Un gran país
México sigue siendo, a pesar de los efectos del cambio climático y de los procesos de deterioro y daño ambiental que hemos generado, uno de los 10 países mega-diversos del planeta. Tenemos una de las 20 economías más grandes del mundo y contamos con 10 mil kilómetros de litorales. Somos, además, uno de los 20 países con mayor cantidad de población, con el componente adicional de que la nuestra, a diferencia de lo que ocurre en otras latitudes —Japón, por ejemplo— es una poblaciónmayoritariamente joven; en efecto, en el Censo del 2010 el INEGI estimó en 26 años la edad mediana del país.
Por si fuera poco, somos depositarios de tradiciones históricas y culturales envidiables a nivel mundial: contamos aún con 63 lenguas originarias vivas; nuestra comida y la música de algunas regiones forma parte del patrimonio intangible de la humanidad; y somos uno de los países con mayor número de sitios que forman parte del catálogo del patrimonio cultural de la humanidad.
A pesar de que estamos lejos de una situación ideal, nuestra infraestructura productiva es quizá —sólo con la competencia real de Brasil y de Panamá en algunas áreas—, la más importante y consolidada de América Latina. Nuestra red carretera es inmensa; las perspectivas de mejora de la infraestructura aeroportuaria son alentadoras; y las mejoras en la infraestructura portuaria y ferroviaria de los últimos años son notables.
Si esto es así, ¿por qué entonces seguimos siendo un país con tanta pobreza? ¿Y por qué también hemos fracasado históricamente —desde el diagnóstico de Von Humboldt hasta nuestros días— en lograr un quiebre de la desigualdad que siempre nos ha caracterizado?
Al respecto, el rector José Narro ha planteado un diagnóstico desde el que puede sintetizarse uno de nuestros problemas mayores y de fondo: hemos sido capaces de construir rescates de todo tipo: bancarios, carreteros y hasta políticos, pero no hemos tenido la grandeza de miras de construir un verdadero rescate social de México.
A la grandeza histórica, económica, medioambiental y cultural de nuestra nación, le hace falta, como correlato en el mundo de la política, la grandeza espiritual de sus dirigentes; sin embargo, lo que nos ha caracterizado casi siempre —con momentos históricos excepcionales— es la mezquindad, el encono, la envidia y los peores valores políticos que se han traducido en autoritarismo y violencia en distintas dimensiones y magnitudes.
El gran país que somos y el que podríamos ser, no puede cimentarse sobre los ríos de violencia y los océanos de desigualdad y pobreza que hoy están en la base de nuestra sociedad y que amenazan con convertirse en peligrosos sedimentos históricos que podemos y debemos evitar a toda costa.
Estamos urgidos de grandes hazañas, nos ha dicho el rector de la UNAM; y, a diferencia de otros momentos en los que fue necesario el derramamiento de sangre, las hazañas a que estamos obligados tienen otra tesitura: erradicar el analfabetismo; abatir la tasa de mortalidad infantil y la razón de mortalidad materna al menos a la par de la que tienen los países de la OCDE.
Estamos ante el reto y la oportunidad de construir un sistema de seguridad social de cobertura universal y de calidad; tenemos que garantizar a más tardar en el año 2020, acceso universal al bachillerato y en el 2025 acceso universal a universidades públicas de calidad, vanguardia y capacidad de innovación.
Podemos construir un sistema justo de reparto de la riqueza; y un modelo de crecimiento y desarrollo que permita un futuro de bienestar para las futuras generaciones.
Lo anterior requiere, sin embargo, una audacia a prueba de todo, así como una enorme generosidad de todas y todos para generar nuevos arreglos políticos para la igualdad; porque de no hacerlo estaremos condenados a repetir nuestro error histórico en el que hoy estamos, el cual consiste en mantener un país de privilegios para unos cuantos, a costa del bienestar de una inmensa mayoría.
