Recordando el futuro y profetizando el pasado

Como en los siniestros de aviación, es necesario buscar las cajas negras que nos permitan saber lo que pasó y lo que lo provocó. De muy poco nos sirve valuar si lo que pasó fue bueno o si fue malo. De ello se encargará el futuro. Pero está claro que puede servirnos saber lo que lo causó. Para repetir lo bueno. Para evitar lo malo

Faltan seis semanas para que sepamos quién ganó y quiénes perdieron. Los dos que perderán, cualesquiera que sean, ¿ya tendrán previsto lo que harán desde el 2 de julio? ¿Reconocerán su derrota? ¿Objetarán y litigarán? ¿Ya tienen preparados sus argumentos y sus demandas? ¿Promoverán el desorden callejero o el caos institucional? ¿Bloquearán las calles o bloquearán los sistemas? ¿Qué negociarán y cuánto cobrarán? En honor de la inteligencia, quisiera suponer que ya tienen todo preparado hasta en su mínimo detalle.

Más tarde, ¿qué harán desde el 2 de diciembre? ¿Les ofrecerán un plan de gobierno con el que les resulte aceptable colaborar? ¿Les impondrán un gobierno con el que les resulte inaceptable cogobernar? O, por el contrario, ¿se atrincherarán en la oposición más dura y más ruda? ¿Impedirán la generación legislativa, la gestión ejecutiva y la gobernabilidad indispensable?

Y, con respecto a su futuro existencial, ¿ya sabrán qué hacer para armar su porvenir en 2024 y en lo subsiguiente? ¿Qué ratificarán y qué rectificarán? ¿A quiénes culparán de su derrota? Morena culparía a las campañas del miedo, a la mafia-del-poder, a los empresarios rapaces, al fraude electoral y a Donald Trump. Los panistas culparían a Margarita, al procurador, al chofer, a Fox y a los gobernadores sesgados. Los priistas culparían a Enrique Peña, a los gobernadores rateros, a los gobernadores inoperantes, a los “colados” y al pasado.

Para comenzar, ¿quién los dirigirá, bien sea lideralmente o, por lo menos, rectoralmente? Cualesquiera que sean los derrotados, ¿encontrarán su hombre-líder o tendrán que formar un politburó con dos docenas de semilíderes? ¿Quiénes serán esos jóvenes inteligentes, limpios, respetados, carismáticos, valientes e iluminados? Desearía que todos los partidos, sin excepción, los pudieran encontrar. ¡Vamos!, si cada uno encontrara tan sólo a tres, estarían salvados. De lo contrario, más les valdría ceder sus inútiles espacios políticos.

El insumo básico de la política es una materia sólida y rígida que conocemos con el nombre de “realidad”. Pero, también, su propósito esencial es transformar esa realidad y eso sólo se logra con un componente dúctil y maleable al que solemos llamar “imaginación”. Por eso, la política debe ser realista y nada más. Pero el político debe ser algo más que realista. Debe ser imaginativo.

Con esto quiero decir que el ejercicio político es propio y exclusivo de la especie humana, que es la única dotada de facultad imaginativa. Ninguna bestia podría ser un político, debido a que es realista a plenitud. Sólo comprende lo que existe en la realidad y carece totalmente de imaginación. Sólo el hombre puede, además de ser realista, ser surrealista si entiende lo que no es, ser suprarrealista si entiende lo que puede ser y ser idealista si concibe lo que quiere que sea.

Porque el verdadero político está capacitado para tomar muchas advertencias de aquellas conclusiones que puede derivar tan sólo de premisas imaginarias. La simpleza de negar el “hubiera”, así sin más nada, es otra brutalidad. Equivale a negar la existencia de los tres más importantes métodos de análisis mental de lo imaginario. Esos tres ejercicios son la hipótesis, si lo imaginado puede comprobarse; el teorema, si la comprobación no es posible; y el axioma, donde la comprobación no se requiere.

Entender y aceptar lo que no es o lo que no ha sido es un ejercicio contrafactual que puede ayudarnos a entender mucho de lo que sucede en la realidad política, así como en nuestra realidad personal. El ejercicio contrafactual nos ayuda a confirmar las coordenadas de nuestras suposiciones.

No estoy hablando de preferencias, sino de conveniencias. El gusto político es un elemento muy escaso en la política real. Los políticos que en verdad lo son no se dejan llevar por lo que les gusta, sino por lo que conviene a ellos o a la nación. De Gaulle solía hablar en tercera persona para referirse a algo que le gustaría a Charles De Gaulle, pero que jamás lo aceptaría del Presidente de Francia.

En fin, las circunstancias y el tiempo son las coordenadas básicas en las que se inserta la política. Entenderlo es el privilegio de los pocos elegidos. El ejercicio contrafactual es un buen asesor para el político en el tiempo de su realidad. Le dice lo que quedó pendiente y le advierte lo que deberá preparar. Le aplaude o le reprocha promesas, programas, prioridades, estilos y equipos.  Además, es un consejero imparcial, preciso, sabio, sincero y gratuito.

Presidente de la Academia Nacional de México

Twitter: @jeromeroapis

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