Con Estado o con protectorado

Todo tiene una denominación de crisis. 
Las células se degeneran. Los aparatos 
se descomponen. Los electrónicos 
se desprograman. Los gobiernos se caen. 
Las ideologías se enrancian. Las religiones decaen. Las monedas se deprecian. 
Los enemigos se destruyen. Los ineficientes se desprestigian.

Los inmorales se corrompen. Los débiles se rompen. Los medicamentos prescriben. Los envasados caducan. Los no envasados se pudren. La vida se acaba. A los grandes se los lleva la gloria. A los pequeños se los lleva la chingada.

Sólo el tiempo es perpetuo. Siempre ha existido y siempre existirá. No mejora ni empeora. Es inconsumible, incombustible e inagotable. El tiempo es, por excelencia, el sistema perfecto.

Nuestras instituciones fundamentales han sido de muy buena factura. La soberanía, la libertad y la democracia han resistido la corrupción, la incompetencia, la inconsciencia, la irresponsabilidad y el descuido. Si nuestro discurso de debate sostuviera que somos una colonia, una tiranía y una dictadura, ése no soportaría un análisis ni siquiera superficial. Lo que no sabemos es cuánto más podrán resistir.

Las instituciones infraestructurales de nuestra sociedad no lograrían la excelencia del “10”, pero tampoco cargarían con la reprobación del “5”. Aparato de producción, comercio, banca, fuerza armada, universidad, academia, comunicación, información, diplomacia, servicios, regulación y control, por mencionar a unos cuantos y no a todos.

Por último, los factores supraestructurales del entorno mexicano los repaso en un ejercicio mental que me hice con motivo del terremoto del S-19 y que lo comparto.

Supongo que la primera reacción del presidente Enrique Peña Nieto, ante la emergencia inmediata, debe haberle insinuado siete preguntas.

Para comenzar, ¿cómo está funcionando el agua? ¿Los pozos y el Cutzamala? ¿El abasto y la distribución? ¿Seremos sedientos y amotinados? Segundo, ¿cómo está funcionando la electricidad? Sin ella no hay agua ni gasolina ni hospital ni muchas cosas más. Tercero, ¿el helicóptero? Es decir, una primera imagen de los daños. Cuarto, ¿el teléfono? La voz se cayó y se calló, pero el mensajero nos apoyó. Quinto, ¿el orden?, ¿respeto o pillaje? Sexto, ¿las lealtades? ¿Qué con las Fuerzas Armadas, ministeriales y policiales? Séptimo, ¿el rescate? ¿Podemos solos o llamamos a los extranjeros? Las respuestas fueron buena noticia dentro de las malas.

Segundo nivel, el de la atención subsiguiente, con otras siete preguntas. ¿Funcionan las carreteras y, con ellas, el abasto alimentario de la capital? ¿El abasto de gas y gasolina? ¿Las presas y los hospitales? ¿Las fuentes de empleo o nos quedamos sin trabajo y sin ingresos? ¿La reordenación inmediata de la vida cotidiana? Las respuestas también fueron buena noticia dentro de las malas.

El tercer segmento es el de la acción prolongada y las siete últimas preguntas. ¿El Metro, el aeropuerto y la banca? ¿La escuela y la oficina de gobierno? ¿La vivienda y las acciones de reconstrucción? Todo ello funcionando o para funcionar en el requerimiento sensato.

Ello no significa un México donde estén remitidas fracturas estructurales como la pobreza, la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la concentración. Pero significa que, gracias a sus instituciones y a sus ciudadanos, en un día de tan grave azote México pudo funcionar por sí mismo, sin atrofia y sin limosna.

Sobre todo, significa dos cosas. La primera es que el país demostró razonables niveles de efectividad, ante una prueba ni programada ni deliberada. Ello nos diferencia de algunos países que, ante contingencias similares, han tenido que utilizar el báculo de los extranjeros para sobrellevar su condición de desastre. En muchos países de menor desarrollo, pero también en algunos más potentados que nosotros, la calamidad los ha rebasado por encima de su presuntuosidad o de su soberbia.

El segundo significado tiene envoltura de interrogante y de respuesta. ¿Necesitamos más o menos Estado? Hay un partido político donde el tema de las instituciones se lleva hasta en su nombre. Por otra parte, hay un aspirante que promete que las instituciones serán enviadas “al diablo”.

Nuestros mayores problemas estructurales no se resolverán con menos Estado y antes sí se agravarán. La inseguridad jamás se resolverá con menos Estado y tan sólo por el buen comportamiento de los criminales. La desigualdad no se atenuará con menos Estado y tan sólo por el altruismo de los más favorecidos. La corrupción no se eliminará con menos Estado y tan solo por la catarsis moral de los rateros.

Es cierto que más Estado puede implicar menos libertad, pero también que la libertad no prevalece sin Estado. El protectorado no es el mejor espacio de la libertad. Por eso estamos frente al desafío de que el país de nuestros hijos sea el Estado-Mexicano o el Protectorado-de-México.

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