Armando Manzanero

El miércoles pasado grabamos un programa de TV que conduce el maestro Armando Manzanero. Café Tacvba no suele hacer muchos programas de televisión en la actualidad. Nos invitan a varios, pero por una u otra razón declinamos. A veces no podemos ponernos de acuerdo, cada ...

El miércoles pasado grabamos un programa de TV que conduce el maestro Armando Manzanero. Café Tacvba no suele hacer muchos programas de televisión en la actualidad. Nos invitan a varios, pero por una u otra razón declinamos. A veces no podemos ponernos de acuerdo, cada uno opina algo distinto respecto a salir en televisión y a las connotaciones de ese acto. Pero con Armando Manzanero los cuatro integrantes dijimos que sí. Es difícil negarse si la invitación viene de una de las figuras más importantes de la música de nuestro país.

Recuerdo muchas veces haber comentado con mis compañeros nuestro gusto por las composiciones del músico yucateco. En casa de nuestros papás había una copia de ese disco tan famoso en donde el compositor y cantante está recargado en un piano con el fondo azul. En la época en que estábamos formando Café Tacvba y que escarbamos en la discoteca familiar, ése fue uno de los tesoros encontrados. Las canciones las conocíamos de siempre, quizá hasta las aborrecíamos porque nuestros padres las repetían una y otra vez. Seguramente no entendíamos su fascinación por la voz de tono nasal que salía de la bocina. ¿Cómo podía gustarles? Pero al escucharlo de nuevo, muchos años después, con oídos más atentos, más ávidos de encontrarnos con lo nuestro, ese disco se volvió imprescindible.

Alguna vez mis papás me platicaron que al aparecer, en el mapa musical, había gente que criticaba a Manzanero por sus letras. Demasiado modernas, decían. Que una frase como la de: “Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú...”, era una aberración. ¿En dónde está la poesía de eso? Yo no entendía a qué se referían mis padres. Supongo que, después de una vida de rocanrol, una frase así no espanta a nadie.

Pero luego comprendí que Armando Manzanero vino a revolucionar la forma de componer, la manera de decir las cosas. Si aceptamos que la mayoría de las canciones que existen son de amor, nos damos cuenta que es muy fácil repetirse. Manzanero encontró una nueva manera de decirle “te quiero” —con música— al ser amado. No es poca cosa.

Hace 20 años coincidimos con el maestro en un viaje a Bogotá, era la época de Re e íbamos a hacer promoción en Colombia, pues varias canciones de nuestro segundo disco estaban sonando mucho en la radio. El maestro nos invitó a comer y luego a su concierto en la noche. Por suerte nuestra estancia era de varios días.

Aprendimos muchas cosas, tanto de escucharlo hablar en la comida y ver su comportamiento, un caballero, como de verlo en concierto cantar una tras otra de sus composiciones y reconocerlas todas. Armando Manzanero es chiquitito, pero en el escenario, al tocar el piano y cantar, se hace enorme, del tamaño de su talento. En el programa se sentó con nosotros a conversar y fue un honor que se expresara tan bien de nosotros y de nuestra música. Era como estar con Yoda y, al decir esto, no quiero ser peyorativo, ¡al contrario!, quienes me conocen saben que admiro al Jedi.

Sí, era como estar con Yoda y nosotros unos padawan, los alumnos escuchando al maestro.

Los músicos que más admiro no son los virtuosos de su instrumento, sino aquellos que, con sus recursos, elevados o básicos, pueden conectar con el escucha a través de la música y letra, de ese matrimonio llamado canción. Soy un adicto a las melodías memorables, a los hooks de una pieza musical, a las frases que se te instalan en el cerebro por días y que, con el tiempo, se van incrustando en tu ADN. A veces no distingo entre pop, rock, ranchero, cumbia o canto nuevo. Si la canción alcanza alguna parte de mi ser, la acepto con gusto.

Muchas canciones de Armando Manzanero están ahí, en mi ADN, y ahí quiero que se queden.

Encontrarme con él me inspira a escribir canciones. Ojalá que pronto salgan algunas nuevas, para, poco a poco, ser mejor padawan y, ¿por qué no?, alcanzar algún día el rango de maestro, aunque, como Yoda, lo logre a los cien años de edad.

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