Raúl Zermeño: teatro y ética
Sus alumnos le decían el Zar y dedicó su vida a las tablas, el cine y la docencia.
Hoy que se acumulan en México las acusaciones en contra de miembros del Ejército y de policías municipales por crímenes espeluznantes contra jóvenes; hoy que el horror de seres humanos descuartizados, desollados, masacrados se ha instalado como espectáculo en la plaza pública, en los medios masivos de comunicación, en las redes sociales; hoy que los discursos de los políticos son una expresión extrema de la falta de lógica, un despliegue continuo de insostenibles mentiras, me viene a la memoria la pregunta que se hiciera Raúl Zermeño en nuestro último encuentro en la edición 34 de la Muestra Nacional de Teatro, celebrada en Durango, en 2013: ¿Cuál es el sentido del teatro en una sociedad que ha puesto por encima de todo la conquista del poder y del dinero?
Acudí el 22 de noviembre a la gran fiesta del teatro nacional a presentar la estremecedora investigación de Ileana Diéguez, Cuerpos sin duelo, iconografías y teatralidades del dolor, en un acto que tuvo lugar durante la mañana en el Museo de Historia y Artes, Palacio de los Gurza.
Entre el público, en primera fila, estaba Zermeño, quien siguió atento las palabras de la autora del libro, las de Rocío Galicia, Enrique Mijares, Gabriela Halac, Raquel Araujo, mi intervención y el original homenaje al trabajo de la investigadora sobre el arte en tiempos de violencia que hizo Antonio Zúñiga, quien llevó una banda de música para que cerrara el acontecimiento.
En la ceremonia inaugural de la Muestra, unos días antes, Raúl Zermeño, Abraham Oceransky y Gerardo Moscoso habían recibido la Medalla Xavier Villaurrutia por sus contribuciones al teatro mexicano.
En la tarde me tocó sentarme junto a Zermeño durante una función de teatro y luego cenamos con Moscoso. Con humeantes platillos enfrente, Zermeño afirmó: “Puedo entender que los jóvenes cometan errores aún elementales de actuación y dirección, eso se justifica por la falta de experiencia; lo que no se puede tolerar es que se suban al escenario sin saber por qué, para qué, desprovistos de sentido, movidos por el afán de autoexhibirse, en desplantes narcisistas, regodeos en la banalidad.”
Zermeño, a quien sus alumnos le decían el Zar, dedicó su vida al teatro, el cine y la docencia. Hombre de tempestades, rebelde, insumiso, inició su formación en la Escuela de Arte Teatral del INBA, cuando la dirigía Salvador Novo. Diez años más tarde, en 1972, se hizo maestro en Arte en la Escuela Nacional Superior de Realización Cinematográfica, Cine, Teatro y Televisión de Lodz, Polonia.
Trabajó como actor con Lola Bravo, Rafael López Miarnau, Germán Castillo y Luis de Tavira. De 1963 a 2010 dirigió 36 puestas en escena, en México y en Polonia. Su versión de Lisístrata, de Aristófanes, formó parte del repertorio del Teatro Wspólczesny de Wroclaw, durante dos años, y su montaje de La ópera de los tres centavos, de Brecht, se mantuvo una década en el repertorio de la compañía estable de Nowy.
En México fueron memorables sus versiones de El viaje superficial, de Jorge Ibargüengoitia; Ratas, ratas, a partir del texto de El retablo del flautista, de Jordi Teixidor, y de La boda, de Brecht. En escena está el último trabajo en el que participó. Se trata de Dos mujeres, que se puede ver en el Círculo Teatral.
Raúl Zermeño colaboró para este montaje en la adaptación del texto de Perlas a los cerdos, de Alejandro Román Bahena, con Ofelia Medina y en una propuesta de dirección que la enfermedad no le permitió llevar hasta el final.
El hombre a quien algunos cercanos llamaban Zoroastro, fundó la compañía titular de teatro Ateneum, y de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana. Fue director del Centro Universitario de Teatro (CUT) de la UNAM y participó en la elaboración del nuevo plan de estudios de la Licenciatura en Arte Dramático de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM).
La trayectoria en cine de Zermeño, como da cuenta el recomendable perfil que le dedicó la revista Paso de Gato, (número 57, abril-junio de 2014) fue también destacada. Andrzej Wajda lo invitó a formar parte de su unidad de producción.
Raúl Zermeño murió el 3 de octubre pasado a los 76 años, en la Ciudad de México. Su vida la celebran alumnos de varias generaciones que aprendieron de él la exigencia de integridad ética, crítica y estética en la práctica del arte.
Aquella noche en Durango, cuando el maestro se hizo la pregunta: ¿qué nos toca hacer a quienes nos dedicamos al teatro en esta sociedad dominada por la obsesión del éxito y el dinero, cada vez más desigual, impune y depredadora? Él mismo se respondió: “Nos toca la urgente labor de incendiar de verdades imprescindibles los espacios minados por las mentiras del poder”.
