo señalamientos de que el crimen se debió a que ella estaba dispuesta a entregar el mando de la seguridad al gobierno estatal, cosa que la banda criminal de Los Rojos no quería.

Posteriormente surgieron otras explicaciones del homicidio, no confirmadas. Entre ellas que Mota había hecho acuerdos con la banda rival, Guerreros Unidos, y que todo el trágico asunto derivó de un pleito político entre perredistas.

Sin embargo, los hechos de Cuernavaca y Temixco llevaron a otros alcaldes a rechazar el mando –o esa fue su excusa–, como ocurrió en Tlaquiltenango, donde el presidente municipal dijo que los funcionarios estatales a cargo de la seguridad han provocado más delitos de los que han impedido,

A eso, el gobierno estatal respondió con imputaciones al alcalde Enrique Alonso Plascencia, en el sentido de que él estaba involucrado en la delincuencia organizada.

El 8 de enero ocurrió la reaprehensión de El Chapo Guzmán, en Los Mochis. Luego de un operativo de la Marina para capturarlo en una casa de seguridad, el capo huyó por el alcantarillado con un cómplice. Al salir a la superficie, robaron un auto, luego otro, hasta que fueron detenidos por policías federales, quienes los pusieron a resguardo hasta que llegaron elementos militares.

Ahí la sorpresa es que una llamada al número de emergencia, hecha por los ocupantes del segundo vehículo, alertó a la Policía Federal. Un par de oficiales de esa corporación detuvo a los delincuentes, pese a que uno de ellos iba armado con una pistola. Y después, en compañía de otros policías, llevaron al par a un hotel, donde esperaron refuerzos.

Lo más estimulante de esta segunda historia es que los policías federales cumplieron con su deber. Resistieron amenazas y tentaciones.

Finalmente, nos enteramos con pesar que un grupo de jóvenes que regresaba del puerto de Veracruz a la Cuenca del Papaloapan fueron detenidos en Tierra Blanca en un retén policiaco y posteriormente entregados a delincuentes.

Hasta ahora, no han aparecido, aunque los policías responsables ya están detenidos.

Muchos han comparado el caso Tierra Blanca con el de Iguala. Yo creo que es peor. Los policías que desaparecieron a los normalistas de Ayotzinapa eran municipales. Los de Veracruz eran estatales, regidos por un Mando Único, que también se corrompió.

No podemos sacar muchas conclusiones, por ahora, porque los casos están vigentes.

Pero éstas, sí:

1) El Mando Único no es una panacea. Hace falta tener a policías entrenados, certificados y comprometidos con la sociedad.

2) Necesitamos replicar el caso de los policías federales que detuvieron a El Chapo. Saber cómo fue que cumplieron con su deber.

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