El violinista del diablo

Esto de hacer películas biográficas de músicos tiene sus bemoles. O se contrata un gran actor que tiene que fingir ser un virtuoso de algún instrumento corriéndose el riesgo de que no convenza, o se acude a un experto reconocido en el piano o el violín, que ...

Esto de hacer películas biográficas de músicos tiene sus bemoles. O se contrata un gran actor que tiene que fingir ser un virtuoso de algún instrumento corriéndose el riesgo de que no convenza, o se acude a un experto reconocido en el piano o el violín, que difícilmente nos conmoverá con su recreación del personaje.

Éste es el gran defecto de El violinista del diablo (The devil’s violinist, Alemania, 2013) que registra una parte en la vida del legendario compositor y violinista italiano Niccolò Paganini, que para los primeros años del siglo XIX había seducido a toda Europa, a excepción de Londres. La conquista del público londinense es la parte medular de la película.

Se dice que Paganini era materialmente atacado por las mujeres que, enardecidas por su ejecución del violín, querían meterse de inmediato en su cama, a lo que él no se resistía. Hombre de apetitos también se caracterizaba por su extraña personalidad, desaliñada rayando en el descuido, muy alto y delgado, con una larga cabellera que agitaba sensualmente en el escenario.

El violinista del diablo está escrita y dirigida por Bernard Rose que obviamente prefirió los momentos de lucimiento de su actor, el conocido violinista David Garrett, a la oportunidad de explorar los abismos de la personalidad de Paganini, un hombre con cualidades interpretativas en la ejecución del violín tan peculiares que se decía que tenía un pacto con el diablo.

David Garrett es una suerte de rockstar del violín. Es un joven apuesto, sensual, de larga melena que sacude de manera melodramática cuando toca. Se ha presentado en escenarios de todo el mundo, incluyendo el Auditorio Nacional, combinando el rock, el pop y lo clásico con mucho éxito. Causa furor entre las mujeres y no pocos hombres. Lo que llama la atención de los expertos es su velocidad en la ejecución, característica que lo convirtió en un candidato interesante para encarnar a Niccolò Paganini en la pantalla, pero en esta vida no se puede tener todo, y el señor Garrett es un pésimo actor.

Ya en 1994 Bernard Rose se acercó a otro clásico en La amada inmortal-The inmortal beloved, en la que Gary Oldman se puso en la piel de Ludwig van Beethoven. En esta cinta, más lograda, se profundiza en la hosca personalidad del “sordo de Bonn”, su infancia atormentada, sus amores frustrados, su desesperación ante la pérdida del oído. La música es el marco de gran belleza a esta recreación del lado humano y sensible de uno de los más grandes genios que ha dado la humanidad.

En cambio El violinista del diablo, se privilegió el realismo en la ejecución del instrumento, sobre la descripción convincente del personaje. En efecto es impresionante la forma en que Garrett domina el violín y se interpreta a sí mismo, pero, ¿y Paganini?

El lado “profundo” de la historia lo aporta el personaje de Jared Harris, que como Urbani hace las veces de ese personaje enigmático que se acerca al músico, consciente de su excepcional talento, y lo orilla a un pacto retorcido para hacerlo famoso en todo el mundo.

Algunas inconsistencias acompañan al guión como la presencia de personajes que no tienen ninguna justificación en la historia. Tal es el caso de una periodista y crítica de arte del Times de Londres, interpretada por Joely Richardson que emula a George Sand en una caracterización recia y andrógina, muy al estilo de la escritora.  También hay errores como la aparición del hijo del músico sin que haya mediado matrimonio ni sepamos nunca quién es la madre, es decir, omitieron el nombre de la legítima señora de Paganini.

Ahora bien, de que David Garrett es un buen violinista no queda ni la menor duda, pero la historia que descansa sobre sus hombros, se desdibuja en los primeros minutos sin hacer justicia al personaje.

Es decepcionante.

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