Los vencedores y los invencibles
Recién vi una película que me llevó a una deliciosa reflexión. No es complicada, aunque tampoco es sencilla. Pero, en ocasiones, el filme, la pizza y la naranjada son capaces de llevarnos de lo modesto de la cotidianidad a lo refinado de la meditación. Las palabras de los sencillos llegan a ser los axiomas de los sabios, sobre todo en la política
El protagonista de la trama fue Winston Churchill. El tiempo se sitúa en mayo de 1940, quizá la hora más funesta de toda la historia de Inglaterra. Por razones exclusivas de principios políticos, declararon una guerra al más poderoso Estado militar europeo de ese entonces. Europa Oriental cayó en unas cuantas horas. Europa Occidental fue sometida en unas cuantas semanas. Rusia aún era aliada de Hitler y Estados Unidos consideraba el asunto como un conflicto ajeno.
Inglaterra quedó sola de toda soledad en una guerra que la lógica más elemental les revelaba que no podrían ganar. Tan sólo estaba acompañada por una especie de fervor místico que les profetizaba que tampoco podrían perder. Esa aparente contradicción se basaba en datos duros y no en oráculos. La pequeña isla podría caer casi en cuanto Hitler se decidiera a tomarla. Pero no sucedería lo mismo con el imperio más extenso de la historia y diseminado en los cinco continentes.
Ese inmenso imperio no lo hubieran podido tomar ni Alejandro Magno ni Julio César ni Napoleón Bonaparte ni todos juntos. Mucho menos lo podría tomar Adolfo Hitler. El Führer se haría fácilmente de una isleta semiinútil, pero no de manera tan fácil de un megaimperio riquísimo. Los ingleses no serían vencedores, pero tampoco serían vencidos.
Así en Londres, ante la inminente pérdida de la isla, muchas voces poderosas se limitaban al dilema victoria-derrota. Todos aceptaban la crueldad de su futuro. Pero unos cuantos privilegiados como Churchill, Clementine y Jorge VI vieron el segundo dilema: enfrentamiento-rendición. Aceptaron que perderían. Pero, ¿se enfrentarían al Reich o se rendirían ante él? El pueblo les dio la respuesta. Vencer no estaba en sus manos, pero rendirse sí dependía de ellos. La respuesta fue contundente. Perder no podrían evitarlo. Pero los enemigos nunca los tendrían rendidos. No serían vencedores, pero sí serían invencibles.
En Berlín, por su parte, ésa era la base del gambito germano. No tomar Inglaterra, sino rendirla. No vencerla por la conquista, sino por la rendición. Recibir, como regalo, lo que no podría arrebatárseles. Churchill sabía que sin la rendición inglesa Hitler no tenía nada. El Führer apostó a la debilidad inglesa. El Führer se equivocó.
Más tarde cometería otros errores que ya no son tema de la película. Traicionaría a Rusia y ello lo obligaría a asociarse con Japón, socio que retaría a Estados Unidos y éstos determinarían el destino final de esa guerra, “con la mano en la cintura”. Cayendo al primer hachazo, Inglaterra en tan sólo seis meses hubiera regalado un imperio que le había costado seis siglos. En política, la realidad se forma de tres insumos fundamentales: las creencias, la lógica y el azar. Inglaterra tuvo fe, tuvo acierto y tuvo suerte.
Algunos días más tarde, ya en una suculenta comida, compartí mi pensamiento con David Cantú, quien me había recomendado la cinta. Él fue procurador de su natal Nuevo León y me auxilió en la PGR como delegado en Coahuila y en Baja California, ni más ni menos. Por eso, casi automáticamente caímos en el tema de la guerra contra el crimen organizado y, particularmente, contra el narcotráfico. Las ideas nos mezclaron la película con la realidad.
Es muy cierto. Yo tengo mis temores de que esa lucha jamás la ganará la humanidad. Todos los países grandes han sido derrotados, incluyendo al más opulento, que, dicho sea de paso, tiene los mayores presupuestos para la investigación criminal y hasta el ejército más poderoso de la historia. Sin embargo, todos los días es derrotado y creo que su derrota crece a diario. Incluso, ya ha dado los primeros pasos hacia la rendición, disfrazada como legalización.
Tampoco tengo un posicionamiento inamovible sobre la proscripción o la permisión de las drogas. Resumiendo lo que he escuchado de los expertos, me quedo con la idea de que lo más pernicioso de los narcóticos no es su consumo, sino su abuso, tal como sucede con el alcohol, por citar un ejemplo. También estoy convencido de que no es un tema de la legalidad, sino de los hábitos y de la cultura. Las drogas más perniciosas son lícitas y permitidas, por ejemplo, el thinner y el tabaco.
En fin, así como el de los estupefacientes, tenemos docenas de temas nacionales donde se nos revuelve el dilema victoria-derrota con el dilema enfrentamiento-rendición. Lo que no puede batírsenos es la convicción de que la real-política siempre se nos habrá de formar con fe, con acierto y con suerte.
