La fuerza de la naturaleza
La corrupción ha hecho que el centro del país se convierta en una “bomba de tiempo” que ha comenzado a explotar.
Contra la naturaleza no hay quien pueda. Hasta el más avezado siempre termina derrotado por la fuerza de un huracán o la intensidad de un terremoto. Lo hemos visto siempre. A lo largo de la historia de la humanidad sobre la tierra, ejemplos sobran para demostrar que más nos vale a los seres humanos respetarla, ser amigables con ella, que llevarle la contraria. Y no sólo en cuanto a sus manifestaciones en el ecosistema se refiere. También vale lo anterior con el estilo de vida que la propia naturaleza nos ha enseñado. Siempre que el ser humano ha caminado en sentido contrario a ella, contra naturam dicen los filósofos, su fuerza implacable nos regresa al camino por donde siempre debieron haber marchado las cosas; es como el estado natural del planeta, con todo lo que ello implica.
Todo lo que estamos observando y padeciendo en este siglo XXI son las consecuencias del desorden humano en todos los sentidos. Si bien, las consecuencias de las tormentas y huracanes o de los sismos que ocurren en el mundo se pueden prevenir, cada vez es menos probable sobrevivir a ellos, principalmente por la forma en que hemos tratado al planeta en las últimas décadas y por la forma en que nos hemos congregado en las grandes ciudades para vivir: hacinamiento y sobrepoblación son desórdenes que van de la mano para desembocar en el surgimiento de verdaderos conglomerados humanos donde ya los servicios escasean y los alimentos y el agua cada vez faltan más.
Ejemplo de lo anterior es el Valle de México. Sumida en el peor desgaste de las últimas décadas, la Ciudad de México y su zona metropolitana es ya inhabitable. Lo han advertido los expertos y cada vez que ocurren desgracias derivadas de la fuerza de la naturaleza, sean lluvias intensas o, contradictoriamente, escasez de agua, exceso de contaminación o la destrucción causada por terremotos, siempre el origen de los daños es el mismo: ya no es posible seguir con el mismo ritmo de crecimiento y de desorden que impera en la urbanización de un sitio que ya colapsó y que requiere con urgencia su despoblamiento inmediato. Pero no, la corrupción que generan los negocios multimillonarios en torno de la sobrepoblación de la capital ha hecho que el centro del país se convierta en una “bomba de tiempo” que ha comenzado a explotar.
Fallas severas en construcciones, daños en la red de distribución de agua que mantiene en emergencia la zona oriente de la capital, colapso de vialidades y fallas constantes en los sistemas de transportes que entorpecen la movilidad hacen que el futuro se avizore complicado, si es que hay futuro y por cuánto tiempo.
No hay manera de ir contra la naturaleza que reclama ya sus espacios y que nos recuerda que habitamos en un planeta cuya corteza está viva; se mueve constantemente y afecta —querámoslo o no— la vida cotidiana de sus moradores. Es ahí donde la política tiene que ir en el mismo sentido en que va el planeta. Ya nada más falta que los gobernantes desoigan el clamor de la naturaleza, así como han desoído la voz de sus gobernados, a quienes pueden engañar a su antojo sin mayores consecuencias. Aquí no; aquí siempre habrá una consecuencia directamente proporcional al daño infligido a nuestra casa común. Lo estamos viendo, lo estamos viviendo. Principalmente, quienes han perdido a un familiar en los recientes terremotos o que lo han perdido todo, incluso las ganas de vivir.
