Fuentes, Paz y las bellas cartas

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Pascal Beltrán del Río 19/05/2014 01:08
Fuentes, Paz y las bellas cartas

La sección cultural de nuestro diario —Expresiones, que coordina Víctor Manuel Torres— ha revelado una manera distinta de aproximarse a la obra de los gigantes de la literatura Carlos Fuentes y Octavio Paz: la relación epistolar que ambos sostuvieron durante más de un cuarto de siglo, entre 1956 y 1982.

Gracias al espléndido trabajo de reporteo de Virginia Bautista en la biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton, se pudieron conocer los entretelones de la amistad de esos escritores, que reventó por las distintas visiones que uno y otro tenían sobre la revolución sandinista en Nicaragua.

El intenso intercambio de cartas, telegramas y tarjetas postales —70 escritos de Paz a Fuentes, y 61 de éste a aquél— da cuenta de una relación entrañable marcada por la necesidad mutua.

Por la intensidad de los acontecimientos internacionales que marcaron la última década de vida de Paz —periodo que coincide con los diez años de desencuentro con Fuentes— quizá haya prevalecido la idea de que siempre se llevaron mal. Y eso es justamente lo que la revisión del archivo en Princeton echa por tierra.

Cualquiera que haya escrito cartas a lo largo de su vida —una práctica que tristemente se ha ido perdiendo en el vórtice de la modernidad— sabe que si pudiera reunirlas estaría en posesión del fascinante proceso de construcción de su pensamiento.

Pese a que la invención del fax y, sobre todo, el correo electrónico hayan decidido que las únicas cartas que lleguen ahora a nuestros buzones sean facturas y publicidad indeseada, el último lustro ha sido fecundo en la publicación de antologías de la correspondencia de grandes escritores y sus relaciones epistolares.

Entre las más destacables están la de las cartas que Louis Aragon envió a André Breton (2011), así como los dos primeros volúmenes de la nueva selección de correspondencia de Ernest Hemingway (2011-2013).

Éste último fue un gran generador de cartas. Se calcula en unas seis mil piezas el volumen total de su correspondencia, misma que ha tenido que ser recabada de 250 fuentes, pues el escritor —quien, por cierto, dejó dicho que no se publicaran sus cartas— no solía guardar copias de lo que enviaba.

A falta de editores que las censuren, las cartas suelen desnudar a quien las escribe, especialmente si la correspondencia es íntima y frecuente.

Por ejemplo, en una carta a Ezra Pound, escrita en 1924, Hemingway se dice casi desilusionado del oficio de novelista, y en otra, enviada a Marlene Dietrich en 1955, reconoce que le gusta imaginar a la ya madura diva del cine alemán “ebria y sin ropa” sobre un escenario de Las Vegas.

Entre mis favoritas está una de John Steinbeck enviada a su hijo Thom, en 1958, en la que responde a las inquietudes de éste sobre el amor juvenil.

“A veces ocurre —escribió el premio Nobel de literatura 1962— que lo que sientes no es correspondido por una razón u otra, pero eso no hace que tu sentimiento sea menos valioso y bueno… No te preocupes por perder. Si debe ser, será. Lo más importante es no apurarlo. Nada bueno se escapa”.

Aunque la añoranza de los tiempos idos no suele asaltarme, al leer las cartas de grandes como Fuentes, Paz, Hemingway y Steinbeck es imposible pensar que, al abrazar las nuevas tecnologías, hemos ganado en velocidad y eficiencia, pero hemos perdido en profundidad y emoción.

Hace un par de años, gracias a una vieja carta, descubrí un dato de mi padre que desconocía. Pese a que era un gran conversador, no recuerdo haberlo escuchado contar que en sus tiempos de estudiante en Francia, en los años 50, actuó como extra en la película Les Fanatiques, del director Alex Joffé.

Un día que pasé por París compré la película en la FNAC de la Sorbona, y en ella, efectivamente, encontré a mi padre, al lado del protagonista Pierre Fresnay, el mismo que había actuado 23 años antes en El hombre que sabía demasiado, de Hitchcock.

Tampoco podemos olvidar que las cartas han sido fuente de inspiración de la literatura. El poema Estrofas para recordar (1955), de Louis Aragon, no existiría si Missak Manouchian, el inmigrante de origen armenio que dirigía un comando internacionalista de la Resistencia, no hubiese escrito una bella carta a su esposa antes de morir fusilado por los nazis.

Asimismo, me pregunto cómo harán los biógrafos de mañana para reconstruir los intercambios escritos entre los hombres de hoy.

Es aún incierto el número de años que subsistirán los archivos electrónicos, y los mensajes que se envían por la red —el e-mail está siendo sustituido rápidamente por la mensajería instantánea— suelen ser fríos, cortos e impersonales.

Pero, lo más lamentable —y lo digo sin afanes nostálgicos— es que las nuevas generaciones jamás conocerán la inigualable experiencia de esperar la llegada de una carta, recibirla con júbilo, rasgar el sobre, sentir el papel en las manos, y leer y releer el contenido, que era una forma de entrar en el mundo del otro.

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