Lecciones históricas

México atraviesa por un momento sumamente complicado; desde el 2008 estamos viviendo una doble crisis: la económica, como parte de la mayor convulsión financiera global de la que se tiene registro desde 1928; y la social, expresada en una inmensa mortandad que ha generado un malestar y un dolor social como el que hace mucho no teníamos registro.

Es imposible no sentirse consternados y no experimentar un genuino escozor al analizar los datos que el INEGI tiene en torno a la mortalidad por homicidios. Entre el 2008 y el 2013 han fallecido por lesiones intencionales un total de 135,809 personas.

Todos los muertos son siempre muertos de verdad; no se trata de datos ni de números. Cada una de las estadísticas resume —si es que eso es posible— un entorno de dolor y desolación; de pérdida absoluta porque la ausencia de los muertos es siempre absoluta.

La sombra de la muerte amenaza a todas y a todos, pero en particular a los más jóvenes: en efecto, del total de homicidios cometidos en el periodo señalado, en 1,582 casos las víctimas tenían menos de 10 años; 1,183 tenían entre 10 y 14 años; 11,579 tenían entre 14 y 19 años; 19,549 entre 20 y 24; mientras que 20,542 tenían entre 25 y 29 años de edad. Esto significa que en cuatro de cada 10 homicidios las víctimas tenían menos de 29 años. Hay que agregar que 36,492 víctimas más tenían entre 30 y 39 años de edad; así, al considerar esta cifra, la proporción se eleva a dos de cada tres víctimas con menos de 39 años de edad.

México ha pasado en distintos momentos de nuestra historia por episodios realmente dramáticos. En el siglo XIX logramos el triunfo en la revolución de Independencia; pero también padecimos dos intervenciones extranjeras y atravesamos por la más cruenta dictadura de nuestra vida independiente.

En el siglo XX la Revolución Mexicana generó una nueva perspectiva de libertad y bienestar y se logró derrotar al último intento de restauración que significó la Guerra Cristera en la tercera década del siglo pasado.

Mañana se conmemoran 153 años de la Batalla de Puebla, y todos estos ejemplos deben ser puestos en perspectiva; porque si bien los contextos y circunstancias siempre estarán determinados por las particularidades históricas, lo cierto es que las lecciones que tenemos nos muestran que la convicción de que la libertad y la justicia merecen ser defendidas a toda costa, siempre dejará saldos ejemplares para la nación.

Entenderlo así, sin embargo, implica dos cuestiones esenciales. La primera, tener la conciencia y claridad suficientes para comprender que la historia no es sólo la narración de los hechos pasados, sino la memoria viva, pensada pero también posible sobre lo que podemos y debemos llegar a ser.

La segunda, implica una enorme generosidad y una vocación de servicio público —en el sentido más amplio del término— a prueba de todo; es decir, un actuar apegado siempre al mandato constitucional en la convicción de que sólo a través del cumplimiento de los derechos humanos —como es vigente ahora— podremos convocarnos permanentemente a un esfuerzo colectivo compartido.

Nuestra historia está plagada de ejemplos de grandeza de miras, de sacrificios sin límite ni regateos: Hidalgo, Morelos, Juárez y Zapata son sólo algunos nombres que, en su inmensa humanidad, nos convocan, sin ser escuchados en la mayoría de las ocasiones, a actuar con sentido histórico; es decir, con base en la congruencia y en la magnitud, así como en las dimensiones que exige ser parte de esta inmensa y gran nación que somos, y que estamos obligados a mantener a flote y con, cada vez, mejores perspectivas.

Renunciar a la convocatoria permanente de nuestra historia nos convierte en personajes frívolos e indolentes ante una realidad insostenible, y ante un dolor que, en muchos territorios y regiones, es ya insoportable.

Frente a todo ello, lo más sensato es, sin duda alguna, actuar con base en lo que nos pueden enseñar las lecciones de la historia.

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