Una pa’ ti; otra pa’ mí

Sustentada en el artículo 34 de la Ley de Premios, Estímulos y Recompensas Civiles, que se promulgó durante el último año del gobierno de Luis Echeverría, la Condecoración Miguel Hidalgo es “la más alta presea que otorgan los Estados Unidos Mexicanos a sus ...

Sustentada en el artículo 34 de la Ley de Premios, Estímulos y Recompensas Civiles, que se promulgó durante el último año del gobierno de Luis Echeverría, la Condecoración Miguel Hidalgo es “la más alta presea que otorgan los Estados Unidos Mexicanos a sus nacionales, para premiar méritos eminentes o distinguidos, conducta o trayectoria vital ejemplar, relevantes servicios prestados a la Patria o a la Humanidad, o actos heroicos”.

Equivalente a la Orden del Águila Azteca, que se otorga a extranjeros para reconocer servicios prominentes prestados al país o a la humanidad, la Condecoración Miguel Hidalgo –dice la ley– se tramita en la Secretaría de Gobernación, por conducto de un consejo de premiación, integrado por miembros del gabinete presidencial y representantes del Poder Legislativo.

Aunque la condecoración no está atada a periodicidad alguna, no he podido encontrar sino una sola referencia a su entrega, en 1980. El 8 de mayo de ese año, el presidente José López Portillo la otorgó a tres personas.

“Los méritos de Ignacio Chávez, como médico y humanista; de Jesús Silva Herzog, como libertador económico, y de Nicolás T. Bernal, como luchador floresmagonista, fueron reconocidos y premiados”, dice la nota de Excélsior de la época.

Más allá de que pudieran ser cuestionables o no los méritos de aquellos condecorados –y a reserva de confirmar que dicho reconocimiento se ha entregado una sola vez en casi 38 años–, resulta difícil pensar en una persona que hoy pudiera recibir la Miguel Hidalgo sin desatar una polémica.

Es más, la lucha política seguramente complicaría la representación legislativa en un consejo de premiación cuyo objeto fuera designar a un mexicano, o grupo de mexicanos, cuya actuación ejemplar lo hiciera merecedor de la condecoración.

Simplemente veamos lo que ha venido ocurriendo con la Medalla Belisario Domínguez, que el Senado entrega anualmente desde 1954.

A raíz de que el PRI comenzó a perder el control del Legislativo en 1997, el abanico de opciones para recibir la medalla se abrió más allá de lo que entonces se llamaba la familia revolucionaria.

Hasta ese año, los personajes que la habían recibido contaban casi siempre con méritos realizados en ese mundo político.  Por ejemplo, Heriberto Jara, Isidro Fabela, Francisco L. Urquizo, Jesús Romero Flores, Gustavo Baz, Fidel Velázquez, Salomón González Blanco y Griselda Álvarez fueron algunos de los condecorados durante las primera cuatro décadas de existencia de la presea.

A partir de 1997 comenzaron a aparecer en la premiación nombres de personas ajenas al grupo que gobernaba el país desde 1929.

El primero fue Heberto Castillo, luchador de izquierda, ex candidato presidencial y fundador del PRD, a quien le fue otorgado de forma póstuma. Lo mismo sucedió con José Ángel Conchello, ex líder del PAN.

Con el primero de esos casos se discutió si era válido entregar la medalla a una persona fallecida, pero como existía el antecedente de José María Pino Suárez –fue recibida por su viuda, en 1969– se optó por aceptar la figura, seguramente sin saber que unos años más tarde se volvería más común que excepcional.

Durante los siguientes ocho años se hizo el esfuerzo de entregar la medalla a figuras de la cultura y las ciencias que no pudieran ser objetadas por alguno de los partidos, pero a partir de 2007 se estableció una rotación de facto para que cada año fuera una fuerza política distinta la que decidiera quién recibía la presea.

Pero no sólo eso: de las siete medallas Belisario Domínguez que ha otorgado el Senado desde entonces (en 2010 fue doble el reconocimiento), cuatro se entregaron de forma póstuma.

Hoy, nuevamente se otorgará la medalla a una persona fallecida: don Manuel Gómez Morin, el fundador del PAN, un hombre que sin duda tiene todos los méritos para recibir un reconocimiento por parte de su patria, pero cuya memoria de repente se ve lanzada a un ruedo político donde lo que cuenta es el toma y daca de los partidos más que el enaltecimiento, con visión de Estado, de la vida y obra de mexicanos ejemplares.

Nunca sabremos si Gómez Morin hubiera querido recibir una medalla que también recibió Fidel Velázquez (él, en vida). Tampoco, si le hubiera gustado recibirlo de manos del Presidente que sacó al PAN de Los Pinos y en momentos en los que el partido que fundó vive una profunda división.

Lo cierto es que parece que la única forma de reconocer a alguien en México –al menos en la parcelizada esfera política– es si los partidos toman turnos para proponer a los galardonados.

Y, como van las cosas, sólo si éstos están muertos, porque los vivos aparentemente causan suspicacias. Pero ¿de qué nos sorprendemos si así han funcionados cosas como el nombramiento de los integrantes del Consejo General del IFE?

Una posición pa’ ti; otra, pa’ mí. Un reflector pa’ ti; otro, pa’ mí. Así es la dinámica de la usurpación de la esfera del Estado que practican los partidos políticos.

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