Mi hermosa herencia en París
Sin duda, lo mejor de esta película es el cuadro de actores, particularmente Maggie Smith, que seguida por Kristin Scott Thomas y Kevin Kline, interpretan una película cargada de clichés y muy previsible, aunque innegablemente entretenida. Con el horroroso título en ...
Sin duda, lo mejor de esta película es el cuadro de actores, particularmente Maggie Smith, que seguida por Kristin Scott Thomas y Kevin Kline, interpretan una película cargada de clichés y muy previsible, aunque innegablemente entretenida.
Con el horroroso título en español (por favor, las intenciones comerciales no pueden ir reñidas con el buen gusto) de Mi hermosa herencia en París, el original en inglés se titula My old lady-Mi vieja dama, así de simple. Se basa en la obra de teatro That old lady-Esa vieja dama, escrita por Israel Horowitz, quien la dirige y la adapta para el cine. Es una coproducción Estados Unidos-Reino Unido-Francia, de 2014.
La acción se ubica en un barrio parisino al que llega Mathias Gold, un escritor neoyorquino frustrado, cercano a los sesenta, con tres divorcios a cuestas, peleado con la vida, sin un centavo, y que ha recibido como herencia de su padre, con quien tenía una pésima relación, un departamento en ese vecindario, que él piensa resolverá sus problemas y le dará la oportunidad de iniciar una nueva vida. A Kevin Kline el personaje le queda bordado.
Cuando llega al descuidado departamento se encuentra con que está habitado por una anciana de origen británico, Mathilde, Maggie Smith, como siempre robándose películas o series de televisión, y su hija soltera Chloé quien ronda los cincuenta, otra gran actriz, Kristin Scott Thomas, quien curiosamente estrenó dos películas en nuestras carteleras el viernes pasado. La otra es Suite Francesa, ya comentada en este espacio. Por desgracia el guión no le permite a Scott Thomas hacer demasiado por el personaje, lo que sí pueden hacer Kevin Kline y desde luego Maggie Smith.
En Francia ha empezado a ser relativamente común una forma de contrato de compra-venta de bienes inmuebles que data del siglo IX: viager. Un comprador adquiere una propiedad en menos de lo que vale, pero debe permitir que el vendedor viva en ella hasta su muerte, y para él poder vivir en la misma casa debe pagarle una renta. Suena hasta absurdo pues implica comprar algo de lo que no se puede tomar posesión de inmediato. El vendedor puede vivir cinco, 10 o 30 años, y mientras recibe una renta para tener al comprador hospedado en ¿la casa de quién? La única ventaja para el comprador es que pagó por ella mucho menos de lo que vale realmente.
Pues con este esquema se encuentra Mathias: su padre le compró la casa a la inofensiva y ya muy mayor Mathilde, y para vivir en “su” herencia debe pagar 2,400 euros mensuales. Esta convivencia forzada dará pie a muchas situaciones y descubrimientos agridulces. A lo largo del relato se va develando la muy previsible basura que Mathilde guardaba debajo del tapete, y que afecta, o más bien trastorna, las vidas de Mathias y Chloé. Mathilde tiene 92 años y morirse no parece estar en sus planes.
El género es ambiguo. De pronto estamos ante una dulce, sencilla y romántica comedia con música muy parisina de Mark Orton (Nebraska), como entramos a un drama familiar entre traumas de la infancia, reproches, y hasta intentos de suicidio. Las tramas se complican demasiado y se resuelven de manera precipitada.
Aun así, Mi hermosa herencia en París se deja ver por el gran talento de los tres protagonistas.
